El enfado, la tensión política, las chispas que han saltado durante estos años con Pasqual Maragall han dado paso a una cierta amargura. Ésta era la música de fondo que se podía escuchar ayer en el palacio de la Moncloa, después de constatar el miércoles que lo que había comunicado el president a la cúpula del Gobierno no era verdad, que finalmente las elecciones catalanas - como en un chiste malo, se comentaba- serán el día 1 de noviembre y que no se entiende por qué el que ha sido líder del socialismo catalán durante años y referente para el PSOE se marcha de esta manera.
Los altos cargos del Ejecutivo que Josémás han podido tratar a Pasqual Maragall durante su trayectoria política y también durante estos últimos años son los que más lamentan este adiós tan raro. La vicepresidenta, María Teresa Fernández de la Vega, optó oficialmente por echar balones fuera cuando fue preguntada sobre la fecha electoral catalana tras el Consejo de Ministros, pero era evidente que no le ha gustado nada ni la fecha escogida ni cómo Maragall ha conducido esta última decisión, ni comprende muy bien los porqués de una apuesta que, dicen en el Gobierno, no contenta a nadie. Éstas eran algunas preguntas sin repuesta. Y tras las preguntas, la triste convicción de que una despedida peor era difícil.
La última decisión del president no supone ningún estorbo grave para el Gobierno ni obviamente ninguna crisis entre instituciones. Es verdad que puede ser considerada, y así lo señaló De la Vega en público, una anécdota, y también José Luis Rodríguez Zapatero le sacó hierro en una entrevista radiofónica. Pero tampoco la decisión es de mero consumo catalán. Maragall había hablado varias veces con la Moncloa sobre esta cuestión y, según la versión gubernamental, no informó de su intención de convocar los comicios para el día 1. El miércoles por la tarde existía la convicción de que las elecciones serían en día laborable, después de que el Ejecutivo hubiese debatido con el PSC los pros y los contras de romper con una tradición - la convocatoria en domingo- de más de quince años. Y el jueves a mediodía, muy pocas horas antes de que compareciese en el Parlament, tampoco parecía que la decisión firme del president hubiese llegado a Madrid. El Gobierno, más bien, parecía dispuesto a explicar con los socialistas catalanes la "normalidad" de votar en un día laborable.
La imagen de Maragall como impulsor de un socialismo moderno y de una nueva idea de España se ha ido desmoronando en el Gobierno al mismo ritmo que el tripartito ha ido ahondando en sus crisis. Tenía razón el entorno del president cuando comentaba que Zapatero es uno de los principales verdugos del líder catalán y esto puede explicar muchos de los últimos desencuentros. Pero es que en la Moncloa tampoco ha habido una buena comunicación con este entorno desde el arranque de la negociación estatutaria. Por ello, ayer algunos se volvían a preguntar si, de nuevo, nadie cercano al president le pudo decir que convocar las elecciones para un 1 de noviembre no era una buena idea, que ésta era incluso macabra.
Comentaba un ministro hace tiempo que el Gobierno tenía dos problemas. Uno dentro, que se llamaba José Bono. Y otro fuera, que era Pasqual Maragall. Aún faltaba para que el debate del Estatut y la dura campaña del PP se volviesen en contra del Ejecutivo y laminasen sus expectativas electorales. Aquel fue el punto de no retorno para Zapatero, que consideró que el president no le había echado un cable en un momento difícil. Pero pese a estas crisis y a los comentarios, quedaban en el Gabinete algunos que consideraban que el president, por su trayectoria, se merecía el mejor adiós. Por ello, tras la última jugada, el sabor es más amargo.

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