El que fuera vicepresidente del gobierno de Bill Clinton, Al Gore, se ha convertido en el máximo activista para evitar una de las peores catástrofes que puede sobrevenir a la humanidad: el recalentamiento del planeta, con la licuefacción de los polos, inundaciones, mareas, tsunamis y destrucción de las ciudades. Ha advertido que todavía disponemos de tiempo para evitarlo, pero que si no hay un acuerdo entre la comunidad científica y el poder político, será inevitable. En una decisión ejemplar, Al Gore ha abandonado la lucha por el gobierno y dedica su tiempo a esta tarea: conoce los secretos de estado y actúa en consecuencia.
En cuanto a los científícos, muchos lo han advertido; están los que creen que no podemos evitarlo, los que piensan que todavía se puede hacer algo y los que opinan que no va a ocurrir, o al depender de empresas o tener cargos oficiales, no pueden hablar.
No sé nada de grandes catástrofes, pero como cualquier persona con sentido de la especie, me gustaría que los políticos se preocuparan por el porvenir de la humanidad y contribuyeran a salvarla, a mejorar sus condiciones de vida. La sabiduría popular está advirtiendo que los veranos son más intensos y más largos que antes. La sequía también, seguida por unas fuertes lluvias que propician inundaciones. «El tiempo está loco» como consecuencia de que los hombres también estamos locos. Sigmund Freud, Einstein y otros notables del siglo XX advirtieron que una técnica y una ciencia desvinculadas de los fines últimos y éticos de la humanidad eran de carácter psicótico.
Como todas las primaveras, yo he soñado con un verano amable, tranquilo, reparador y creativo. Me ocurre siempre igual. Pienso que en el verano, cuando Barcelona esté casi vacía, voy a disfrutar de paseos sin toparme con multitudes, sin la agresión del sonido y la agenda vacía. Pero llega la ola de calor y manda mis sueños al traste. Las caras de los transeúntes reflejan noches de insomio; la mahonesa chorreante me hace pensar en la salmonela, los aeropuertos repletos parecen campos de concentración y los hospitales llenos de pacientes con ataques de hipertensión o problemas respiratorios son la contraimagen de esas vacaciones soñadas por la inmensa mayoría de laburantes de ésta y de otras ciudades. Sólo los ricos viven bien el verano. Y los ricos, son muy pocos.
En varias comunidades de España hay alarma por la ola de calor.Las alarmas se distinguen por el color: hay roja, verde y amarilla.No me pregunten en qué se diferencian, aunque debería saberlo y deberíamos saberlo todos. No estoy segura de que exista ni siquiera una pequeña diferencia. Salvo en Sevilla, donde el Ayuntamiento se ocupa de los mayores de 65 años y de los enfermos más sensibles a estos grandes calores; a través de la Seguridad Social se los llama, se los controla en una acción que deberían imitar otras comunidades. La única diferencia que debería existir entre un gobierno y otro es en qué emplean el dinero públicos. ¿En fastos o en mejorar la calidad de vida de los más necesitados? ¿En imagen, apariencia o en atender a los ancianos? Dime en qué gastas tu dinero y te diré quién eres.
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