La última etapa de la vida política de Catalunya ha sembrado entre la ciudadanía una cierta desconfianza en los políticos. La turbulencia de las maniobras partidistas, algunas de ellas perfectamente evitables, suele provocar en el ciudadano rechazo e incluso animadversión hacia el estamento político.

El proceso estatutario, para ser más concretos, junto con la campaña previa al referéndum, ha creado, además, un notable desconcierto social. Por las reacciones observadas, lo que más indigna al ciudadano y le aleja de la vida política es no saber a qué atenerse cuando se le requiere para elegir con acierto entre las distintas opciones que se ofrecen. Parece indiscutible que el escenario que se presentaba al ciudadano antes de la votación del Estatut era francamente ambiguo. Y la ambigüedad llama poderosamente a la abstención.

Pero ahora estamos ya instalados en otro momento de la política de este país. Hemos pasado página y nos hallamos todos - políticos y ciudadanos- ante el reto del desarrollo del Estatut y ante la proximidad de unas nuevas elecciones en las que se dirimirá quién debe gobernar en Catalunya. A pesar de que no son pocos los que han salido desmotivados o claramente decepcionados después de la aventura estatutaria, hay que volver a confiar en los políticos, en estos políticos que ahora ocupan el ámbito público.

Se me ocurre que hay tres razones para depositar de nuevo la confianza en ellos.

Primera, porque les necesitamos para vivir en democracia. Alguien debe asumir la responsabilidad de "hacer compatibles - como decía Solón, el estadista de la antigua Atenas- los intereses, a menudo contrapuestos, de los ciudadanos". En eso consistía básicamente para el griego el buen gobierno y el bienestar de la ciudadanía ateniense.

La segunda razón para volver a confiar es que los políticos necesitan saber que se confía en ellos para poder tomarse en serio su misión. Los políticos no son robots sin sentimiento, ni individuos desaprensivos que han accedido a un puesto de mando para satisfacer su ego particular. Los políticos son personas, son humanos que necesitan el apoyo y la estima de los ciudadanos para superar desalientos y contrariedades abundantes.

Hay todavía una tercera razón para renovar la confianza en los que se dedican a la cosa pública: es que seguimos creyendo que la política es una profesión noble porque su objetivo es servir al bien común.

Renovada la confianza, uno se pregunta qué desearía de los que se dedican al ejercicio de la política. Mi respuesta es ésta: que nos infundan moral colectiva. Es decir, que convenzan a los ciudadanos de que forman una sociedad que no solamente es capaz de prosperar en lo material, sino que está llamada a solidarizarse con los más débiles o los menos favorecidos, y debe apoyarles para que también ellos prosperen. A los políticos les pediría también que sean partidarios de una sociedad abierta, que es aquella que salta por encima de sus fronteras y contempla los grandes problemas de la humanidad como si fueran propios, y que no quiere desentenderse de ellos aunque no los pueda solucionar.

Me viene todavía una inspiración más al pensar en los políticos: que sean capaces de reservar una pequeña porción de su tiempo para reflexionar y darse cuenta de que los ciudadanos son personas y que, por esa razón, la sociedad no quedará nunca satisfecha con una acción política sólo dirigida a objetivos pragmáticos y a progresos materiales. No sólo a los filósofos o a los teólogos les corresponde la tarea de formular nuevos ideales para las sociedades cansadas y a veces pesimistas de nuestro mundo occidental. También los políticos tienen oportunidades para que el ciudadano recupere la confianza en la posibilidad de una sociedad mejor.