Voy a pedirles el esfuerzo de mirar hacia atrás y retrotraernos a casi treinta años antes, a 1977, el año de las primeras elecciones democráticas tras el franquismo, el año de la legalización de los partidos políticos, los pactos de la Moncloa, la renuncia de don Juan de Borbón en su hijo y, entre otros tantos hechos históricos que cambiaron España, la ley de Amnistía. En aquel convulso 1977, Adolfo Suárez y el núcleo de dirigentes de la UCD tuvieron el coraje de aprobar una ley que dejaba en la calle a centenares de presos con delitos o faltas cometidos en actos de intencionalidad política y cualesquiera que fueran los resultados de su acción. Esta amnistía a presos con delitos de sangre provocó un escándalo político que disparó el ruido de sables y algunos militares se tomaron la justicia por su mano, impulsando las primeras acciones de guerra sucia contra ETA. Así, el atentado que le costó la vida al dirigente etarra José Miguel Beñarán, Argala, sólo se explica por la indignación de los ultras, que veían como uno de los responsables materiales de la muerte de Carrero Blanco quedaba libre de culpas por la amnistía.
Estamos en 1977. Un partido moderado de derechas, disfrazado con el eufemismo del centrismo, se atrevía a dar un paso radical para ganar el futuro. Hoy, en el 2006, el PP, aquel que se autoarroga la bandera del centrismo y se cree sucesor del suarismo, está más cerca de los postulados de la Alianza Popular de Fraga y de la Fuerza Nueva de Blas Piñar que de la vieja Unión de Centro Democrático. En ocasiones históricas como las que se han puesto en marcha estos días en España en torno al fin de la violencia de ETA, el PP no puede seguir enrrocado en su discurso ideológico. Si Suárez no hubiera tenido la cintura y habilidad para abrirse y hacer concesiones pese a la erosión que ello representaba, la historia de la transición podría haber sido otra bien distinta.
Rajoy debería tomar buena nota de ello y hacer alguna mínima concesión. Lo que no puede es aparecer día sí y día también instalado en un recalcitrante y vociferante no. Al final se pierde la credibilidad, y decir que Zapatero no representa al Estado es ya el corolario. Hay que darle a Rajoy toda la razón cuando dice que el proceso de paz presenta muchos puntos débiles, que Zapatero actúa con suma frivolidad en una cuestión tan trascendental o que ha sido engañado por el propio presidente en el último debate de política general. Tiene razón. Pero esto no basta para situarse fuera del marco de juego y pensar más en actuar en el Tribunal Supremo que en hacerlo en el Parlamento.
Aunque sea una obviedad, hay que recordar una vez más que la solución al conflicto vasco, como la de todos los problemas relacionados con el terrorismo, se debe resolver mediante el diálogo. Y aunque sea cierto que ni ETA ni Batasuna han condenado la violencia, la tregua de tantos meses sin asesinatos merece una exploración en serio por parte del Gobierno. Y ante ello, el PP puede aparecer de dos formas: apoyando el diálogo pero denunciando los errores que el Ejecutivo puede cometer - y, de hecho, comete- o como una máquina electoral a la que sólo le interesa torpedear los acuerdos para evitar un nuevo triunfo de Zapatero.
ERC se acerca a CiU La dirección de ERC está girando el timón hacia CiU. Los principales cuadros están siendo aleccionados estos días sobre la eventualidad de un acuerdo postelectoral con CiU, según como vayan las cosas. Los contactos que dirigentes de ERC han mantenido abiertos con sectores soberanistas de CDC - Felip Puig, Oriol Pujol- y Unió - Vicenç Pedret- en la época más dura de la relación pueden dar ahora sus frutos. Artur Mas se deja querer.
Alerta con Joan Rangel El delegado del Gobierno en Catalunya, Joan Rangel, pocas veces es noticia. Quizás haya sido el delegado que ha pasado más inadvertido, y eso, en un trabajo como el suyo, no es mala cosa. Afán de protagonismo, ninguno. Sin embargo, a la chita callando, Rangel podría acabar protagonizando una gran noticia si se confirma que sustituirá a Montilla como ministro de Industria.
La campaña de Montilla Los propios socialistas admiten en privado que la campaña de Montilla a la presidencia de la Generalitat no ha comenzado como un tiro. La sensación existente entre la opinión pública es que Maragall ha sido sacrificado por su partido para hacer sitio al ministro, y el poco carisma que tiene en comparación con su antecesor ha abierto algunas dudas. En cambio, la dirección del PSC opina que el debate sobre su idoneidad por su origen geográfico va a convertirse en un boomerang de efectos muy provechosos para Montilla.

Escribe un comentario