El poder corporativo del neoliberalismo determina las decisiones políticas más importantes. Las corporaciones, las cámaras de industria, comercio y agro, así como las grandes fusiones financieras, deciden no solamente el rumbo de la publicidad y, por tanto, de los "estilos de vida" que los consumidores creen que deciden adoptar, sino también las políticas internas de los gobiernos, especialmente en los casos en los que los Estados han sido empequeñecidos -o están en camino de encogimiento- por la vía de las olas privatizadoras.

El Estado ha sido una entidad corrupta e ineficiente como administrador de sus empresas. Esta es la razón que el neoliberalismo suele esgrimir para justificar su anulación como ente regulador de la vida social, para convertirlo en una pequeña oficina de inocuos burócratas encargados de hacer cumplir "la majestad de la ley"; una ley que ampara el control total de la sociedad por parte del ala más derechista del sector privado de la misma. A esto, el neoliberalismo lo llama "verdadero" Estado de derecho.

Frente a ese planteamiento, resulta comprensible que los sectores que ven en el Estado una fuente de subsidios, así como una entidad con el suficiente poder como para emitir y hacer cumplir regulaciones sociales en favor de conglomerados sociales marginados que enfrentan la privatización de los servicios de salud, transporte, jubilaciones, etcétera, vean también en el Estado el único espacio político de poder desde el cual es posible plantear un proyecto político nacional-popular interclasista e interétnico. Como se sabe, el fundamentalismo neoliberal califica de "socialistas" a todos los sectores que defienden la necesidad de un Estado fuerte y no corrupto, y los tacha de "utópicos", autoidentificándose, por contradicción, como práctico y eficaz. Así, el fundamentalismo neoliberal ofrece a la sociedad -convertida en comunidad de consumidores- mejores (y más caros) servicios, llevando (por ejemplo) la telefonía móvil a los lugares más remotos y apartados, en donde la necesidad del teléfono móvil, así como de otros consumos, necesita ser creada por la publicidad y el mercadeo. Esto, se dice, es la modernidad, el adelanto, el progreso. Todo, a costa de la anulación del poder del Estado.

El problema político que esta doctrina y esta práctica de mercadeo político plantea a los sectores que el fundamentalismo neoliberal califica de "socialistas" es: ¿vale la pena luchar por un Estado débil e inocuo? ¿Importa quién dirija un Estado que no decide nada? Y, obviamente, la defensa del Estado fuerte se convierte en una bandera de amplios sectores sociales y económicos que van desde las derechas antineoliberales hasta las todas las formas de izquierda (por muy atrasadas que estén algunas de ellas), pasando por los centros y las socialdemocracias de todos los tonos. Al meter en el mismo saco a los sectores que no comparten sus sueños elitistas de desaparición del Estado (sorprendente similitud, aunque por vías distintas, con la utopía comunista de la sociedad sin Estado), los neoliberales fundamentalistas se crean un amplio espectro de anticuerpos que, unidos, pueden llegar a constituir un posible sujeto político interclasista e interétnico que se oponga a sus planes.

¿Qué fuerza política capitalizará a este sujeto interclasista e interétnico? No tiene necesariamente que ser la izquierda tradicional, que se encuentra inmovilizada tanto en su versión oficial como en su versiones "alternativas", debido a que se entrenó sólo para oponerse sistemáticamente al poder pero no para tomarlo y ejercerlo. La bandera de la lucha por un Estado fuerte y no corrupto puede aglutinar a amplios sectores. El criterio político de tal aglutinación se puede perfectamente constituir a partir del ideario liberal, que es el que el neoliberalismo alaba en teoría pero traiciona en la práctica, mediante políticas privatizadoras prooligárquicas y otras formas de desembozado mercantilismo que atentan en contra de la libertad económica y la igualdad de oportunidades, vistas como bases de la democracia y el Estado de derecho.

(*) También publicado en A fuego lento