Parte del malestar que se vino gestando en Cataluña a partir del Gobierno tripartito de Maragall desemboca en la creación de una nueva formación política bautizada de forma muy sugestiva, Partido de la Ciudadanía. Muy interesante porque llegada es la hora en que la ciudadanía empieza a ser consciente de la necesidad de defenderse de los partidos políticos que actúan como maquinarias electorales y con criterios de casta. Porque también es llegada la hora en que la ciudadanía principia a percatarse de la deriva de los partidos políticos mayoritarios, que en muchos casos tiene ya todas las trazas de ser la crónica de una muerte anunciada.
Dicho todo esto, no puedo ocultar mis reservas hacia este nuevo partido, reservas que se vuelven inquietantes si se tiene en cuenta que se trata de algo que de entrada reunía los principales requisitos para ser saludado con alborozo. Para empezar, uno de los muchos asuntos pendientes en el debate político español consiste en tener muy claro que lo radical y verdaderamente democrático no es eso que se conoce como «lo identitario», sino que lo esencial es la ciudadanía democráticamente entendida desde el conocimiento más elemental y perogrullesco de eso que llamamos historia. Para seguir, en este proceso que acaba de cristalizar en partido político, hay figuras que se han hecho merecedoras del máximo respeto intelectual, como son, entre otros, los casos de Boadella y de Arcadi Espada. Gentes que manifestaron su oposición a Maragall desde posiciones distintas y distantes al discurso rancio y recalcitrante del PP.
El primer problema -visto desde la lejanía de esta isla existencial que es Asturias- que se plantea es que este discurso de oposición a un nacionalismo excluyente y sectario, según su punto de vista, es aprovechado por el PP. Primer fallo grave, así pues, que se detecta. No parece haber equidistancia entre el nacionalismo y el PP en sus postulados. Y esto, desde aquí, faltándonos claves, nos lleva a fruncir el ceño a la hora de analizar su sitio en la política catalana y, por ende, estatal.
El segundo acto de esta función que tampoco parece tener muy buena pinta es el haber declarado esto que sigue: «Huiremos del dogma izquierda-derecha. Queremos ser el partido de las ideas y los valores, aunque es cierto que nuestros objetivos pueden ser progresistas». Se incurre en contradicciones perturbadoras. Si se apuesta por los derechos ciudadanos, el discurso en pura teoría histórica es de izquierdas. Y -perdón por la perogrullada- lo ideológico no es siempre sinónimo de lo dogmático. Más allá de la izquierda y de la derecha, se proclamó el señor Fernández de la Mora en un libro muy citado y -sospecho- apenas leído.
Que la izquierda viva tiempos de confusión no debe llevarnos a renegar de ella, máxime por parte de un partido que hasta ahora estuvo apadrinado por personajes que en sus trayectorias jamás apostaron por el conservadurismo. De otro lado, que el conglomerado de gentes desengañadas y defraudadas por el felipismo sea tan grande no debe llevar a una deriva que desemboque en aplaudir al PP, tal y como le sucede a cada vez más gente.
En otro orden de cosas, insistiendo en la falta de claves por la lejanía desde la que escribimos, conviene no perder de vista que los partidos nacionalistas, históricamente hablando, estuvieron más cerca de la España democrática que las formaciones carpetovetónicas que oficiaron una y otra vez como martillo de herejes de la España heterodoxa, es decir, democrática. Un tránsito por la obra de Américo Castro despejaría todas las dudas que se pudieran albergar al propósito.
La derecha tuvo en su momento una coartada innegable, como fue la existencia de un PSOE corrupto. De ahí sus victorias del 96 y de 2000. Ahora esgrime también la existencia de unos nacionalismos sectarios. Y ve reforzada su posición por los discursos de gentes como Boadella y Espada, que se ubicaron siempre en la izquierda.
Sin entrar en otras consideraciones, les pediría a los dirigentes de este nuevo partido un esfuerzo de equidistancia. Pero si el grueso de su discurso se basa por un lado en los excesos de los nacionalismos y, por la otra parte, en declararse más allá de la izquierda y la derecha, lo que hacen es fortalecer los argumentos peperos.
Y, sinceramente, no es eso lo que cabría esperar de una formación política cuya principal baza es la reivindicación de un concepto tan admirable, al que seguimos llamando ciudadanía.

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