Si Ausiàs March hubiera escrito en una de las grandes lenguas de cultura, sería considerado uno de los mayores poetas de la Europa medieval, a la altura del dulce Petrarca o del siniestro Villon. Su influencia sobre el siglo de oro castellano es enorme: Garcilaso lo admiraba tanto que lo copió. Pero el poeta de Gandia escribió en una lengua que, por no tener, no tiene hoy ni nombre indiscutido.
Afirman unos que March escribía en valenciano y nada más que en valenciano (y los que vindican tal denominación oponiéndola al catalán la aman con tanto fervor que la ocultan en las grandes ocasiones públicas, como se ha visto en estos días papales, en los que la lengua local apenas ha cumplido una función decorativa).
Por su parte, la cultura literaria catalana lo aprecia por razones sociolingüísticas más que literarias: se le atribuye el mérito máximo de haber roto la influencia provenzal, dominante en la poesía de su tiempo, como si a este poeta atormentado y vitalista le importara más la gramática que la vida. Ausiàs March es excepcional porque, en el ocaso de la Edad Media, buceaba en su interior con desgarro de hombre de hoy.
Pesimista y vital, se regodea en imágenes chocantes, como aquella en la que se describe como un loco solitario caminando descalzo sobre la nieve, mientras los demás se calientan al hogar: "Io son aquell qui en la nit de tempesta, / quan les més gents festegen prop los focs, / podent haver amb ells los propis jocs, / vaig sobre neu, descalç ab nua testa".
Individualista acérrimo, escribe Ausiàs March en la carne viva de sus contradicciones. Atrapado entre la obsesión carnal y el deseo de pureza espiritual, se revuelve contra sí mismo, se describe como un barco movido por los vientos contrarios, se fustiga ante sus amadas para conmoverlas. En su poema más imponente, le pide a Dios que lo arrastre hacia él tirándole del pelo, ya que su fe no basta.
No hay duda: Ausiàs March piensa y vive como un valenciano. Sus versos contienen la inconfundible pólvora vital valenciana, que estos días se ha manifestado en todo su esplendor. A la manera del contradictorio Ausiàs, los valencianos han mostrado con desparpajo sus logros y defectos, sus virtudes y miserias. Modernidad y campechanía, sentimentalidad religiosa y desafuero urbanístico. Han acogido al Papa con afecto caluroso y espontáneo; y con la misma espontaneidad se han aprovechado de su imagen: "La ciudad se proyectará al mundo entero: cuando la televisión enfoque al Papa, se verán los edificios de Calatrava", la frase no es de la alcaldesa Barberá, sino de Esteban Escudero, obispo auxiliar.
Esta Valencia comercial y piadosa, religiosa y carnal, católica y canalla, mantiene una continuidad lógica con los versos de aquel poeta tan colosal como los blancos edificios futuristas calatraveños. March era un poeta lírico, pero de formas sudorosas, como la Valencia de estos días ratzingerianos. Espiritual y mundana, la ciudad se ha mostrado al mundo impactante y paellera, enseñando sin pudor sus extremos, que ejemplifica la misma plaza de la Verge, con su refinado gótico catedralicio y sus desmañados edificios modernos.
Uno de los poemas más lúgubres de Ausiàs March está ambientado en un día alegre y multitudinario. El poeta huye de la gente buscando los sepulcros, interrogando a los muertos, mientras las gentes celebran una fiesta, loando a Dios, solazándose con los deportes. Mientras en plazas, calles y jardines, convertidos en improvisados teatros, se relatan las grandes gestas del pasado, el poeta acompaña en su lamento a los infernados. "Colguen les gents ab alegria festes, / lloant a Déu, entremesclant deports, / places, carrers e delitables horts / sien cercats ab racont de grans gestes / e vaia io los sepulcres cercant…".
Devoto lector del de Gandia, recordé estos versos, cuando, recién llegado el viernes a la ciudad, recorrí la línea 1 del metro, cuya oscuridad y tristeza tanto contrastan con la pompa de estos días. En la fatídica curva en la que murieron 42 personas, el vagón tembló. Ya en el andén, observé la cueva negra.
Emanaba un olor ácido y turbio. Arriba, en una de las salidas, cuatro ramos fúnebres, algunas velas encendidas, la imagen de la Geperudeta y unas notas, manuscritas con lacrimosa candidez, despidiendo a tres inmigrantes muertos. Nada más. ¿Cadáveres ausentes a beneficio de inventario? Faltaba un día para la llegada de Benedicto XVI. Unos operarios estaban colocando luces nuevas en el vestíbulo de la estación

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