El 'mártir' antinacionalista Boadella expone en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid su decálogo teatral, un furibundo y sarcástico manifiesto que no deja títere con cabeza.
Le encanta armar cristos, aunque de vez en cuando le supongan calvarios. Se explica a través de decálogos, pero no parece que ni Moisés ni el Mar Rojo le interesen. Como Franco, denuncia contubernios; pero no judeomasónicos, sino nacionalistas -«son estafadores de sentimientos»-. Y encima peca de ira: le encanta golpear con saña a los bienpensantes, ensalzando el mal gusto o lapidando la modernidad, da igual. Vamos, que no se gana el cielo, y encima le cae una buena ristra de palos.
El evangelio según (San) Albert Boadella es un inacabable reírse de su sombra, y el santo en cuestión ya se troncha cuando se le pregunta por Els Joglars en Cataluña, ahora que él es el nuevo profeta antinacionalista: «Estamos desapareciendo allí, ¡eso sí que es excepcionalidad!». Luego está la gestualidad: el padre Boadella gesticula como un cura guasón, pondera como un portavoz vaticano, bromea como un sacristán picaruelo... Pero, qué demonios, este hombre va directo al infierno: «En esta vida uno tiene que fomentar sus enemigos: el buen rollo no te lleva a ningún lado».
Resumiendo: que el mártir de Els Joglars expuso ayer su genial catecismo, sus tablas de la alianza, en la Universidad Rey Juan Carlos. Una sarta de herejías contra la política correcta, matizadas por un inesperado primer mandamiento: «Sólo Dios crea» (¡?). Palabra de Boadella. Pasen y vean.
Pero no se alarmen: Boadella es cura profano, y sólo integrista en su anti integrismo, que se traduce en una mirada irónica hacia todo lo que le rodea. Por ejemplo, el arte, y así hay que leer su primer (y polémico) mandamiento expuesto ayer ante dos docenas de estudiantes en la Rey Juan Carlos. Pero escuchémosle a él: «Ahora resulta que todo el mundo es creador... Pues no. Todo existe y está a nuestro alrededor. Lo habrá hecho Dios... ¡O quien sea! Los artistas, si acaso, ponemos luz en algunas zonas de sombras, pero no más».
A continuación, primer lapidado: el megacocinero Ferran Adrià. «Hace poco leí en una revista lo siguiente sobre él: 'Es un poeta de los sentidos. Su aire de zanahoria con deje de mandarina es comparable a Mozart'... ¡Chorradas! Ni Dalí era un creador, la mirada surrealista ya existe en los niños: ¿quién no recuerda de crío un coche que le pareciera una cara, por ejemplo? Las cosas ya existen: los artistas las usamos».
A LA CONTRA.
Segundo (y fastidioso) mandato, si es que uno quiere dedicarse al teatro: «Es obligatorio ser un inadaptado crónico». E, implícita, una apelación a los paraísos perdidos de la infancia: «En los primeros 10 años aprendemos todo lo que somos, y el resto es pura doma. Hay que intentar saltarse la doma, que nos aleja de la vida real». De ahí le viene, precisamente, su pasión por los toros, «el último gran arte de la antigüedad». Así fue la cosa: «Mi tío me llevaba continuamente, y recuerdo que todo lo que sucedía fuera de la plaza me parecía incomprensible».
El tercer mandamiento casi va en contra de la esencia del teatro, pero no: «Hay que rechazar la fantasía: no hay nada más fantástico que la realidad, nunca llegaremos a ser tan imaginativos como la verdadera existencia. Es más: ¡muchas veces tendréis que tamizar la realidad, porque será tan increíble que vuestro público se negará a tragársela», contó Boadella.
Descacharrante y (casi) trágico ejemplo: «Haciendo una obra hace muchos años, nuestros actores tenían que dispararse con amianto: salía fuego y quedaba bonito, pero realmente no se hacían nada. Se disparaban trozos de periódico, y nada más. Pero algo falló y a uno de ellos le dispararon, en el pulmón, un trozo de ABC. ¡Con lo venenoso que era el ABC en aquella época! El caso es que salí de las candilejas, la acción se detuvo, y grite al público si había algún médico en la sala. La gente se tronchaba de la risa. Tuve que decirlo tres veces, y no se movió nadie hasta que llegó la ambulancia. ¡A la gente se le hacía más verosímil la ficción que la realidad!».
No cunda el pánico: al actor se lo llevaron rápido y le extrajeron el dichoso trozo de ABC, con la consiguiente mejora. Y Boadella llevaba ayer aún más lejos la moraleja con una sentencia: «La vida en el teatro es más vida que la realidad».
