Zapatero tenía mala información. Cinco minutos antes de llegar Benedicto XVI a Valencia, estaba convencido de que el Papa traía preparado un discurso duro contra el Gobierno. Se equivocó. Mejor para todos, excepto para una buena parte del Episcopado, el PP y sectores ultras de la Iglesia española, convencidos de que el anticristo anda entre los papeles de Zapatero como Dios entre los pucheros de Santa Teresa.
Fuese y no hubo nada. Ratzinger se abstuvo de hablar en clave española. No tocaba. No era un viaje pastoral a la católica España ni un encuentro bilateral entre representantes de dos Estados soberanos. La motivación era evangélica y a escala mundial. El Gobierno español estaba obligado a acogerle y le debía respeto, cortesía y toda la logística necesaria para llevar a cabo el V Encuentro Mundial de las Familias. Eso ha hecho en funciones de bienvenida, despedida, representación y cambio directo de impresiones al máximo nivel, con el Rey de España y el presidente del Gobierno.
Por tanto, no venía a cuento el calentamiento previo a cargo del portavoz del Vaticano, el español Navarro Vals, sobre la ausencia del presidente de Gobierno de un país aconfesional en un acto estrictamente religioso como la Misa. Más desafortunada fue aún la comparación de Zapatero con Fidel Castro, Jaruzelsky o Daniel Ortega, que sí optaron en su día por estar presentes en misas multitudinarias oficiadas por Juan Pablo II.
Lo puso muy fácil Navarro, aunque Moncloa ha tenido el buen gusto de no entrar al trapo. Hubiera bastado recordar que la coherencia en un dictador -de izquierdas o de derechas, da igual cuando el populismo funciona como uno de los resortes del poder-, no tiene por qué serlo, más bien al contrario, en un gobernante democrático, persona no creyente en este caso.
Lo coherente es que Zapatero no asistiera a esa misa multitudinaria en la Ciudad de las Artes y las Ciencias. De haberlo hecho le habrían acusado de oportunismo político -con razón, por tratarse de una persona no católica- y tampoco se hubiera librado de los abucheos que le dedicaron el sábado a la puerta del Palacio Arzobispal de Valencia, donde mantuvo su cordial encuentro con Benedicto XVI.
De lo que todos los españoles hemos de felicitarnos, estemos o no a favor del aborto, los matrimonios gays, la asignatura de religión, el divorcio exprés o la manipulación genética, católicos y no católicos, partidarios y detractores de Zapatero, es de que esta convocatoria multitudinaria de cientos de miles de personas en defensa de la familia católica, haya cubierto sus objetivos con éxito. Y de que una ciudad española, todavía con la herida de una reciente tragedia en carne viva, haya vuelto a dar un ejemplo de serenidad y capacidad organizativa al más alto nivel de calificación.
Lo demás, cuando toque. Ahora tocaba defender la familia tradicional y condenar el "hedonismo que banaliza las relaciones humanas". Y ese ha sido el mensaje universal del Papa emitido desde Valencia. Lo de la enseñanza de la Religión, la financiación de la Iglesia en España y los reparos que el Vaticano tenga que hacer respecto a la política social del Gobierno, tendrán su lugar y su hora en el marco de las relaciones bilaterales. De momento, Ratzinger cree que esos asuntos "están en buenas manos", las de la vicepresidenta, Teresa Fernández de la Vega, que es quien coordina la agenda por parte española.

Escribe un comentario