La Coctelera

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12 Julio 2006

De la crítica a la desconfianza, de Salvador Cardús i Ros en La Vanguardia

Con las vacaciones de por medio, da la impresión de que vamos a tener un cierto respiro político. Lo necesitábamos. Pero en cuanto uno menciona la proximidad de las próximas elecciones catalanas, lo más habitual es que se oigan expresiones de cansancio, desinterés y, a menudo, de hastío político. Los responsables de las campañas electorales de otoño no lo van a tener fácil para llamar la atención a un ciudadano que podríamos calificar de, básicamente, desconfiado.

Porque ésta es la gran cuestión: la crítica, en política, ha dado paso a la desconfianza. Efectivamente, y aunque podría decirse que se trata de un problema antiguo y compartido por buena parte - por lo menos- de la Europa occidental, lo cierto es que los últimos avatares políticos locales han empeorado mucho las cosas por aquí. El descrédito de la política es un tema viejo y que retorna de vez en cuando, especialmente cuando el comportamiento electoral del ciudadano alterna entre la abstención desoladora o, quizás peor, el populismo imprevisible. Yes que abstención y populismo son respuestas legítimas, pero corroen la confianza en la racionalidad del sistema democrático.

Pero en nuestro caso, no creo que el descrédito tenga su punto más flaco ni en la abstención ni en el populismo. La abstención en el pasado referéndum, por una parte, creo que estaba más que justificada y era perfectamente razonable. Y, por otra parte, a la única tentación populista aún por probar le han puesto Ciudadanos. Partido de la Ciudadanía,un nombre que puede sugerir cualquier cosa, menos entusiasmos ardientes. En cambio, creo que, al menos en muy buena parte, el descrédito de la política catalana está, como he dicho antes, en la sustitución de la crítica política por la diseminación de la desconfianza hacia los políticos.

Sin lugar a dudas, se trata de dos modelos distintos en la estrategia de confrontación política. La crítica obliga a tener un punto de referencia, pongamos una ideología o, por lo menos, un programa, y debe recurrir a la evidencia de los datos. Si los datos muestran que no se cumplen los compromisos adquiridos o que los resultados de tal ideología o programa causan lo contrario de lo que se buscaba, entonces la crítica está bien fundamentada y puede llegar a ser tan dura como haga falta, sin que la credibilidad de la política se resienta por ello. Todo lo contrario, la crítica inteligente, bien informada y audaz, eleva el debate político, lo hace interesante y el ciudadano confía en las reglas de juego.

Por el contrario, la desconfianza es una estrategia de confrontación aparentemente suave, construida sobre la sospecha, la insinuación o el rumor. La desconfianza no necesita datos para afianzarse porque no se construye hacia arriba, sino que precisamente la falta de ellos le permite moverse mejor por las cloacas de la política. Además, la desconfianza parece menos agresiva porque evita el cara a cara y su naturaleza mendaz la hace vaporosa. Pero la desconfianza, aun cuando parece poca cosa, es letal para la participación política del ciudadano. Mientras el desacuerdo crítico con unos invita a la participación a favor de los contrarios, la desconfianza salpica a todos de manera indeterminada y se acaba sospechando de las propias reglas de juego. Ahí sí tenemos lo que podría acabar en una desmovilización aún no conocida, a la espera de un salva patrias aún por descubrir.

Quizás me engañe la proximidad de todo lo ocurrido, pero diría que los principales responsables de tal paso de la crítica a la desconfianza ha sido los propios políticos. En lugar de criticar con argumentos y datos, se ha seguido el camino fácil de los juicios de intenciones.

Ylo ha hecho la oposición con el Gobierno, y el Gobierno con la oposición. Se me ocurren ahora mismo decenas de ejemplos, pero precisamente porque son insinuaciones infames, ni voy a citar ninguno. Pero no sólo ha sido la tónica general de la confrontación entre políticos, sino que ha arrastrado también al análisis político. Lo vivido durante el referéndum me parece una prueba definitiva de todo ello. Considerar que quien votaba en un sentido opuesto al propio - el que fuera- era un traidor fue otra manera de abandonar la siempre complicada crítica política para refugiarse en la comodidad de la maledicencia. Comodidad de unos que resultaba excitante para los contrarios, no para responder con otra crítica, sino con otra maledicencia.

Ahora se acercan nuevas elecciones. Y los primeros movimientos, las primeras declaraciones, lamentablemente, vuelven a apuntar negativamente en el sentido sugerido: sin argumentos ni datos concretos para la crítica, se abunda en aconsejar al ciudadano que no se fíe en la palabra del contrario. Y si no hay argumentos y no existen datos contrastados, y además se nos invita a no fiarnos de la palabra dicha, está todo perdido. El camino para recuperar algo de crédito, aunque largo, no me parece muy difícil: que se aporten datos para una crítica sin límites; que se fijen con claridad las propias posiciones y compromisos y, fundamentalmente, que se vuelva a dar el máximo valor a la palabra dada. Al fin y al cabo, en política, incluso peor que un mal resultado, está el faltar a la propia palabra.

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