Vemos sus efectos devastadores, el sufrimiento de inocentes, vemos que actúan contra Occidente, contra la India o contra Rusia. Es una amenaza latente que surge en un mundo sometido a profundos cambios en las costumbres, en la economía, en el desequilibrio de la riqueza mundial, un mundo en el que el conocimiento puede estar al alcance de todos.
Sabemos que matan en Bombay, en Madrid y en Nueva York. Un día once de septiembre, de marzo o de julio. No creo que los autores ideológicos y materiales sean supersticiosos. Matan cuando quieren y siembran el miedo en las mentes de las gentes de todo el planeta. Hemos subestimado a este ejército invisible que actúa globalmente, que recurre a suicidas o que hace explotar vagones de trenes desde la distancia. No sabemos de qué arsenal dispone, ni si tiene bombas atómicas, biológicas o químicas.
Cuando pensábamos que los habíamos destruido en sus escondrijos de Afganistán, han aparecido por todas partes del mundo con renovada saña. En Iraq no había terroristas y ahora es un nido de terror que se convierte en guerra civil étnica y religiosa. No tienen estado ni están localizados en un territorio. Ni siquiera sabemos el móvil intelectual o el cerebro que inspira estas matanzas.
Pero no hay día sin que víctimas del terrorismo en cualquier parte de la tierra no aparezca en la información globalizada. Sólo cuando los atentados causan cientos de muertos como en los trenes de cercanías de Bombay, los gobiernos se dan cuenta de que la amenaza es general.
Hay terrorismo insurreccional para cambiar un régimen, terrorismo de liberación, terrorismo separatista, terrorismo contra fuerzas de ocupación, terrorismo aislado por una causa solitaria. Todo puede englobarse en el terrorismo global que no defiende una causa concreta sino que pretende demostrar a los estados más grandes, seguros y poderosos que pueden ser humillados y burlados por una fuerza invisible.
Bin Laden, escondido no se sabe donde, no moviliza fuerzas clásicas sino odios. Aunque las víctimas son personas concretas, este terrorismo apunta a las mentes, a los cerebros, fomenta la universalización de una guerra que va contra aquellas sociedades instaladas en un progreso manifiesto.
Es la hora de pensar. En las causas y en los efectos sicológicos de esta maquinaria de muerte. Los estados democráticos corren el peligro de aplastar a los grupos terroristas con todos los instrumentos a su alcance sin darse cuenta de que esta superioridad militar fomenta más el odio de las minorías que van consolidándose y aumentan desde cualquier lugar en que operen.
La captura y muerte del líder chechenio o la del jefe de Al Qaeda en Iraq se convierten en alivios triunfalistas de los gobiernos. Pero la sociedad global percibe que la muerte de un activista o ideólogo que decide las campañas del terror no elimina a un ejército de militantes de la violencia que renueva sus estructuras invisibles de mando de un día para otro.
Sabemos lo qué pasa. Pero no alcanzamos a encontrar la estrategia para recuperar una cierta seguridad nacional o global. Recortar las libertades tiene grandes riesgos para la salud de las democracias. Pero mirar hacia otra parte todavía es más peligroso.

Escribe un comentario