CORRÍA el año 1971 cuando los cines proyectaban una inolvidable película: El violinista en el tejado. Un musical basado en un sobresaliente guión teatral, y protagonizado por Topol en el inolvidable papel de Tevve, un humilde lechero judío cuyo amor, orgullo y fe le permiten sobrevivir en la Rusia zarista de principios del siglo XX. Y en ella destacaba una magnífica canción: If I were a rich man.
Hablar de la riqueza -y qué les voy a decir si además se alcanza-, ha ocupado, cantando o no, a los hombres de toda condición. Los ricos, porque, como apuntaba uno de los más acaudalados, Paul Getty, «cuando no se tiene dinero, siempre se piensa en él. Cuando el dinero se tiene, sólo se piensa en él». Y los que no lo son -la inmensa mayoría de los demás-, por muy diferentes razones. Aunque sólo sea, como decía Averroes, toda vez que no es factible ignorar su presencia: «Cuatro cosas no pueden ser escondidas durante largo tiempo: la ciencia, la estupidez la riqueza y la pobreza».
Las opiniones son pues de toda condición. Así, para los escritores, en especial los más cínicos, como Jacinto Benavente, porque «el dinero no puede hacer que seamos felices, pero es lo único que compensa de no serlo». Para los filósofos, como Schopenhauer, porque «la riqueza es como el agua salada; cuanto más se bebe, más sed da». Para los políticos, como Talleyrand -tampoco su cinismo se quedaba atrás- porque «nadie puede sospechar cuántas idioteces políticas se han evitado por falta de dinero». Para los actores, como Jeanne Bourgeois, porque «el dinero no da la felicidad -otra vez el eterno anhelo humano- pero aplaca los nervios». Para los humoristas, como Oliver Wendell Holmes, ya que, si no es correcto «poner tu interés en el dinero, sí pon tu dinero a interés». Aunque me quedo con la clarividencia del inclasificable Benjamín Franklin: «De aquél que opina que el dinero puede hacerlo todo cabe sospechar con fundamento que será capaz de hacer cualquier cosa por dinero».
Viene lo dicho a cuenta del Informe sobre la riqueza en el mundo elaborado por Capgemini y Merrill Lynch, en la línea de las revistas Fortune y Forbes, donde se acredita que España ha llegado a los 148.600 millonarios que disponen de más de 833.000 euros -un millón de dólares-. Nuestro país habría experimentado así un destacado incremento del 5,7%, el doble de los países de la Eurozona. En Europa, sólo Austria, y fuera de ella Brasil, Rusia, India y China, ofrecen mejores cifras. En cambio, si nos remitimos a los patrimonios ultraelevados (treinta millones de dolores), aquí, ¡qué le vamos a hacer!, nuestros millonarios no llegan al 1%. Pero, qué extraño; simultáneamente, la Agencia Tributaria revela que sólo 24.000 personas declaran más de 1,5 millones de euros, y 60, un patrimonio superior a 30 millones.
En todo caso, ¡no seamos siempre cicateros!, España ocupa el puesto décimo de tan afortunado club, pero a distancia inalcanzable de Estados Unidos, Japón, Alemania y Reino Unido. Ahora bien, a mí me gustaría estar a la cabeza también en otros parámetros. A saber: índice de lectura, educación, políticas sociales, investigación, estabilidad en el empleo, desarrollo tecnológico, reparto equitativo de la renta, etcétera. De todos modos, yo sigo, por si acaso, ojo avizor el consejo de Voltaire: «Si alguna vez ves saltar por la ventana a un banquero suizo, salta detrás. Seguro que hay algo que ganar».

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