EL sistema educativo español ha conseguido en los últimos veinte años un elocuente prodigio: con más escuelas que jamás en la Historia, este país tiene una de las peores tasas de eficacia docente de Europa. Nuestros alumnos naufragan de modo clamoroso en matemáticas, en comprensión y en lengua, dándose además la contumaz circunstancia de que, en determinadas autonomías, salen del colegio funcionalmente analfabetos en dos idiomas. Les transmitimos una ignorancia enciclopédica sobre los grandes asuntos de la Humanidad, les manipulamos la Historia, les acortamos el horizonte de la Geografía según los límites de cada aldea, les recortamos la Ciencia, les adelgazamos la Filosofía. Pero, eso sí, el Estado procura con ardor que estén perfectamente al día de los últimos tópicos ideológicos, y concentra su esfuerzo en la batalla sobre la religión, las virtudes cívicas y la particular visión del mundo del Gobierno de turno.
Esa flamante Educación para la Ciudadanía con que el zapaterismo pretende dejar su impronta doctrinal no viene a ser más que el sucedáneo coyuntural de la Formación del Espíritu Nacional del franquismo y sus sucesivas y desafortunadas adaptaciones democráticas, y es de esperar que corra la misma suerte de desprecio que han sufrido sus antecesoras. Los escolares no le van a hacer maldito el caso a esa colección de perlas del pensamiento políticamente correcto, pero el programa retrata la intención de sus promotores y radiografía como un escáner de aeropuerto su equipaje intelectual político, claro como una lámpara, simple como un anillo, que diría Neruda. Se trata de un melting pot que entrevera los perfiles biempensantes de un anuncio multirracial de Benetton y el cancionero almibarado de Viva la Gente, pero con el toque progre de un tardío flower power batido con gotas de Alianza de Civilizaciones y de «ansia infinita de paz».
Este catecismo de la progresía, tan solidario y benéfico, tan antiglobalizador y ecologista, se acabará hundiendo solo en el descrédito de las «marías», pero ilustra el empeño estatalista en invadir la esfera privada de los ciudadanos con una doctrina ética adaptada a la ideología dominante. Y claro, como los gobiernos no son perennes, sufrirá una inmediata reestructuración en cuanto se produzca el próximo ciclo de alternancia de poder. O sea, que tiene los días contados según la suerte política del Ejecutivo. Más o menos, como el resto de los planes de estudio, sometidos al juego de las mayorías parlamentarias hasta un extremo francamente desolador: media docena de leyes en un cuarto de siglo. En vez de atornillar el conocimiento esencial, desplegamos toda la energía en la entronización de la banalidad accesoria. Sacaremos de la escuela niños muy antiglobalizadores, muy concienciados y muy pacifistas, pero la mayoría seguirá sin saber resolver una ecuación de segundo grado. Y los inspectores europeos, tan antipáticos, volverán a evaluar nuestro sistema con sus odiosos test de convencionalismo científico: suspenso. No promociona.

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