Darwin, Mas y Zapatero, de Manuel Martín Ferrand en ABC
CUANDO Charles Darwin expuso su teoría evolucionista, buena parte del mundo civilizado, la más puritana y conservadora, entró en una crisis que aún perdura en muchos rincones del mundo. En Massachusets se cuenta todavía que a finales del XIX la esposa del obispo anglicano de Worcester, al tener noticias de las teorías darwinistas, dijo en ejemplo de prudente resignación cristiana: «Esperemos que no sea cierto que descendamos del mono; pero si lo es, recemos para que no llegue a saberlo todo el mundo». Así, mutatis mutandi, funciona el mecanismo lógico de José Luis Rodríguez Zapatero, el presidente que sonríe sin que nadie consiga averiguar por qué. Está el hombre atrapado en una maraña de embustes con los que ha ido parcheando su difícil situación de poder y, al tiempo, sabe muy bien cuál es la realidad, especialmente en lo que respecta a la actitud etarra y las demandas de sus cabecillas; pero, cuasi infantilmente, espera que un golpe de viento -o de fortuna- cambie la realidad y, en el peor de los casos, espera que nadie llegue a enterarse de lo que todos sabemos ya.
Los efectos del zapaterismo -que nadie sepa de la misa la mitad- son muy distintos según sea el receptor de sus mensajes. Mariano Rajoy, escarmentado por la experiencia, no le pasa una al líder socialista y su radicalidad, bien fundada, opera en su contra. Aquí y ahora prima la simpatía sobre el rigor. El espíritu de la esposa del obispo de Worcester está muy extendido entre nosotros y, aunque el secreto lo sea a voces, lo correcto es mantener la discreción. Nada de sobresaltos y disgustos.
Otros, como Artur Mas, se apuntan a la escuela y siguen las enseñanzas del singular líder leonés. Se trata de convertir en doctrina, en formulación teórica y hasta en protesta moral lo que nos viene dado por los hechos. Así, muy en serio, asegura Mas que renunciará a la presidencia de la Generalitat si CiU no vence en número de escaños cuando suene la hora, adelantada, de las elecciones catalanas. Con líderes así de finos en la destilación del pensamiento político no queda tropa para poder formar, al clásico modo, un pelotón de los torpes.
Nuestra pintoresca normativa electoral, una de las dos patas con las que camina la rémora de nuestro sistema democrático, permite y conduce a extraños resultados electorales, como bien nos enseña la experiencia. Lo normal ante tan poco deseable e incierto estado de cosas sería cambiar el reglamento del juego, buscar uno más conveniente y asumible; pero en la anormalidad, que es lo nuestro, las circunstancias llevan a la acuñación de teorías estrambóticas. Zapatero miente; Mas especula; ETA, o su sombra, nos va comiendo la merienda... Pero todos tranquilos. El carné por puntos y otras majaderías afines tienen enfrascada a toda la nación en la reflexión sobre lo accesorio. Nada de tratar lo fundamental. Si venimos del mono, que no se entere nadie.
