Hace poco más de tres años, horas antes de que empezara la guerra de Iraq, se reunían en las Azores Bush, Blair y Aznar con el propósito de poner orden en el mundo y, de paso, consolidar su apoyo político erigiéndose en adalides de un mundo amedrentado. El principal motivo de preocupación era la existencia de un llamado eje del mal (Iraq, Irán y Corea del Norte) dotado de armas de destrucción masiva y, protegido por ese armamento, susceptible de atacar a Occidente a través de redes terroristas por esos países patrocinadas. A partir de ese diagnóstico se elaboró una estrategia que implicaba la destrucción del régimen de Saddam, la sumisión de los otros dos eslabones de la cadena y la extensión de la política de seguridad y ataque preventivo a cualquier rincón del mundo que pudiese representar una amenaza. En compensación, se trataría de estabilizar Oriente Medio mediante concesiones a los palestinos y la democratización de los países árabes, asegurando, entre otras cosas, el suministro de petróleo. Lo que hemos vivido desde entonces se deriva de las decisiones tomadas o refrendadas en esa reunión. La escalada de la tensión en todos los puntos calientes del planeta en las últimas semanas invita a hacer un rápido balance de dónde estamos para saber lo que nos espera. Y escoger el lugar de vacaciones en consecuencia.
Iraq sigue ocupado, cerca de tres mil soldados de la coalición han muerto y muchos miles más han sido heridos de gravedad. Decenas de miles de iraquíes, la mayoría civiles, han muerto y gran parte de la infraestructura del país ha sido destruida. Tras ímprobos esfuerzos existe hoy un gobierno salido de las urnas, pero en el que apenas están representados los suníes, el corazón de la insurgencia. El Gobierno no podría sobrevivir sin las tropas ocupantes. Al Qaeda y sus aliados han convertido Iraq en el punto de atracción para la yihad global, donde se entrenan, luchan y buscan el martirio los activistas, sellando una alianza de sangre hacia el futuro, como los veteranos de la guerra de Afganistán que dieron origen a Al Qaeda. Aún más grave, la política estadounidense de apoyarse en chiíes y kurdos contra los suníes ha recibido la respuesta opuesta y simétrica de la insurgencia, encerrando al país en una guerra entre comunidades religiosas y étnicas de tal calado que hace imposible, por un largo tiempo, la retirada de las tropas ocupantes. Retirarse de Iraq ahora, sin un tratado de paz previo que incluya la insurgencia, sería una irresponsabilidad aún mayor que la invasión.
Corea del Norte decidió que la salvación de su incombustible dictadura arqueocomunista estaba en la aceleración de su programa nuclear y balístico. Y aunque trató de ganar tiempo mediante negociaciones que garantizaran su seguridad y la ayuda económica de China y Estados Unidos, nunca se fio del resultado y jugó con su ventaja estratégica. Tiene como rehén a Corea del Sur e incluso a Japón, que podrían ser gravemente dañados por represalias en caso de un ataque preventivo de Estados Unidos. Yhan empezado a probar (aunque sin mucha precisión) misiles de mayor alcance que pueden alcanzar suelo norteamericano. Existe la posibilidad de estrangular a Pyongyang económicamente, sobre todo si China colabora. Pero el embargo no sería fácil, porque Pakistán e Irán están en contacto militar y comercial con los norcoreanos y porque empujar a un régimen de estas características hacia la desesperación es un ejercicio peligroso que no apoyan ni China, ni Rusia ni, sobre todo, Corea del Sur. Así las cosas, cuanto más habla Bush del peligro, más peligro hay. Tal vez por eso el tono de la señora Rice, la única seria del grupo dirigente, trata de rebajar la tensión.
En cuanto a Irán, mis conversaciones recientes en Teherán con colaboradores del moderado expresidente Jatami me convencieron de que en torno al programa nuclear hay unanimidad nacional. Porque tras lo ocurrido en Iraq, si el siguiente de la lista era Irán, había que construir rápidamente una disuasión (como quiere Ahmadineyad, el actual presidente) o al menos amagar con ello para obligar a una negociación que garantice la seguridad de Irán sin condiciones (como intentan los elementos islamistas liberales). Curiosamente, en una de mis visitas a universidades, coincidí con el doctor Kahn, el padre del programa nuclear pakistaní, que parece ser muy popular en Irán. Está claro que hay un programa nuclear, por ahora pacífico, pero con capacidad propia de enriquecimiento de uranio. Esto, en sí mismo, no es militar, pero podría transformarse en algo distinto a medio plazo si no hay una resolución del conflicto. Además, Ahmadineyad está utilizando la tensión con Estados Unidos para reforzar su apoyo interno, exactamente como hace Bush en su país. En caso de que ni las Naciones Unidas ni la Unión Europea consiguieran una mediación, cabría pensar en un ataque quirúrgico de Estados Unidos a las instalaciones nucleares iraníes. Las consecuencias serían graves. Por un lado, no se pueden descartar represalias terroristas en varios puntos, ni tampoco un bombardeo con misiles sobre Israel. Pero sobre todo, Irán podría interrumpir el suministro de petróleo a Occidente, lo cual, como mínimo, llevaría el precio del barril a un nivel estimado entre 130 y 150 dólares y, por consiguiente, a una llamarada inflacionista que provocaría una crisis económica mundial. La estrategia de las Azores, por cierto, en lugar de asegurar el crudo, ha generado incertidumbre y ha aumentado considerablemente los precios de la energía en el mundo. Algo que Chávez, Putin y Jamenei deben agradecer a Bush.
En Palestina, el intento de estabilización mediante el apoyo a una OLP moderada creó las condiciones para el triunfo electoral de Hamas y, por tanto, ha conducido a una radicalización del enfrentamiento con Israel que amenaza con encender de nuevo Líbano. La sumisión de los palestinos en Gaza a bombazo limpio hace cada vez más insostenible la pasividad de los estados árabes, influidos por la indignación de su opinión pública. Y, en fin, terroristas islámicos, en red organizada o en red mental, siguen golpeando en todo el planeta. Por cierto, frecuentemente los días 11 del mes.
Si el poner el mundo patas arriba les hubiera servido a los protagonistas del triángulo de las Azores para asentar su poder, por lo menos se podrían entender sus decisiones, aunque fuese desde una perspectiva cínica, que no es la más alejada de las realidades políticas. Pero resulta que Aznar no duró ni un año porque lo pillaron mintiendo como bellaco y la gente se movilizó. Blair anda de capa caída, exactamente por su alineamiento con Bush (lo demás no lo hacía del todo mal), y no sólo está en los últimos meses de su poder, sino que sus posibles sucesores se lo sacuden como apestado. Y en cuanto a Bush, su cuota de popularidad ha caído al 28%, la mayoría de los estadounidenses piensa ahora que la guerra fue un error y que habría que salir de Iraq, y los republicanos están desmarcándose de él para disminuir la magnitud de la derrota que preveen en las elecciones legislativas de noviembre. La retahíla de escándalos de torturas y abusos en Iraq y en los Guantánamo del planeta, así como el goteo de ilegalidades en la Casa Blanca y en el liderazgo republicano, está diezmando los otrora poderosos batallones neoconservadores. Hasta el punto de que se puede dar como casi seguro que en el 2008 el presidente será un demócrata o un republicano sensato, de los que no hablan personalmente con Dios. Digo casi porque siempre nos quedará Al Qaeda, con su estela de terror en las mentes de la gente. Sería demasiada coincidencia...
Y así es como el triángulo de las Azores desorientó nuestro mundo, y nuestras vidas, en su alucinada persecución del eje del mal.

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