Ya sobrepasa la edad de la jubilación, su aspecto físico es más el de un anciano a punto de ingresar en un asilo que el de un rockero de gira mundial, un no iniciado se tomaría su voz como una broma de mal gusto, es tan huraño que toca de lado y sin mirar al público, deforma sus grandes éxitos de siempre hasta dejarlos irreconocibles y, por si esto fuera poco, su tour actual es casi clavado al de hace dos años. Dicho esto, resulta inexplicable que el concierto que Bob Dylan ofreció el sábado por la noche en Villalba fuera tan extraordinariamente bueno. Quien diga que Dylan despierta interés por lo que tiene de mito y discute su vigencia artística se perdió uno de los conciertos del año en la Comunidad de Madrid.

Dylan siempre fue así: nunca dio al público lo que éste quería oír. Pero a pesar de todo, el público seguía acudiendo en masa a la llamada del genio de Duluth. En Villalba, en la jornada de clausura del Festival Viajazz, volvió a pasar. Pese a que su nuevo disco está a punto de caramelo -se publica a finales de agosto bajo el título de Modern Times- el autor de Blowin' in the wind no adelantó ni una de las composiciones que incluirá el álbum. Es más: el esquema de su gira actual es bastante similar, por no decir idéntico, al de hace dos años, cuando actuó en la Huerta Arzobispal de Alcalá de Henares.

Pero ojo, hubo diferencias. En primer lugar, la ejecución del repertorio en Villalba fue mucho menos rockera que en Alcalá, tendiendo a los ritmos pausados, la melodía más clara, los sonidos acústicos y las canciones en clave country y folk. Incluso la impenetrabilidad de los temas pareció inferior a recitales anteriores y sus grandes éxitos se reconocían con facilidad.

Fue un concierto de éxitos -a la manera en que los reinterpreta, claro-, con una mayoría clara de su época dorada en los 60, lo que sin duda se agradece. Apareció en escena con el ritmo desbocado de Maggie's farm, continuando con una campestre versión del clásico The times they are a-changing. Por mucho que el público se empeñara en corear su estribillo, no acertaba con la nueva cadencia que Dylan le imprimía al tema. Es un mensaje claro del artista: había que escuchar, no que cantar.

A Dylan le interesa que el público escuche con atención lo que ocurre en el escenario, que es mucho. No quiere convertir sus conciertos en ceremoniales karaokes donde la emotividad nostálgica ahogue la música, como les pasa a tantos otros dinosaurios del rock. Y es que la concentración en el escenario era máxima: los cinco músicos de la banda mirando a Dylan en todo momento, sabedores de que la dirección de la canción puede cambiar en cualquier instante, dispuestos a improvisar cualquier fraseo si así lo pide la ocasión.

Verlos tocar era un auténtico placer. El público era, entiendan la evidencia, sólo espectador. La sensación era como si ellos estuvieran tocando en su local de ensayo y hubieran invitado a 10.000 personas para verlos. El sol caía tras el horizonte de la sierra mientras Dylan y los suyos ejecutaban una impecable To Ramona, con el pedal steel aportando aroma a cantina mexicana y el organillo de Dylan sonando a instrumento de feria.

Dylan alternó pasajes rocosos y primitivos -corrosiva la versión de It's alright Ma (I'm only bleeding) e incendiaria la toma de Highway 61 revisited- con piezas donde imperó la melodía y la delicadeza, como una emocionante Desolation row o la fantástica Mr. Tambourine man, con un alucinante final de armónica, guitarra y pedal steel. Cuando se cumplen 40 años de la publicación de su disco más emblemático, Blonde on blonde, Dylan recuperó de este álbum el ritmo trotón de Most likely you go your way (And I'll go mine).

Para completar las dos horas de concierto, un bis con dos hits: Like a rolling stone -con pequeñas pausas incluidas que incitaban al público a cantar el estribillo- y una atronadora versión de All along the watchtower. Entre las dos Dylan emitió un casi imperceptible «thank you», sus únicas palabras al público.

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