CREO que somos muchos los españoles conscientes de que nuestra democracia, la que se sustenta en la Constitución del 78, se va encanijando. Es como uno de esos niños enclenques que no crecen y que, según va pasando el tiempo, evidencian su debilidad. Seguramente se trata de uno de los inevitables efectos de los nacionalismos, una carga que configura nuestra realidad nacional española y que, siendo algo fundamental para el diez o el quince por ciento de los ciudadanos, resulta anacrónico y negativo para el resto.
¿Hay alguien que pueda negar la belleza objetiva de un encaje de Camariñas o de Almagro? Fueron, como los de Brujas o Valenciennes, el síntoma máximo de la distinción textil que subrayó la belleza de las grandes damas de la vieja Europa. Hoy constituyen una curiosidad artesana y, en su uso, un capricho a mitad de camino entre el lujo y la nostalgia, una rareza equivalente a la de, en términos políticos, anteponer la idea de un pequeño territorio a la de nación e incluso continente.
En función de la inexorable ley del péndulo, a cada brote nacionalista le corresponderá, es sólo cuestión de tiempo, otro de signo contrario y globalizador. Es el caso de Ciudadanos-Partido de la Ciudadanía, un nuevo partido político que acaba de nacer en Cataluña con la raíz esencial del anticatalanismo. ¿Recuerdan el movimiento «Ciudadanos de Cataluña», el encabezado por Albert Boadella, Francesc Carreras, Arcadi Espada y un par de docenas más de catalanes con ideas de larga distancia, no de cercanías? Pues el nuevo partido, bilingüista en su definición, es la primera consecuencia de aquella sana rebelión contra el nacionalismo excluyente. No sé que futuro electoral puede esperar a la nueva formación, pero su sola presencia testimonial ya será una invitación al sosiego y la inteligencia.
El extremo fervor que los nacionalistas, sin grandes diferencias en razón de sus anclajes geográficos, aplican a sus dichos y a sus hechos es hoy un factor de freno e incomodidad -de incertidumbre- en el desarrollo institucional y material de España y es, además y sobre todo, un filón político que convierte en personalidades a quienes, por su biografía, no necesariamente alcanzan la condición de personas. Por ampliación, un vivero electoral y parlamentario para grupos que, sin historia ni naturaleza nacionalista, se sirven de ellas para reforzar sus escaseces representativas.
El nuevo partido surgido en Cataluña -«un partido de ciudadanos»- puede ser, y ojalá lo sea, el principio de un nuevo tiempo en el que quienes no nos resignamos a ser súbditos, cofrades, amiguetes o vecinos cautivos podamos desarrollar nuestros derechos en la seguridad de un sistema verdaderamente representativo y parlamentario. Con todos los respetos debidos a los hermosos encajes del pasado, hay que entender el valor práctico del pantalón vaquero y la camiseta de algodón sobre el polisón y las chorreras.

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