El hecho de estar, prácticamente, inmersos en la precampaña de las autonómicas hace que los políticos se lancen de manera vigorosa al ruedo, a fin de atraer a sus posibles votantes.

Largo me lo fiáis, puesto que si los comicios han de celebrarse en octubre, nos esperan tres meses de declaraciones y réplicas capaces de dejar ahíto al más furi- bundo politólogo.

Dicho esto, si algo de bueno tiene esta situación es la oportunidad que ofrece para poder analizar a los candidatos. Tengo para mí que, básicamente y a grandes rasgos, los hay de dos tipos.

El primero es aquél que tiende a dar más importancia al continente que al contenido, y me explico. Son los que tienen un departamento de asesores que les dicen qué color de ropa interior deben llevar, cómo aprender a lucir una sonrisa Profidén delante de la gente, a besar a niños y abrazar votantes (o a la inversa), o a saber mirar a una cámara de televisión mejor que Paula Vázquez, que ya es decir

En suma, son los actores de la política, los que hacen campaña a golpe de encuesta y los que, al fin y a la postre, lo único que quieren es mandar y les importa una higa los que estamos aquí debajo, aguantando el chaparrón.

Existe, empero, otra clase de político. No abunda mucho en este país de fumistas, de declaraciones solemnes rellenas de nada, de frases rimbombantes que ocultan oscuros intereses.

Les hablo del político serio, sobrio, eficaz, de fuertes convicciones.Es ese tipo de persona capaz de escuchar a todos, incluso a los que discrepan de él. Es firme en sus ideas y, a la vez, flexible en el pacto pues sabe que la base de cualquier política sensata consiste en dejar de lado lo que nos separa y poner en común lo que nos une. Ese tipo de político es por el que apuesta la gente común, como usted y como yo.

Es un político al que no se le nota el cargo, ni el coche oficial, ni los escoltas, porque si mañana tuviera que prescindir de ellos le daría igual. Es una persona de la calle, con su familia, sus hijos, sus problemas y sus alegrías. Conoce al pueblo porque forma parte de él. No pertenece a las familias bien estantes, no posee más patrimonio que su capacidad de gestión y su honradez.

Podría ser perfectamente el gestor de confianza que le hace la declaración de la renta o el vecino al que le deja las llaves de su casa cuando se marcha de vacaciones, más que nada para que le eche un vistazo, riegue las plantas y le dé de comer al canario. Es el presidente de un AMPA cualquiera, o el de una Asociación de Vecinos, o el de un Ateneo Cultural. Lo pueden encontrar en la cola de la panadería, del cine o en un bar, tomándose un café con una pasta mientras hojea el diario.

Ese es el político que interesa a los ciudadanos y ciudadanas de Cataluña. Y se llama Montilla. Los que pretenden acusarle de soso, hierático o poco comunicativo no saben el favor que le están haciendo.

Estamos hartos de actores de relumbrón que quedan estupendamente en la televisión y luego, cuando llega la hora de la verdad y han de administrar nuestros impuestos se vienen abajo o, algo peor, los malgastan en caprichitos. No, no queremos ni actores ni sonrisas deslumbrantes. Estamos hartos de retórica hueca.Queremos solvencia, queremos seriedad, queremos a un president que sepa ponerse dentro de nuestra piel, que hable nuestro mismo idioma, el del sentido común. El de cada día. Queremos a Montilla.

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