Es cierto que, como diría Jean-François Fogel, la literatura se ha ocupado poco o mal del fútbol, salvo esa gran excepción que él mismo cita en su blog que constituye la magnífica novela de Peter Handke titulada El miedo del portero al penalti, publicada por Alfaguara. Es por ello que, como soy poeta y novelista, no sé si debiera empezar pidiendo disculpas a los especialistas del fútbol, porque ahora quien escribe sólo forma parte de la masa de espectadores apasionados y supongo que, intente lo que intente visualizar y describir equilibradamente, es probable que la pasión me ciegue a pesar de que mi intención es querer ser justa en las siguientes líneas.
Sin embargo, lo que ha sucedido en este Mundial 2006, recién finalizado en Alemania, tiene mucho que ver con la literatura, sobre todo en lo relacionado con la trayectoria del equipo francés, con la final del domingo en la que se enfrentó a la selección italiana y con su jugador principal, Zinedine Zidane. ¡Tanto que se criticó a su entrenador Raymond Doménech, tanto que se burlaron de la edad de los jugadores, tanto que negaron las posibilidades de Zizou en el terreno de juego, argumentando que estaba viejo, y, pese a todo, los Azules llegaron a la final!
¡Qué entusiasmo! Yo hasta me compré una bandera francesa que los chinos de mi barrio vendían a nada menos que 80 euros -aunque logré que me la rebajaran a 20 inventado una ley que prohíbe vender insignias a precios que sobrepasaran esa cifra; el chino me miró alucinado y aceptó con desconfianza, como era de esperar-.
Confieso que empezó a gustarme el fútbol con Michel Platini, allá por 1986, y volví a reencontrarme con este deporte 10 años después, de nuevo en Francia, porque en Cuba esta disciplina deportiva no se ha desarrollado en absoluto, a pesar de que hace tiempo hubo un intento, que se saldó sin éxito ninguno.
Sin saber muy bien quién era, coincidí en 1995 en una emisión televisiva con un jugador de fútbol. Recuerdo a un hombre de una inmensa timidez, tierno en sus gestos, delicado en sus expresiones... Supe vagamente que se trataba de alguien de una enorme calidad como deportista, ni siquiera pude retener bien su nombre. En aquella época yo acababa de exiliarme y la tensión me impedía aproximarme a la realidad de manera normal, pero como soy buena fisonomista jamás olvidé el rostro del jugador, que no era otro que Zinedine Zidane, a quien luego reconocí en el Mundial de 1998. Y desde entonces se convirtió en una de las personas que más admiro, por su genialidad, porque Zizou, como le llaman cariñosamente en el mundo entero, es un genio como futbolista, el mejor en 20 años, un ser humano integral, de una hermosa sencillez y extraordinaria calidad humana. Y esa calidad humana ha sido la que, probablemente, lo ha convertido en un héroe literario más que en un dios del fútbol, o mejor, en un hombre simplemente.
Mucho se comentará todavía de esa imagen solitaria del futbolista, enjugando sus lágrimas en la camiseta, descendiendo las escaleras, desapareciendo del terreno, lejos de sus compañeros. Mucho dará que hablar ese cabezazo final en el pecho del contrincante italiano, que para todos nosotros ha sido muy penoso, pero para Zizou debe de haber sido aún mucho más terrible, teniendo que enfrentar y asumir su equivocación, la de haberse dejado llevar por la provocación de Marco Materazzi, que, desde luego, la hubo.
Porque si bien asistimos en la final del domingo pasado a un match fabuloso en energía y precisión, los italianos, todo hay que decirlo, juegan siempre apoyándose en los golpes teatrales y en la provocación.
Es por eso que creo que esta final ha estado para todos los seguidores franceses muy marcada por el destino literario, por un gran esfuerzo, una historia impecable y un drama a la altura, magnífico en su desarrollo, con una consecuencia humana, la del héroe deshaciéndose en el hombre. A mi modo de ver, ha ganado Francia ampliamente, y pese a ese coup de tête de Zidane, es indudable que sigue siendo un extraordinario jugador, de una limpieza excepcional; el mejor por encima de los mejores, porque su equipo ha sido y es inigualable en experiencia, en autenticidad y elegancia.
Sí, resulta penoso que Francia haya perdido la Copa, pero ya ha ganado un lugar imperecedero en la historia del deporte, porque cuando se hable de unidad, de espíritu colectivo, de amistad, de ternura y amor, habrá que mencionar para siempre a este equipo francés, destacando a cada uno de sus jugadores, porque, por supuesto, también se recordarán y respetarán sus singularidades que han hecho escuela. Y por encima de todas ellas, jamás olvidaremos la especificidad de un hombre valiente, sensible, único: Zinedine Zidane. Un dios del fútbol: Zizou.
Yo, para qué voy a mentirles, hace muchos años que estaba esperando este momento. Sin saberlo, sin sospecharlo siquiera. ¿Cómo podía imaginar que ocurría, sentada en el sofá de mi casa mordiéndome las uñas? Me explico: hace infinidad de años que el deporte cubano no me conmueve en lo más mínimo, no a causa de sus deportistas -a numerosos de ellos los considero excepcionales-, pero como conozco muy bien los hilos políticos que los manipulan igual que a monigotes, dejó de interesarme la competición que tiene la isla como escenario.
Entonces, como decía, hace 11 años que espero este instante, este preciso minuto en el que un jugador como Zizou me hace saltar las lágrimas, y me sorprendí llorando por la pérdida, por una pérdida ajena a la que nunca ha dejado de afectarme, la de mi país. Pero, al mismo tiempo me sorprendí alegre, por fin llorando por algo que no se llama Cuba, por alguien que ya forma parte de mi vida, que es ya también mi patria, porque para los exiliados, la patria que se ha perdido se va recomponiendo poco a poco, con trocitos de aquí y de allá, con una novela de Sándor Márai, con una película de Wong kar Wai, con unos versos de Federico García Lorca, con un espectáculo de Joaquín Cortés, con una ópera de Montserrat Caballé, con una relectura de François Rabelais o de Marcel Proust, o de Marguerite Yourcenar, con una final de la Copa del mundo, donde podemos apreciar a un ídolo en toda su fragilidad, que es lo que seguramente confirmará su grandeza, su integridad como persona. Me sorprendí llorando por Zizou y por el equipo francés, y por la gente que como yo tan embullada esperaba con la bandera lista para tirarse a la calle a gritar, ¡a La Bastilla: on a gagné!
Hace mucho tiempo que me dí cuenta de que la emoción poética es mi verdadera patria; o mejor, la emoción, así de simple, tout court. Merci les Bleus! Merci Zizou!
Zoé Valdés es escritora cubana en el exilio y, entre otros, ha obtenido los premios Ciudad de Torrevieja y Fernando Lara. Su última novela es Bailar con la vida (Planeta, 2006).
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gracias por este homenaje muy bien escrito, lleno de humanidad como suele escribir esta famosa escritora cubana.
pienso estudiarlo con mis alumnos de Bachillerato para preparar el examen
una profesor de PARIS