Hay que reconocer que el president Maragall tiene encanto. Desborda al periodismo mundial de todas las escuderías que durante semanas ha venido apostando por las fechas del 22 y el 29 de octubre. Pues, no. Serán un miércoles, el primero de noviembre, festividad de Todos los Santos.

No sé cómo interpretar esta decisión si se confirma la noticia avanzada esta noche por TV3. He acudido al más famoso buscador de la red con las palabras “elecciones primero noviembre”. Nada en todo el mundo. Luego lo he buscado en francés, inglés y alemán, añadiendo la referencia de Todos los Santos. Nada de nada.

La decisión tiene un punto de novedoso. Es un miércoles y coincide con el día de Todos los Santos, jornada que en los países de tradición cristiana los vivos suelen acudir a los cementerios para recordar a los muertos. Día de consumo de flores, de colas en los camposantos, de viajes por todo el territorio para hacer honor a las raíces de cada uno.

Lo más fácil es decir que se trata de la “penúltima maragallada”, expresión que no ha entrado todavía en el Pompeu Fabra, y que me permito traducir en dos de sus acepciones posibles. La primera sería una acción inesperada, imaginativa, fantasiosa, como los maestros del ajedrez que calculan todos los movimientos desde que mueven el primer peón sobre el tablero. La segunda podría equivaler a los temporales humanos que preconizan las tragedias griegas o los dramas de Shakespeare.

Posiblemente, los lingüistas del futuro, tan numerosos en el difunto tripartito, encontrarán más significados y más riqueza de matices. Maragall ha pasado fugazmente por la presidencia de la Generalitat, casi tres años, con “maragalladas” varias.

La razón de que no se quiere que el comienzo de campaña coincida con el puente del 12 de octubre me parece de poco peso. Como si los votantes de Cataluña estuvieran pendientes en el próximo largo puente de lo que dicen y hacen los partidos.

Pienso más bien que se trata de un golpe de imaginación, sutil y desconcertante, que llevará a rasgaduras de vestiduras de la clase mediática y política. Pero Maragall tiene la facultad de convocar las elecciones cuando quiera, un sábado, un lunes o un miércoles que coincide con el Día de todos los Santos, con la circunstancia de que al día siguiente se celebra el Día de Difuntos.

No lo quiero pensar pero quizás puede ser un mensaje subliminal para que mientras los catalanes recen por sus muertos den testimonio también de que el tripartito, tal como fue concebido y como consecuencia de su agitada trayectoria, está muerto y enterrado.

Maragall no para de sorprendernos. Pero quiero señalar la dignidad que ha aceptado el veredicto del partido del que es presidente, ha encajado sin mover un muslo los puñales que le clavaron los suyos, los que más duelen, ha salido de entrevistarse con Zapatero como si nada hubiera ocurrido y el día que anuncia su retirada de candidatura dice dos cosas que me parecen relevantes.

La primera es que su gobierno ha hecho posible la alternancia en Cataluña. La segunda es que para hablar con Cataluña no hay que hacerlo siempre con el nacionalismo catalán de CiU.

Pero no ha tenido en cuenta, quizás, que su idea no era compartida por los suyos, por Zapatero, que dio el semáforo verde al Estatut con una fotografía bien preparada con el líder de la oposición, Artur Mas, con la ausencia del president de Cataluña y con la rabieta de Duran i Lleida, como explica exhaustivamente el reciente libro de Josep Sánchez Llibre, escudero de Durán, presentado ayer oficialmente con la ausencia de dirigentes de Convergència Democràtica de Cataluña y que se sitúa en la lista de libros más vendidos esta semana.

Sea como sea, es una despedida que lleva el sello de “maragallada” inocente, caprichosa, pero a la que tiene todo el derecho. Entrañable e impredecible Maragall que ha hecho de Barcelona una ciudad que es la envidia de París, como nos cuenta nuestro corresponsal en Francia, Lluís Uría. Ha sido el presidente del Estatut aunque su “desgavellada” gestión al frente del gobierno deje mucho que desear.

Entramos en un periodo más gris, más profesional y más políticamente correcto. Tanto si es Mas el vencedor como si es Montilla. Quizás es lo que conviene al país después de tantos sobresaltos y tanta siniestralidad.