Cuarto versículo: la poesía no es coto privado de los poetas. «Eso es una apropiación indebida. ¡Nosotros también hacemos poesía! Pero ojo: en esto, a menos elementos mayor eficacia. Recuerdo una Gaviota de Chéjov en la que alguien derrochó 60.000 litros de agua para hacer una nubes y un lago y... ¡No, hombre, no! ¡Aquello era un parque temático ruso! Los orientales lo solucionan mejor desde hace miles de años: con un trozo de seda, te hacen un océano estupendo, y encima te lo crees, lo ves. Lo otro, la cacharrería, son emociones epidérmicas, es pura trola».
El quinto mandamiento es un clásico en la serie de decálogos de Boadella, que lo cuela lo mismo en un monólogo sobre toros que en una conferencia para ejecutivos (este redactor puede dar fe): «No telefonear jamás al que está en el cuarto de baño». Desarrolle la idea, Albert: «Es que hay gente que llama incluso cuando estás haciendo el amor; es gente inarmónica, de la que hay que huir. Un actor debe tener siempre sentido del ritmo: el arte es realmente la cadencia rítmica de la existencia humana, y el tiempo en realidad es flexible. Una vez estuvo a punto de atropellarme un camión cisterna, y pasaron por delante de mis ojos decenas de cosas: mis padres, la faena que le iba a hacer a mi mujer si me pasaba algo, una ventana que me había dejado abierta... El teatro es eso: cambiar el tiempo y el espacio».
Sexto paso en este camino de perfección: «Fomenta tus enemigos. El buen rollo no sirve en el teatro, ni en la política. La gente destructiva es ecológicamente necesaria, y a veces los que parecen más santos son los mayores hijos de puta. A Els Joglars, los enemigos nos han sido un estímulo sensacional. La gente del teatro hoy quiere ser funcionaria, nadie dispara a quien le da de comer».
HAY QUE EPATAR.
Séptimo: «Es necesario practicar urgentemente el mal gusto. El bueno es la moda, y eso podía funcionar hace 100 años, pero no hoy: hoy la moda dura un telediario. Lo saben los campesinos: los que cultivan lo que todos no se comen un colín, pero, ¿y el primero que produjo kiwis? ¡Se forró! Si eres moda, estás muerto».
El octavo apunta a otra bicha muy querida por Boadella: «Hay que defenderse de la modernidad, de esa gente que dice: 'Yo hago arte moderno'. ¡Tú qué vas a hacer! ¡O te expresas y comunicas, o nadie te entiende! Hay que contar lo que uno siente. Hoy compras un cuadro de arte moderno, y parece que tienes que comprar también al pintor para que te lo explique... Se ha tenido que crear una bolsa de expertos que expliquen la diferencia entre un tàpies y el desconchado de una pared... ¡Pero qué coño! ¡Si hay un millón de diferencia!».
Un último arreón con el noveno mandamiento: «Desconfiad de la verdad oficial, el contubernio [otra vez] arte-política es muy peligroso, y no creo que Carmen Calvo sea Lorenzo de Médici...». Y ya el décimo, un toque buenista y constructivo para terminar: «Mejor con amigos, con gente, que solo. Un artista que sufre, sufre más solo, y el que disfruta, disfruta más acompañado».
Tras la lección, entramos al confesionario: ¿cómo era el Boadella veinteañero? «Arrogante, vanidoso, brioso e ignorante». ¿Y cómo ve a los veinteañeros de hoy? «Pues... creo que les vendrían bien 15 días de dictadura al año».
LOS DIEZ MANDAMIENTOS, SEGUN BOADELLA
1. «Reconocer a Dios, o quien sea, como único creador. No existe ese mito ridículo del artista creador».
2. «Ser un inadaptado crónico, un niño. De lo contrario, mejor dedicarnos a la banca».
3. «Rechazar la fantasía. La realidad es lo más fantástico que hay».
4. «Los poetas no son los únicos poetas. Muchos otros, y algunos que ni lo saben, hacemos poesía».
5. «No telefonear al que está en el baño: es algo inarmónico».
6. «Fomentar los enemigos. El buen rollo es aburridísimo».
7. «Practica sistemáticamente el mal gusto. El bueno es la moda, y estar a la moda es estar muerto».
8. «Defiéndete de la modernidad. Es una trola. El arte no es moderno: comunica o no».
9. «Desconfía de lo oficial, del contubernio arte/política. Carmen Calvo no es Lorenzo de Médici».
10. «¿Solo? No, mejor con amigos. El arte es colectivo».
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