Son bien patentes las razones por las que la dictadura norcoreana de Kim Jong Il prueba ahora sus misiles balísticos tras graduales y concienzudos preparativos cómodamente fotografiados por los satélites correspondientes. En realidad, hace todo lo que puede para acaparar la atención, adoptando una actitud intencionadamemte provocativa.

Tal circunstancia reviste indudablemente notable importancia en sí misma, dado que estamos hablando de la dictadura más ridícula y extravagante del planeta. El objetivo de su propaganda es el culto del propio Kim Jong Il, presentado, con diferencia, como el mayor líder mundial y cuyas declaraciones e iniciativas revisten asimismo una importancia inconmensurable y de alcance planetario y cuyo genio político y económico ha convertido Corea del Norte en un paraíso por el que suspira todo el mundo...

La verdad es que este panorama choca frontalmente con la realidad de las penalidades y los ciclos regulares de hambre que aquejan periódicamente a la población, en agudo contraste con la prosperidad de Corea del Sur. Y, no obstante, al régimen le falta tiempo para alardear de ser un país de importancia y alcance global sin que parezca importarle hallarse en medio de un coro de protestas y advertencias que se suman últimamente para recriminar sus provocaciones. Además, los reiterados escándalos a propósito del programa nuclear de Corea del Norte han resultado en negociaciones que han granjeado al país nuevas ventajas - un alto grado de atención, por ejemplo, de los gobiernos tanto de Estados Unidos como de Japón- y grandes sumas de dinero procedente de Corea del Sur, cuyas autoridades han intentado continuamente comprar los preciados bienes de la paz y la tranquilidad aun al alto precio de aportar ayuda económica a su vecino, una dictadura que oprime brutalmente a sus semejantes. Evidentemente, y tras comprobar oportunamente que la provocación es rentable, Corea del Norte reitera la misma actitud, en esta ocasión mediante pruebas balísticas.

Sin embargo, más difíciles de entender son las razones por las que los gobiernos estadounidense y japonés se han dejado engatusar una vez más respondiendo a la provocación norcoreana exactamente como Kim Jong Il habría deseado. Se han proferido enérgicas - aunque impotentes y casi inútiles- advertencias, acompañadas de sanciones no especificadas contra un régimen que apenas exporta ningún producto y aún importa menos, y cuyo aislamiento internacional, en lugar de ser una amenaza, constituye la misma clave de su supervivencia (en este sentido, es casi el polo opuesto de Irán, cuyo régimen debe exportar petróleo a fin de importar numerosos productos que precisa para el sustento de su población). Se ha podido constatar incluso la existencia de fatuas y engoladas amenazas en Estados Unidos relativas a un ataque aéreo preventivo destinado a destruir los misiles balísticos en sus emplazamientos antes de su lanzamiento.

La propaganda interna del régimen difunde y aun potencia debidamente este cúmulo de ruido y furia para mostrar a las claras a su propia población, que mantiene y trata como rehén, hasta qué punto los países más fuertes y ricos de la Tierra tiemblan ante Corea del Norte y su poderoso líder Kim Jong Il. Hasta un leve bajón en Wall Street podría achacarse plausiblemente a las pruebas balísticas como renovada y reiterada demostración de su alcance e importancia. La opción evidente y manifiesta en el caso de Estados Unidos, Japón y otras potencias responsables se refiere, inevitablemente, a la necesidad de contrarrestar la táctica norcoreana mediante una combinación de silencio y censura discreta y sin alharacas, para lo que disponen de base y justificación sobradas. Cabe señalar aquí que el propio Kim Jong Il es un bufón de primera clase cuyas amenazas y declaraciones nunca deberían admitirse y, menos aún, ser respondidas en modo alguno...

Por lo que se refiere a sus misiles balísticos, resultaría muy útil y tranquilizador difundir entre la población tanto norteamericana como japonesa imágenes de tales ingenios: reproducciones y remodelaciones norcoreanas de la familia de misiles soviéticos Scud, a su vez una puesta al día de la tecnología alemana de los V-2... Funcionan con el mismo líquido propulsor, que exige dilatados preparativos (en cuyo curso los misiles pueden ser destruidos fácilmente) y con un sistema de guía giroscópico, que comporta errores de cálculo y precisión insuficiente. A ello obedece, por cierto, que el programa de misiles soviético no empezara a verse coronado por el éxito hasta que se desechó la tecnología tipo Scud, en los años sesenta.

Corea del Norte dispone probablemente de una o más bombas de fisión tipo Hiroshima, aunque no hay certeza de que puedan ser alojadas en el correspondiente cono de ojiva de un misil norcoreano con expectativas fundadas de que efectivamente estalle sobre el objetivo previsto en lugar de hacerlo en la misma rampa de lanzamiento. De hecho, podría ocurrir que ni siquiera llegaran a estallar, dado que Corea del Norte nunca ha realizado una prueba nuclear y carece de la tecnología necesaria para simularla.

Cualquier persona se halla perfecta y legítimamente autorizada a sentirse atemorizada por el armamento nuclear norcoreano, por más que éste conste de escasas y reducidas armas, faltas además de garantías de funcionamiento eficaz. La verdad es que un régimen de este jaez no debería poseer siquiera armas de fuego, por no hablar de bombas de fisión. No obstante, no se trata de una amenaza inédita, y las pruebas balísticas no añaden elementos esenciales a la gravedad de la situación; más bien se da la paradójica situación contraria, dado que es más probable que un arma nuclear tipo Hiroshima estalle según lo previsto cerca de su objetivo si es lanzada por un avión tripulado.

Por otra parte, no consta base alguna para confundir la ferocidad verbal de la propaganda norcoreana con un propósito real y efectivo de ir a la guerra. Este régimen suele calificarse habitualmente de belicoso, pero sus fuerzas armadas intervinieron en combate por última vez en 1953, y dejó claramente de actuar contra Corea del Sur incluso cuando se le abrían perspectivas halagüeñas en esa dirección.

Tampoco se perderían ocasiones de negociar con Corea del Norte merecedoras de tal apelativo si sus provocaciones, sencillamente, se pasaran por alto o se optara por no escenificar otras en el futuro. Actualmente, y tras muchos años de diplomacia perfectamente estéril de toda clase que imaginarse pueda, debería quedar claro y patente que el régimen de Corea del Norte sólo está interesado en las ventajas ocasionales que pueda obtener en el curso de eventuales negociaciones y no en alcanzar un acuerdo efectivo que deba necesariamente cumplirse. Al fin y al cabo, limitar su programa nuclear, balístico o cualquier otro, mediante un tratado con Estados Unidos y sus aliados socavaría inexorablemente su actitud militante y activa frente a un mundo hostil, privándole de base y justificación para aislar a su ciudadanía, circunstancia sin la cual el régimen no podría sobrevivir. La próxima vez, dejemos que el silencio sea la respuesta..., no exenta de una pizca de mofa y befa.