Una legislatura se termina, otra va a empezar. La que se va ha estado presidida por la tramitación, negociación y aprobación del nuevo Estatut. La que está por llegar deberá ser una legislatura de contenidos, de acción de Gobierno, la del aterrizaje desde los grandes conceptos a las pequeñas pero sustantivas realidades. El tripartito, como Gobierno, no ha sido percibido socialmente como una institución eficaz. No ha sido más que tres partidos intentando hacer de la discrepancia su razón de ser.

Pero esto ya es el pasado. Ahora, con la nueva legislatura, lo que toca es gobernar; es llenar de contenido el debate político estatutario. Y, por tanto, la campaña electoral debería ser un debate respetuoso sobre cómo y por qué gobernar.

El tiempo de las descalificaciones ha pasado; será muy difícil - casi imposible- intentar ganar las elecciones señalando los defectos del adversario y nada más. El "ellos lo harían peor" ya no sirve. Ahora, toca proponer medidas, avances, reformas; ocuparse de la gente y de sus cosas. Si el Estatut no se traduce en mayores cotas de bienestar y de calidad de vida, habrá sido un debate estéril.

Y problemas, los hay y muchos. E incluso los ciudadanos pueden tener la sensación de que estos problemas aparecen pospuestos en la preocupación del mundo político. Al final, las cosas son más sencillas de lo que parecen y lo que la gente quiere son pasos perceptibles en la buena dirección. Pero, tanto como ello, el problema radicará - en la campaña electoral- en transmitir credibilidad; en trasladar a los votantes que lo que se propone se hará. Más incluso; que lo que se propone se sabe cómo hacer, con qué ritmo, con qué medidas.

La credibilidad de los gobernantes o, mejor dicho, de los que pretenden serlo a partir de ahora será fundamental en este próximo proceso electoral. Se tratará de proponer, pero también de generar confianza sobre lo que se va a hacer. La época de la demagogia populista ha terminado. En todo caso, los electores parecen haberse inmunizado contra los desvaríos de los profetas sin cuerpo.

No es necesario establecer una contradicción insuperable entre la ilusión y el realismo, entre la esperanza y el pragmatismo. Pero ya no vale sembrar ilusiones que no tengan arraigo en la realidad; ni las esperanzas son válidas cuando pragmáticamente son imposibles. Progresar no es simplemente anunciar el nuevo mundo; progresar es dar cada día un paso hacia este nuevo mundo.

Al menos, así debería ser.