Se han dedicado muchos libros a estudiar o a inventariar el exilio de 1939, pavoroso éxodo bíblico. Yo mismo publiqué una obra sobre la literatura catalana en el exilio. Pero se ha profundizado poco en otro exilio, más selectivo, que fue el de quienes, viendo su vida amenazada por extremistas de la FAI, el POUM o incontrolados, tuvieron que huir, generalmente por mar, pero también a través de la montaña, como Manuel Brunet, o en tren.
El alzamiento militar de julio de 1936 destruyó el orden público, deshizo al ejército sublevado y debilitó casi al límite el poder de la Generalitat de Catalunya. Hay quien ha escrito que el poder estaba en la calle. Se abrieron las cárceles y muchos delincuentes se alistaron en las llamadas patrullas de control que con los comités locales empezaron a asesinar a eclesiásticos (unos 2.500), a quemar iglesias o a incautarse de propiedades de gente de derechas, que a veces fueron igualmente víctimas mortales.
Carles Pi i Sunyer en sus memorias habla del "cuadro de horror y de terror" que constituían las listas de los que habían sido "paseados" el día anterior. Ante esta hecatombe, el gobierno de Companys tuvo, principalmente, a dos consejeros, J. M. Espanya y Ventura Gassol, encargados de salvar vidas, ofreciendo, si hacía falta, pasaportes en blanco y buscando artimañas para embarcar a los perseguidos en buques franceses, italianos, alemanes, etcétera. Ventosa i Calvell se disfrazó de oficial de la marina francesa y el cardenal Vidal i Barraquer fue llevado al puerto en el mismo coche de Ventura Gassol.
Esta tarea de salvamento en el caso francés ha sido inventariado con la cifra de 6.600 personas. Pero, como han escrito Josep Benet i Josep Massot i Muntaner, los mitos de la revolución de 1936 han tapado la realidad de una situación caótica, de desgobierno, que llevó al exilio a primeras figuras del gobierno o de la sociedad catalana. Santiago Gubern, presidente del Tribunal de Cassació, sufrió un atentado y tuvo que exiliarse por orden de Companys, porque no podía garantizar su vida. El comisario general de Ordre Públic, el militar Frederic Escofet, en agosto fue enviado a Francia después de haber salvado a un grupo de religiosos. El presidente del Parlament de Catalunya, Joan Casanovas, en peligro de muerte, tuvo que exiliarse en noviembre de 1936 porque se oponía abiertamente a las ejecuciones sumarias y a los tribunales populares.
Y llegó el turno a los que habían salvado a miles de personas. El conseller Espanya en septiembre se refugió en Francia y en octubre Gassol fue al campo de aviación camuflado en una camioneta de guardamuebles, para volar hacia París.
Entre tanto la Generalitat había salvado a los obispos de Tarragona, Girona, La Seu d´Urgell, Solsona, Vic y Tortosa. Y también evitó que el estado mayor de la Lliga Catalana fuera víctima de los criminales. Así pudieron marchar Raimon d´Abadal, Puig de la Bellacasa, Duran i Ventosa, Trias de Bes, Vallès i Pujals, Ventosa i Calvell, Valls i Taberner, etcétera. También pudieron ser salvados dirigentes monárquicos como el barón de Viver, o el carlista Josep Cunill.
La mano benefactora de Gassol, Espanya, Carles Pi i Sunyer, Nicolau d´Olwer y otros dirigentes catalanes logró que se salvaran figuras del mundo empresarial como Carlos de Godó Valls, propietario de La Vanguardia.Éste primero se escondió en casa de un familiar y luego el hijo de su padre político, Leonard Rowe, consiguió el pasaporte del conseller Espanya y con un coche con bandera inglesa llevó al puerto al conde, a su esposa y a tres hijos.
Miquel Mateu, futuro alcalde de Barcelona, fue detenido por el comisario de la Generalitat en Girona y mandado a Francia. Y el vizconde de Güell pudo huir en un buque italiano.
También pudieron salvarse, protegidos por la Generalitat, escritores y periodistas como Sagarra, Carles
Soldevila, Gaziel, Pla o Sentís.
En septiembre de 1936 se formó un llamado gobierno de unidad,presidido por Tarradellas como conseller primer, donde evidentemente no estaba la Lliga, pero había un consejero del Partit Obrer d´Unificació Marxista (POUM), tres de la CNT y dos del PSUC, además de los de ERC y AC. Exilados políticos importantes, a finales de año, viendo que no sería posible volver a Catalunya, donde habían asaltado sus casas o se habían apoderado de bienes materiales, firmaron una carta de adhesión al gobierno de Burgos.
La sangría de dirigentes de toda clase que significó el exilio de 1936 ha sido apenas analizada, excepto en el Els catalans de Gènova (2003), de Rubén Doll, que completa con su aportación el volumen Les exilés catalans en France,obra publicada por la Sorbona en el 2005. Además de en algunos estudios míos.
La memoria histórica, que ahora tanto se reivindica, es básica para comprender la complejidad de un periodo como el de la Guerra Civil. Pero hace falta recurrir a todas las fuentes y no sólo a las de un bando contendiente.

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