La Coctelera

Caffè Reggio

Un lugar de encuentro, para leer juntos

15 Julio 2006

Gente muy normal, de José Luis Giménez-Frontín en El Mundo de Cataluña

Cada vez que la ciudadanía se estremece (¿realmente conserva la ciudadanía capacidad de estremecimiento?) ante un acto incalificable, un crimen o una serie de crímenes, obra de un miembro del vecindario, al parecer es inevitable que el sacrificado reportero de turno le pregunte al vecino de turno si alguien había detectado algo fuera de lo común en el comportamiento del presunto criminal recién detenido. La respuesta también es la de turno: los pobres declarantes no salen de su asombro; dependiendo del caso él, ella o ellos, eran gente «muy normal», vecinos ejemplares, un matrimonio muy bien avenido, buenas personas, muy trabajadoras, unos jóvenes que siempre daban los buenos días y no se metían con nadie, etc., etc.

Tanta sistemática coincidencia entre los sistemáticamente encuestados a cualquiera debería resultarle sospechosa. Quiero decir que el interés de estos reportajes, ciertamente acríticos, radica precisamente en cómo ponen de relieve una y otra vez una reacción instintiva de los «asombrados» vecinos, incluso en el caso en que el asombro esté más que justificado: el éxito del psicópata, por ejemplo, se debe a su impecable apariencia de normalidad, y el de los terroristas a su capacidad de hacerse invisibles en el medio ambiente de un vecindario. Pero es más que seguro que la violencia doméstica -mujeres sistemáticamente apalizadas por los novios, amantes y maridos antes del desenlace final anunciado, niños y bebés sistemáticamente torturados por sus propios padres o por sus compañeros, siempre con el consentimiento de uno de los progenitores biológicos- no puede pasar desapercibida. Se trata, en efecto, de una violencia, en primer lugar, repetida, cuando no casi cotidiana; también, con mucha frecuencia iracunda, es decir, ruidosa. Es imposible apalizar a una mujer o a un niño sin que los económicos tabiques de nuestras viviendas no nos transmitan clara, nítida e inequívocamente el infierno sádico -golpes sordos, chasquidos, gritos, llantos- desatado en la vivienda superior, inferior o contigua a la nuestra. (Siempre se puede subir el volumen de la televisión.) Y es difícil no constar el efecto de la paliza en el rostro o el cuerpo de la vecina o de sus hijos cuando al día siguiente alguien por fuerza se los cruza en la portería. ¿«Gente normal», «nunca se metieron con nadie» ? De acuerdo. Vamos a no ponerlo en duda. Pero lo que los inevitables reportajes ponen de manifiesto es un egoísmo, tal vez instintivo, me temo que en aumento, en virtud del cual defiendo mi derecho a permitir que se perpetúe un proceso de sadismo cotidiano bajo mis narices, y a pretender que el suceso no me afecte, puesto que yo, el vecino, no soy el padre, ni el maestro o el profesor del instituto, ni el médico del servicio de urgencias que ha atendido más de seis veces por accidente doméstico al mismo niño o a la misma mujer, ni policía o asistente social. En mi barrio, en mi escalera, nunca pasa nada que pueda comprometerme o inquietarme.

© Mundinteractivos, S.A.

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