En la Edad Media, las guerras se alargaban durante 30 años, durante 100 años. Los castigos pasaban de padres a hijos, la gente moría por un pecado de su bisabuelo, por una cruz de oro que guardaba su madre en el arcón, junto a las joyas de la familia. Una ballesta tensada tres décadas atrás podía matarte con un decreto de un Papa muerto atado a la flecha; los árboles que plantó tu padre podían encender el fuego de la hoguera donde ardería tu hijo.

En cambio, en mi niñez, hubo una guerra que duró seis días. En la década de los 60 parece que la velocidad de los tiempos también iba a ahorrar vidas humanas. Si uno podía dar la vuelta al mundo en un periquete, era lógico que la aceleración general también afectara la resolución de los conflictos bélicos. Pero para matarse nunca hubo prisa. En realidad, las guerras que duraban un siglo o un cuarto de siglo, no eran más que largos interregnos de paz salpicados con matanzas repentinas, con feroces relámpagos de barbarie. Las guerras siempre se han tomado su tiempo, y las de religión más aun. Quizá porque a todos los dioses, sean del culto que sean, les gusta la guerra, quizá porque todas las religiones han escrito sus preceptos con sangre.

En La Ilíada, los dioses del Olimpo se sientan a ver cómo griegos y troyanos se destripan minuciosamente durante diez años. En el Kalevala, la epopeya nacional finlandesa, también se desencadena una lucha a muerte por la mano de Phojola, la hija del norte.El Bhagavad Gita, texto fundamental del hinduismo, son los consejos del dios Krisna al príncipe Arjuna antes de la batalla. También Mahoma utilizó la metáfora bélica: al regreso de una escaramuza alentó a sus seguidores, diciendo que la yihad de la que acababan de salir victoriosos, no era nada comparada con la gran yihad que tendrían que librar dentro de sí mismos.

El Antiguo Testamento también está repleto de batallas y desde su llegada a la tierra prometida, Israel ha seguido a rajatabla el guión de su libro sagrado, luchando a brazo partido contra sus enemigos y entronizando a reyes guerreros. A falta de la lira de David o de la sabiduría de Salomón, tienen tanques, mísiles y aviones de combate, pero el soplo que alienta tanta carnicería viene de tres mil años atrás. La Guerra de los Seis Días no fue más que un versículo de esa Biblia escrita con sangre de inocentes, las madres con sus hijos muertos en los brazos ya estaban en aquel capítulo del Éxodo, cuando Yahvé se llevó a los cielos a todos los primogénitos de Egipto.

Muy poco ha cambiado Oriente Medio desde entonces. Si acaso, la palabra de Dios tiene correspondencias más exactas: ángeles de fuego bajan de las nubes dejando ciudades en llamas, los niños huérfanos corren por las calles y las fachadas de Beirut parecen lápidas quemadas.

Este artículo podría haber sido escrito hace 30 años, hace 30 siglos.

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