En un artículo publicado en The New York Times, el reputado y habitualmente bien informado Nicholas D. Kristof advierte de la inminencia de turbulencias en la política china por la debilidad del liderazgo de Hu Jintao. Según Kristof, la causa esencial del bajo perfil de Hu radica en su falta de coraje para tomar iniciativas en el ámbito de la reforma política e incluso su retroceso ideológico y la apuesta por la represión como medio para garantizar la estabilidad del país.
Es verdad que no pocos, dentro y fuera de China, esperaban de Hu Jintao, elegido secretario general del Partido Comunista en noviembre de 2002, un impulso a la democratización. Y es cierto que esas expectativas, cuando casi alcanzamos el ecuador de su mandato, no se han visto corroboradas. Respecto a la represión, la verdad es que se ha vuelto cada vez más sofisticada y matizada: los síntomas de cierta liberalización contrastan con la persecución de cuanta discrepancia pueda contener el mínimo germen de desafío. Pero debemos diferenciar esa represión de la que involucra a los poderes locales en la pésima gestión de conflictos sociales y que, en general, no recibe el aplauso del poder central.
El discurso político de Hu no presenta grandes novedades. Las iniciativas se han desarrollado sobre todo en el campo diplomático o en las relaciones con Taiwán; la acción eco- nómica se ha centrado en la vuelta al campo y la próxima regulación de la propiedad privada. En la política, su nacionalismo confuciano predomina sobre cualquier otra consideración. Pero, ¿cabe esperar más?
KRISTOF sitúa a Hu en las coordenadas ideológicas de Song Ping, uno de sus primeros mentores, pero es sabido que su elección fue a instancias del propio Deng, y tanto él como el primer ministro Wen Jiabao son considerados por algunos continuadores de Hu Yaobang, el liberal por antonomasia en tiempos del denguismo, y cuenta en su trayectoria con el beneplácito de consagrados reformistas (Qiao Shi o Hu Qili, por ejemplo). Así las cosas, es difícil saber quién es realmente Hu. Probablemente haya absorbido influencias de todos los citados. Pero la esencia de su política es el continuismo y, de producirse novedades, no sería antes de iniciar su segundo y último mandato, después de la celebración del próximo Congreso del PCCh (2007), cuyos preparativos ya han comenzado sin que, a priori, se vislumbren grandes novedades.
¿Son sólidas las bases de Hu? A simple vista, el tándem Hu-Wen no parece tener rivales en el liderazgo. A diferencia de Jiang Zemin, que tuvo que lidiar con varios fantasmas, Hu incluso parece haber reducido en estos años la influencia de su gran rival, Zhen Qinghong, afín a Jiang, promoviendo a personas procedentes de su etapa al frente de la Liga de las Juventudes Comunistas.
¿Dónde están, pues, los riesgos? No en la insatisfacción de algunos exdirigentes centrales, sospechosamente disconformes con el ritmo de la reforma en lo político, sino, más probablemente, en el cúmulo de dificultades y claroscuros que presenta la reforma y que pueden hacer germinar más de un discurso alternativo dentro del propio partido. Por no hablar de que las desigualdades sociales, los problemas financieros y del medio ambiente, la disolución de las fronteras entre lo estrictamente económico y los problemas sociales o políticos y la exigencia de soluciones pueden provocar la aparición de tensiones fragmentadoras de la solidaridad política que vertebra esa larga y no desinteresada militancia de más de 70,8 millones de comunistas chinos. Parece llegado el momento en el que la exigencia de más calidad en el crecimiento chino impone sacrificios a unos y a otros, y ello da lugar a la toma de posiciones y a la conformación de grupos de interés que rivalizan y que pueden abrir grietas importantes, no en el poder central, sino entre este y algunas regiones o sectores eco- nómicos (ya sea Shanghai o la industria siderúrgica), que no están dispuestos a sacrificar sus expectativas de desarrollo, muy vinculadas a la economía internacional, o de subsistencia para satisfacer las exigencias de armonía que plantea Hu con relación al conjunto del territorio y la sociedad chinos.
MAL QUE nos pese, la autoridad real de Hu y la prueba de su liderazgo no dependen hoy de su empeño en impulsar la reforma política, sino de su capacidad para imponer el poder del centro sobre las regiones y asegurar la complicidad con las estrategias centrales de los grupos económicos tentados por la autonomía. ¿Cómo impedir la exacerbación del regionalismo? ¿Es posible la recentralización sin que medie un pacto interno? Otra vez se desaconseja una reforma política democratizadora que en las actuales circunstancias podría reforzar aún más el poder de las élites regionales. Ahora y en el próximo lustro, ese temor podría obligar a Hu a un manejo más conservador del proceso de reforma. ¿Problema? Va a contracorriente.
XULIO Ríos. Director del Observatorio de la Política China (Casa Asia-IGADI).

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