Me parece que era Ortega y Gasset el que distinguía entre ideas y ocurrencias. Las mamás, en todo caso, sin necesidad de haber leído a Ortega, también saben diferenciar las unas de las otras cuando dirigiéndose a su hijo pequeño le reprenden diciéndole: "¡Pero, niño, qué ocurrencias tienes!". Todos, pues, sabemos lo que son las ocurrencias. Pues bien, el tripartito catalán que gobernó hasta hace poco se hacía notar por sus ocurrencias. El actual bipartito sigue, a tenor de lo visto, por la misma senda. Me refiero, naturalmente, a la ocurrencia de fijar como fecha de las próximas elecciones el día de Todos los Santos. No se trata ya de hacer broma sobre el carácter funerario de ese día o de si iremos a votar antes o después de comprar los crisantemos, los panellets y las castañas, sino de reflexionar una vez más sobre el ridículo y la insensatez de nuestros gobernantes.

La disolución del Parlament y la fijación de la fecha de nuevas elecciones son una facultad exclusiva del president de la Generalitat. Sin embargo, dado que el actual president ha anunciado que no se presenta a la reelección, es normal que, de manera oficiosa, consulte a su partido y al nuevo candidato. Asimismo, es normal que todo ello se haga con la máxima discreción. Pues bien, por lo que se ha sabido en las últimas horas, la fecha electoral se determinado mediante un alambicado e inhabitual procedimiento y la discreción ha brillado por su ausencia. Veamos la secuencia de los hechos.

El PSC presiona al president Maragall para que las elecciones se celebren en día laborable, exactamente el jueves día 2 de noviembre. Parece que el Gobierno de Rodríguez Zapatero y el PSOE fueron informados y se mostraron de acuerdo con la fecha. En desacuerdo, Maragall dispuso muy sensatamente que las elecciones se celebrarían en día festivo, aunque no en domingo. Para ello, a espaldas de su partido y mediante una política de hechos consumados, filtra a TV3 que las elecciones se van a celebrar el miércoles día 1, festividad de Todos los Santos. Media hora más tarde, ante el estupor general, el gabinete de Presidencia desmiente la información anterior. Al día siguiente, se da paso al surrealismo: el presidente, rectificando a su gabinete, comunica al Rey que las elecciones se van a celebrar el día 1, tal como había informado TV3. Unas horas más tarde, en su última comparecencia parlamentaria, Maragall confirmaba esta última fecha y el PSC manifestaba que se acababa de enterar. Punto final.

Apoteosis del barroquismo, alegoría de cómo hacer mal las cosas. Convertir lo sencillo en complicado: síntesis exacta de 935 días de gobierno. Las malas formas y los malos fondos.

Porque el fondo de todo ello es políticamente injustificable. Se trata, al parecer, de que el PSC tiene miedo a la abstención de sus bases de votantes habituales debido a la orientación más nacionalista que socialista del Gobierno Maragall y considera que un día laborable facilitará su participación. Es decir, se pretende utilizar un mecanismo legal - la facultad del presidente para fijar la fecha de las elecciones- para favorecer al partido aunque sea a costa del interés general. Porque el interés general está en evitar que se pierdan horas de trabajo debido a la obligación de las empresas en dar permiso a sus empleados. Horas de trabajo que se ha calculado suponen un coste de 180 millones de euros, más los correspondientes a los trabajadores autónomos y a los funcionarios.

Así pues, en definitiva, pocas y patéticas ideas. Ahora bien, eso sí, muchas y muy malas ocurrencias.