El Papa pidió ayer un vaso de horchata nada más acabar la misa. Al parecer, el sábado había probado por primera vez en su vida la refrescante bebida valenciana, casi imposible de encontrar en Roma y ya no digamos en Baviera, tierra de rubias cervezas. Acuciado por el calor y la luz blanca de la cósmica arquitectura de Santiago Calatrava, ayer le apeteció repetir.
Una bonita estampa de Joaquín Sorolla: Benedicto XVI sentado en la sacristía, sorbiendo la pálida horchata; una luz cenital y esa mirada de través, acompañada siempre de media sonrisa, que tanto despista. Cuando mira así, nadie sabe si Joseph Ratzinger está imaginando la apertura de un expediente en el Santo Oficio, una conversación con Jürgen Habermas sobre los límites de la modernidad o las tejas de un puntiagudo campanario en la Selva Negra, donde le habría gustado ser párroco rural. Bebió horchata el Papa y la anécdota es digna de ser contada por Paloma Gómez Borrero, buena periodista y excelente persona, que estas cosas las borda. Sin Paloma y su relato alegre de la vida romana, el catolicismo español, el catolicismo militante español, estaría condenado a las estalactitas graves del Greco y a los malhumores concéntricos de la inconclusa Nación.
Ala misma hora, en la Moncloa, Míster Astucias quizá bebió un vaso de agua clara, que es lo mejor que uno puede beber después de un trance complicado. Míster Astucias podía estar contento: el Papa no ha venido a España a encabezar una manifestación política. El Papa se ha expresado en Valencia con la suavidad y dulzura de la leche almendrada. El Papa ha enhebrado la finezza y ha dejado a la rama nacionalcatólica un poco geperudeta, que es como los valencianos llaman a la Mare de Déu dels Desemparats.
¿Ha dejado Benedicto XVI a los cardenales Rouco y Cañizares en la estacada? ¿Desconfía el Papa del estado libre de Baviera de ese catolicismo cañí que se pasea por el mundo con un toro de coñac en la bandera? Bueno, aquí hay tema para meses.
Punto primero. Roma es imbatible. (Cabe suponer que en la Moncloa ya tienen noticia de ello). El Vaticano plantea las batallas de opinión con una maestría casi imposible de superar. Son dos mil años de historia. La suavidad del Papa no tiene por qué ser contradictoria con la brega insomne de Rouco y Cañizares, con la agresividad visigótica de la derecha madrileña y, apurándolo mucho, ni siquiera con los desafueros del radiofonista Losantos. Toda estrategia compleja requiere un reparto de papeles. Con la guerra se busca la paz, el pacto; el ventajoso equilibrio.
Punto segundo. El mito de la finezza romana puede conducir a una conclusión equivocada. El Vaticano es un adversario temible y del todo desaconsejable, pero su maquinaria, como toda construcción humana, no es perfecta. También padece contradicciones. Y éstas alcanzan al Papa. Comienza a ser evidente que Benedicto XVI ha decidido distanciarse de la imagen del Inquisidor, que tanta gente le atribuía. No es una operación de marketing: no debe presentarse a elecciones. Basta verle. Un intelectual en la cima de la Iglesia, un panorama mundial que invita al pesimismo y alguna situación interna que ya ha requerido mano dura (Legionarios de Cristo). Como su antecesor, Benedicto XVI busca también un diálogo directo con el mundo. Basta verlo: la mirada inquieta, el gesto y la palabra suave de un párroco rural. Un vaso de horchata; no un toro en la bandera.
El Papa no ha amonestado al Gobierno. Eso no gustará a quienes en Madrid sueñan con rebasar todos los límites y quisieran juzgar por alta traición a Zapatero cuando cambie la tortilla. Y de tan atento que estaba a la embestida, a Míster Astucias esta vez le han faltado reflejos. La señora Fernández de la Vega debía haber estado ayer en Valencia con un buen tanque de horchata. ¡Ay, la finezza!

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