Un factor determinante de la hegemonía estadounidense en el siglo XX fue su modelo económico, una combinación de producción masiva y consumo de masas. Este sistema, apoyado en el New Deal,el nuevo pacto social auspiciado por el demócrata Franklin D. Roosevelt, también es conocido como fordismo,en honor de Henry Ford, fabricante de los automóviles Model T. Entonces, el capitalismo sin prácticamente leyes dio paso a un sistema reglamentado que limitó el poder del capital.

Una anécdota ayuda a entender el cambio. Joseph Kennedy, padre del presidente John Kennedy, multiplicó su fortuna especulando en la bolsa, práctica que el presidente Theodore Roosevelt comparó, en cuanto a moralidad, al juego de cartas, la lotería o las apuestas en las carreras de caballos. Joseph Kennedy fue un maestro en la multiplicación del precio de las acciones, maniobra a la que no pocos hacen responsable, al menos en parte, del crash que disparó la Gran Depresión. Años después, Kennedy padre fue nombrado primer presidente del Securities and Exchange Commission, el equivalente a nuestra Comisión Nacional del Mercado de Valores. ¿Una cruel ironía? No, Franklin Roosevelt dijo que eligió a Kennedy porque conocía todas las trampas.

Otro emblemático representante de la época del capitalismo sin leyes fue Andrew Carnegie, de origen escocés y magnate del acero. Carnegie murió en 1919, después de llegar a la conclusión de que no podía llevarse a su último destino la fortuna que había amasado, por lo que donó 360 millones de dólares, que hoy equivaldrían a 8.000 millones. Ahora, la decisión de Walter Buffet de entregar 37.000 millones de dólares a cinco instituciones caritativas, empezando por la Fundación Gates, ha enriquecido la gran tradición estadounidense que parte de la idea de que el que recibe de la sociedad tiene la obligación moral de devolverle algo. Carnegie lo dijo así: "El hombre que muere con millones de riqueza no es llorado". Carnegie, sin embargo, pasó a la posteridad como uno de los robber barons (barones ladrones).

Bill Gates y Walter Buffet, los dos hombres más ricos del mundo, han decidido ahora consagrar sus fortunas a la reducción de la pobreza en el mundo. El primero entregará 31.000 millones de dólares a la Fundación Gates, que de esta manera reunirá unos 60.000 millones de dólares, cifra que, para hacerse una idea, es seis veces superior al presupuesto anual de la ONU, rivaliza con el producto interior bruto de Argelia y multiplica por cien el presupuesto de la Unesco. Gates, que en dos años abandonará la presidencia de Microsoft para dedicarse a la fundación a la que ya ha donado 30.000 millones de dólares, y Buffet, que se desprenderá del 85% de su fortuna, se oponen a la exención tributaria sobre las herencias, cosa que no soportaba Andrew Carnegie, y son abogados de la meritocracia y la filantropía.

Por razones económicas, sociales e históricas, la caridad, incentivada fiscalmente, desempeña un papel sin parangón en el sistema estadounidense. El año pasado, los ciudadanos estadounidenses, con sus convicciones religiosas, hicieron contribuciones caritativas por 260.000 millones de dólares. La Europa secular, con su tradición socialdemócrata y altos impuestos, representa lo que el neoliberalismo, con su alergia a la intervención estatal, denomina desdeñosamente gran gobierno,que es otra manera de redistribuir.

En tiempos de Franklin Roosevelt, a la reglamentación económica se la denominó convergencia armónica,modelo que comenzó a retroceder en los años ochenta, cuando Ronald Reagan sentó las bases de otro capitalismo basado en el triunfo de la tecnología y el espíritu empresarial. Desde Roosevelt, los demócratas construyeron lo que Gary Hart, ex candidato a la presidencia y senador, ha calificado de "catedral ideológica", cuyos cimientos fueron el Estado de bienestar, aunque no como el europeo, y el multiculturalismo. La sociedad construida con estos mimbres se dio leyes para limitar el poder del capital. Fue una era de grandes empresas, grandes sindicatos, grandes compromisos y gran gobierno. Pero esta visión de la economía comenzó a retroceder cuando Reagan exploró las posibilidades de un capitalismo menos reglamentado. Hoy, este capitalismo, del que la globalización es consecuencia, ha avanzado inexorablemente.

Gates y Buffet personifican una evolución de la filantropía que The Wall Street Journal califica de "revolucionaria". Puede que sea así, pero su generosidad también es la reafirmación del modelo estadounidense. Madeleine Albright, secretaria de Estado de Clinton, ha subrayado que la donación de Buffet supera la ayuda pública estadounidense humanitaria y para el desarrollo, que además trata de reducir el Congreso. Y esta semana, la Comisión Europea ha multado a la compañía de Gates porque, pese a sanciones anteriores, sigue violando las leyes antimonopolio. ¿Una cruel ironía en un mundo que en muchos aspectos se parece al de Carnegie?