Lo de ayer pinta fatal. Arnaldo Otegi, convertido en avalista del presidente del Gobierno. Mal vamos si Moncloa se ve obligada a invocar -me temo que también a inducir- unas declaraciones de semejante personaje como máximo argumento de autoridad para desmentir a Gara. Si la credibilidad de Rodríguez Zapatero tiene mejor acomodo en la palabra de Otegi, su "interlocutor necesario", que en la de José Blanco, número dos del PSOE, algo se está haciendo rematadamente mal.

La secuencia está clara. El diario Gara, altavoz mediático de ETA y Batasuna, informa de supuestos compromisos ETA-Gobierno previos al alto el fuego, entre los que figuran la benevolencia policial y el reconocimiento del "derecho a decidir". En Moncloa se acusa el sopapo como desestabilizador del "proceso". Se endosa a las consabidas "tensiones internas en la izquierda abertzale", pero no se disimula la contrariedad, pues los recados de Gara desorientan al ciudadano y regalan nuevos argumentos al frente de rechazo capitaneado por el PP.

Y en esas, las dos reacciones mencionadas. Primero, la de José Blanco. En nombre del PSOE, advierte de que "con ETA sólo se hablará de su disolución" y con Batasuna, "de lo que Batasuna quiera hablar", pero sólo si respeta las reglas del juego y cumple la Ley de Partidos. Y luego, la de Arnaldo Otegi, portavoz de Batasuna, que está en deuda con Moncloa y no tiene mayor inconveniente en devolverle algún favor.

El favor consiste en desmentir a su propia gente: "No me consta que existan esos compromisos", declaró ayer en la radio. Pero las declaraciones de Blanco, que firmaríamos todos, se pierden en la polvareda, mientras que las de Otegi centran el debate, lo centraron ayer, sobre este nuevo incidente del recorrido hacia "la paz", según unos, o "los derechos de Euskal Herria", según otros. Esta misma plantilla de descripción del "proceso" ya ilustra sobre su insoportable grado de confusión verbal.

Si esa doctrina Blanco no puede competir con la credibilidad de Otegi, en gran parte por culpa de Moncloa, que nos remite al segundo y no al primero para aclarar las cosas, no son de mejor condición las declaraciones de los ministros de Interior, Pérez Rubalcaba, y de Justicia, López Aguilar. Al igual que Otegi, aunque con más contundencia, claro, los dos han negado compromiso alguno con ETA previo al alto el fuego decidido por la banda terrorista el 22 de marzo -hasta ahora creíamos que unilateralmente, ya se ve que eso reclama ciertos matices-, pero asimismo su palabra de ministros pierde por goleada en odiosa comparación con la de un ex terrorista.

En los últimos días se multiplican las pruebas de que esto del proceso de ‘paz’ lo lleva muy personalmente José Luis Rodríguez Zapatero, como los mensajeros oficiales nos recuerdan a menudo. Pero a medida que se acumulan los testimonios que lo acreditan, se acumulan también las dudas sobre la eficacia del método y los riesgos de pasar todos por idiotas, todos menos Zapatero, incluidos la mayor parte de sus ministros y sus colaboradores, que tendrán que hacer el papelón más de una vez porque "las claves sólo las conoce el presidente".