En cualquier lugar y en España en particular, las visitas papales me dan la impresión de la reposición de una historia de otros tiempos, el ensayo general para una (mala) película de época.

El espectáculo: el Papa y los obispos con ropajes que reflejan las pompas y boatos de los dignatarios feudales, actuando según una liturgia incomprensible -la renovación sólo ha cambiado la lengua en que se expresa-, alejados de los demás asistentes, impedidos éstos de cualquier acercamiento no estrictamente programado al Pontífice, y actuando cual inmenso coro para realzar a los hieráticos personajes principales. Cualquier opera coral queda pequeña frente a esta exhibición de fieles entusiastas apoyando a sus dirigentes.

La política: ¿Viene el Papa como dirigente supremo de una iglesia o como jefe de estado? Respecto a lo segundo, es lógica la presencia del Ministro de Exteriores, incluso en una visita protocolaria que se desea amable, la del propio presidente Zapatero, pero, ¿qué significa la presencia en pleno de la familia real? ¿Están allí por la jefatura de Estado que ostentan o porque son católicos? En ambos casos, su presencia es cuestionable: ni como jefe de Estado de un país con una Constitución aconfesional ni como la primera familia del país en la que muchos de sus habitantes no practican dicha religión, parece procedente su asistencia a un importante acto de culto de una religión concreta. ¿Hubieran participado igual si el visitante hubiera ostentado la máxima dignidad de otra rama cristiana, del Islam o el Budismo? La vinculación entre jefe de Estado y religión en una sociedad moderna y aconfesional no tendría más importancia que aumentar la impresión de anacronismo, si no fuera porque en España recuerda épocas próximas en que dicha relación no fue inocente.

El mensaje: ¿cómo no pensar que se está hablando de otros tiempos cuando el mensaje impartido consiste en realzar la familia tradicional?, ¿no se han enterado el Vaticano y sus representantes en España de los cambios que se han dado en las familias en los últimos treinta años? El catolicismo actual, ¿no tiene más potencial para enfrentar la realidad que recomendar una vuelta al pasado, a unas realidades que están cambiando con enorme rapidez? Ante los católicos que luchan por mostrar que los valores esenciales de su fe son válidos para enfrentar los problemas actuales, ¿qué supone la «insustituible» familia tradicional? ¿no tienen nada que decir a quienes no responden estrictamente a la misma?

Quizá este era sólo el mensaje para las masas. La visita papal, que parece haber sido más conciliadora de lo que se temía, llega cuando se negocian aspectos muy importantes para la jerarquía española: las leyes educativas y la revisión de la financiación de la iglesia.¿Es posible que el Vaticano combine el palo -con la increíble reconvención de Navarro-Valls al presidente del Gobierno por no quedarse a misa- con la amabilidad, por no ver conveniente frente a estos temas una posición tan beligerante como la de muchos obispos españoles? Quizá al Pontífice no le preocupa sólo la familia, sino asuntos como la financiación de la iglesia católica en España, para la que puede no ser útil la dureza con el gobierno.

Es difícil de entender la aceptación acrítica y entusiasta de todo ello por miles de católicos. ¿Cómo es posible que tantas buenas gentes no perciban el carácter anacrónico de su jerarquía y la doctrina que sustenta y las dificultades que la misma opone a la práctica profunda de sus creencias y al desarrollo de los valores esenciales del cristianismo en el mundo de hoy?

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