Las viudas, de Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia
Las viudas políticas de Pasqual Maragall son un fantasma que recorre Catalunya y Baleares. Las viudas del maragallismo lloran sus penas en largas cenas veraniegas cerca del mar. Son viudas que no leerán el libro del capitán socialista Joan Ferran, muy aconsejable por su sinceridad, en pasajes donde el autor confiesa cosas del tipo: "Me siento partícipe de un relevo que ha llevado a primera línea del PSC a gente que, por lo menos, se lo curra". ¿Quiénes son los que no se lo curraban? Siendo Montilla candidato a la presidencia de la Generalitat, los que son de la cuerda de Ferran ya han ganado la batalla de su vida. Adiós a los niños bonitos del socialismo burgués. El primer secretario del PSC en Barcelona escribe en Entre tiempos algo que ahora suena a cántico triunfal: "Me rebelo contra el estereotipo que asocia partido con cutrerío, rigidez y dogmatismo, y a Maragall y a sus Ciutadans con apertura y heterogeneidad". La última lucha de clases se ha librado dentro del PSC.
Los hijos políticos del condenado y rehabilitado cofrade Josep Maria Sala mandan hoy en el socialismo catalán y los ilustrados progresistas de la zona alta no saben a quién votarán. Los patricios no quieren ver a los que les sacan la basura por la puerta trasera. Son las cosas de la vida, que diría el vocalista de verbena. No faltan viudas del maragallismo que afirman, entrada la madrugada y con el pareo de diseño por montera, que votarán a ERC, para joder. Siempre ese punto de frivolidad henchida que es marca del santo fundador. Las viudas están enfadadas con Maragall por no haber plantado cara a los hombres Cortefiel, pero desplazan su rabia al objeto de siempre, Jordi Pujol. La psicología lo tiene muy estudiado. Eduardo Mendoza, el mismo que canta el fracaso político de su generación en una novelita reciente, se confunde como comentarista y, por no maldecir a Montilla, coloca el viejo estribillo de los años 80: "Pujol convenció a la ciudadanía de que la Catalunya que había que defender a ultranza era una mezcla de nacionalismo rancio con ribetes racistas, un conservadurismo clerical y una propensión sin tapujos a la especulación y los negocios sucios". Esta finura de las viudas de Maragall al analizar a su adversario ha ayudado mucho a CiU a ganar elecciones, incluidas las del año 2003.
En un diario de Madrid entrevistaban ayer a Maragall y lo hacían con las clásicas preguntas de la viuda que sigue aferrada a lo que pudo haber sido y no fue. Por ejemplo: "En las próximas elecciones, ¿ya no se enfrentarán los buenos catalanes contra los malos?". Pero son mucho mejor las respuestas del ídolo. Ahora que se ha jubilado, Maragall acierta a expresar con precisión la pobre tesis que ha llevado a los suyos a romperse repetidamente la crisma contra el nacionalismo catalán moderado: "Los 23 años de CiU en el poder fueron una anomalía histórica que llevaba a pensar si en Catalunya había pluralismo político o si, por el contrario, el tema de Catalunya era tan importante en sí mismo que difuminaba la discrepancia, base de la democracia". ¿Anomalía? Que se lo cuenten, por ejemplo, los socialdemócratas suecos, que gobernaron varias décadas. Oa sus correligionarios que, desde 1979, mandan en el Ayuntamiento de Barcelona. Maragall se va de la presidencia sin haber entendido nada de lo que formuló su abuelo. Y lo realmente anómalo es que no haya ni una brizna de autocrítica en Maragall después de tres años de estropicios. La culpa, dice, es siempre de los otros: "Los medios no han explicado que el tripartito ha hecho una buena labor de gobierno". Las viudas miran, desconsoladas, al mago Narcís Serra, verdadero artífice del tripartito. Pero aquél fue su último truco.
