La señora ministra de Educación, Ciencia y Deporte, la señora Mercedes Cabrera Calvo-Sotelo, aparece sonriente en la foto. Poco convencional ella, con una taza en la mano, se presupone que de café, un libro con aspecto de diccionario en el regazo, los pies desnudos - sí, sí desnudos-, sentada en un banco de una plaza pública y los zapatos depositados desaliñadamente sobre dicho banco. Lleva el cabello ensortijado, en una prueba evidente de la mala relación que sostiene con la peluquería, y marca unos bíceps considerables que concluyen en una muñeca adornada con pulseras multiculturales. Viste pantalones blancos impolutos con un halo, discreto eso sí, de sutil transparencia. La foto va acompañada de una entrevista que es de una obviedad absoluta y la señora ministra narra por enésima vez lo que le dijo su señor tío, don Leopoldo Calvo-Sotelo, quien fue presidente del Gobierno de España, mientras tocaba un piano blanco, refiriéndose a ella: "Es una progre", amén de ello nos enteramos de que tiene 54 años, casi mi misma edad, dos hijos, como yo, que le gusta la ópera, a mí menos, que no come mucho, yo tampoco, pero sí bien, y que cocina para los amigos, yo no tengo ni idea.
Pero la señora ministra, con las distancias de formar parte de una familia de recio abolengo como los Calvo-Sotelo, y un servidor de ustedes somos colegas, mal que nos pese. Ambos somos dos progres, dos frutos tardíos pero frutos al fin y al cabo del mayo del 68. Y ahí es donde me duele, porque la señora ministra, a la pregunta - insidiosa sin duda- de la periodista de: "¿Usted cómo anda de gimnasia?", responde resuelta diciendo: "Estupendamente. Tengo la suerte de ser muy flexible. Aunque últimamente hago más yoga que otra cosa. Muy recomendable. Yo incluso lo pondría obligatorio". La afirmación de la señora ministra es sensacional, porque coincide plenamente con la idea de la Conferencia Episcopal Española, y ya que la religión es una cosa estupenda para ellos, qué mejor que el resto de la humanidad goce de sus innumerables beneficios - generosos que son ellos-, así que nada mejor que la religión, y católica por más señas, sea una asignatura obligatoria.
A mí me sabe mal por la ministra, ¡qué quieren que les diga!, porque yo creo que los señores obispos ya se condenan ellos mismos solitos diciendo como dice monseñor Ricardo Blázquez, presidente de la Conferencia Episcopal Española, eso de que "la sociedad española está moribunda", y hombre, uno de los peligros de anunciar cada dos por tres el fin del mundo es que te coja de por medio la historia y sea verdad. Así que menos mentar la bicha y más trabajar por el eterno descanso de nuestras almas, que es para lo que ponemos la cruz en la casilla y no para que nos den, día sí, día también, el santo peñazo.
Yo lo que quiero es cenar con la ministra, salvadas las distancias con lo de Calvo-Sotelo, que impone su cosa y respeto, cenar con los pies desnudos sobre un suelo de mosaico, con manteles a cuadros rojos y blancos, un vino joven que ya pondría yo, y cuando estuviéramos rebañando los platos, mojando pan en la salsa, le diría al oído de la señora ministra: "Mira, Mercedes, mona, me gustas mucho, pero, reinona mía, obligar, lo que se dice obligar, ni a yoga ni a misa, ¿vale, cariño? ¿Quieres un poco más de vino?". Una fantasía erótica la puede tener cualquiera.

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