TENEMOS los españoles una capacidad ilimitada y perversa para, sin necesidad de argumentos racionales de ninguna clase, encumbrar prestigios de hojalata y deshacer famas de oro macizo. Aquí, establecido que el mérito y la capacidad no son el umbral de la excelencia, todo queda encomendado al azar y, quizás por ello, tengan tanto éxito las mil formas de sorteos y loterías con las que el Estado recauda una notable rentilla complementaria para su crecientemente inmenso presupuesto.

Últimamente, acelerado por el espectáculo marbellí, se ha despertado un viejo fantasma nacional, el más potente y gigantesco de los nacidos al calor del estraperlo siguiente a la Guerra Civil, las privilegiadas licencias de importación y los cupos de hierro y cemento que germinaron algunas de las fortunas que el tiempo y la costumbre han convertido ya en respetables e, incluso, en distinguidas. Ahora toca darle caña al sector de la construcción y, de igual manera los promotores que los constructores, los inmobiliarios que sus agentes, están bajo sospecha. Así lo dictan los manantiales de la opinión pública y, perezosamente, en ese sentido se encaminan los runruneos de la gente.

Llama especialmente la atención el caso de Francisco Hernando, conocido como «El Pocero», que, de la noche a la mañana, se ha convertido en un centro de atención nacional. Hernando, a quien sólo conozco a través de los periódicos, es un hombre hecho a sí mismo y que, aparte de pingües negocios y suntuosas propiedades, está construyendo en Seseña, Toledo, una urbanización inmensa, de más de 13.000 viviendas, que escandaliza a quienes la han visto de cerca. Tanto, que IU ha presentado una denuncia ante la Fiscalía Anticorrupción para que se investigue una hipotética trama de corrupción en torno a «El Quiñón», que así se llama el nuevo emporio de Hernando.

Ignoro si el personaje en cuestión, sobrevenido a la riqueza y la notoriedad, es un arcángel beatífico o lleva bajo el brazo el tridente demonial. Además, importa poco que sea la cara o la cruz de la moneda que mueve hoy la economía nacional. Lo que resulta obsceno es que este modelo de éxito material, mercantil, curse siempre con sospechas sobre sus protagonistas. Todo cuanto delictivo, o sencillamente irregular, pueda tejerse en torno a las iniciativas de este modelo de emprendedores será, primero, responsabilidad de las autoridades nacionales, regionales o locales, a cuya vigilancia se somete la actividad del ramo. Quizás resulte cómodo que un chivo expiatorio sirva para, con su sacrificio, aliviar la culpa que pudiera corresponderles a quienes no quisieron, supieron o pudieron vigilar los primeros brotes del mal que hoy nos alarma. Los verdaderos culpables no suelen ser los que parecen y, para mayor desgracia colectiva, nacen del voto de los mismos ciudadanos que se convierten en sus víctimas.