Cuando en España no acabamos de salir de la espiral del terrorismo de ETA, ahora envalentonado por el llamado proceso de paz, en la India una banda de desalmados que han imitado el atentado del 11M en Madrid han provocado siete explosiones en otros tantos trenes que han provocado más de ciento sesenta muertos y decenas de heridos, dejando en Bombay la marca del terrorismo islámico que se estrenó con la masacre del 11S en Washington y Nueva York. Confirmando que nadie está a salvo de semejante e irracional locura donde se mezclan patrias y religiones por encima de la vida de muchas personas inocentes, y poniendo en entre dicho las medidas de seguridad de las primeras potencias del mundo y con más motivo las de países como la India, nación emergente en la industria y el comercio mundial donde la masificación impide los controles mínimos que aporten seguridad.
En España, las noticias del terrorismo tampoco cesan aunque afortunadamente y por el momento no se registran crímenes, pero sí van apareciendo poco a poco pruebas y más datos sobre las acciones de ETA, como se ha visto ayer con motivo de la detención de dos nuevos socios de la banda integrados en el comando de extorsión que capturó el juez Marlaska, y cuya caza ha seguido el juez Garzón, aunque no sabemos bien si como una respuesta calculada a la información del diario pro etarra Gara, que anunciaba horas antes la existencia de pactos indecentes entre los terroristas y el Gobierno, rompiendo los que se presumían pactos de silencio a los que el Ejecutivo habría respondido con las nuevas detenciones llevadas a cabo en Navarra en ese pulso soterrado que ambas partes mantienen sobre el liderazgo y la iniciativa de la negociación.
Asimismo, ayer se celebró en Madrid el funeral oficial del soldado español de origen peruano fallecido en Afganistán tras la explosión de una mina al paso de una patrulla española, lo que eleva a cerca de ochenta el número de muertos de soldados españoles caídos en esa guerra latente afgana, en la que no sabemos bien por qué está España y a la que el Gobierno de Zapatero ha enviado más soldados para hacerse perdonar por Estados Unidos la intempestiva retirada de las tropas españolas que estaban desplegadas en Iraq.
Por qué está España en Afganistán, colaborando en un conflicto muy ajeno a nuestra geoestrategia y a nuestros intereses generales, y estrechamente ligado al paso de los oleoductos del petróleo de dicha zona, en la que están interesadas otras potencias? No tiene sentido alguno la presencia de tropas españolas en Afganistán por mucho que estén amparadas por la ONU y bajo el mando de la OTAN, una organización que ha perdido su razón de existir, que pretende ampliar el compromiso español en zonas como el aeropuerto de Zaragoza y que sigue sin dar respuesta a dos conflictos que sí afectan directamente a la seguridad e integridad territorial de España como son Ceuta, Melilla y Gibraltar.
Una presencia española en Afganistán que podría ser utilizada por los terroristas del campo islámico como argumento para repetir una masacre en nuestro país, de la misma manera que los autores del 11M utilizaron la guerra de Iraq para justificar el terror que invadió la capital española o la ciudad de Londres. Motivo por el cual, sumado a otros muchos como los aquí citados, el Gobierno de Zapatero debería ordenar de una manera pactada con sus aliados la retirada española de la tierras afganas, porque demostrado está que no están allí sólo para funciones humanitarias sino para participar en el cinturón militar que Washington y sus aliados han desplegado en la zona, por donde se dice que aún deambula Ben Landen y la cúpula de Al Qaeda sin que nadie pueda dar con ellos.
Sorprende que un Gobierno que alardea de pacifista siga empeñado en este despliegue y en otros que no son de nuestra incumbencia, mientras las fronteras españolas se inundan cada día, desde los Pirineos a Canarias, de una inmigración ilegal que se muestra cada vez más imparable y que está provocando una crisis política y social de envergadura que este Gobierno no quiere ver, ni afronta con todos los efectivos posibles a su alcance, como puede ser el ejército en algunos casos. Y sorprende también que la oposición del PP no apoye esta retirada, por mucho que les duela a sus amigos de Washington, porque España ya ha cumplido con creces y con muchas vidas con su compromiso afgano, que en principio sólo era para apoyar el proceso electoral y que ahora empieza a convertirse en una presencia estable y cada día más peligrosa, como se acaba de probar.

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