AL final, parece que las chimeneas no nos dejaban ver la fábrica. Mittal y Arcelor no estaban tan lejanas como al principio parecía. Los antaño rivales irreconciliables han pactado un matrimonio mixto en culturas de empresa, en productos y en objetivos.

Según la ortodoxia empresarial, la estrategia de Arcelor ha sido un éxito. Ha conseguido elevar sustancialmente la oferta de Mittal, un 50% más que la oferta inicial y más de un 100% respecto a la parte en efectivo de la oferta. En cifras, Mittal desembolsará casi 27 mil millones de euros. Una apuesta extraordinariamente elevada con motivaciones más profundas que las de la simple sinergia empresarial.

Por otro lado, Arcelor parece haber conseguido blindar lo que constituía el núcleo duro de su estrategia de defensa: la pervivencia de una vía europea, sujeta a la normativa comunitaria y que incorpora lo mejor de nuestro modelo socio empresarial.

En particular, Arcelor parece sentirse muy satisfecha en los niveles de compromiso alcanzados en cuanto a las prácticas de seguridad e higiene en el trabajo, ética y desarrollo sostenible, diálogo y responsabilidad social así como del cumplimiento de los planes industriales y sociales y la inexistencia de reestructuraciones y expedientes de regulación de empleo en el área europea tras la fusión.

Desde un punto de vista corporativo, es cierto que las condiciones pactadas incluyen un cambio profundo de actitud del grupo Mittal, aceptando la existencia de una sola clase de acciones y un solo voto por cada acción. Recordemos que uno de los miedos que causaba la oferta original es que en manos de Lashky Mittal se concentraría más del 90% de los derechos de voto. Con estas nuevas condiciones, la mayoría en el nuevo Consejo de Administración será de Arcelor. Finalmente, aunque a efectos prácticos carece de importancia, la familia Mittal será titular del 43% del nuevo grupo.

Hasta aquí la crónica de un acuerdo que parece dejar satisfecho a todo el mundo, particularmente a los ejecutivos de Arcelor y a sus accionistas. Porque ellos son la clave del asunto. Los accionistas.

Decíamos en un artículo anterior que Mittal había ganado ya para su causa un paquete importante del accionariado privado de Arcelor, particularmente el que se movía por los grandes fondos de inversión de Luxemburgo y Londres. De ahí su tranquilidad ante el resultado final de la operación. Ese accionariado se manifestó claramente cuando los directivos de Arcelor diseñaron la contraoperación con el gigante ruso Mordashov, que esa sí, amenazaba seriamente la operación de fusión prevista por el magnate hindú.

Si ustedes se fijan bien, los acontecimientos se precipitaron desde aquel anuncio. Pareció claro que Mittal comprendió que la estrategia de defensa de Arcelor podía funcionar y, por otra parte, Arcelor comprendió que su nivel de influencia sobre los accionistas tenía un límite que no podía superarse.

Para valorar el resultado final desde una perspectiva de la defensa de la dimensión europea de la empresa, que es la que como diputado europeo tomé desde el primer momento, deberíamos hablar un poco de cifras.

En respuesta de la Comisión Europea a una pregunta de este eurodiputado, se descubre que, en los últimos años, las ayudas públicas a los trabajadores de la siderurgia afectados por procesos de reconversión ascendieron a un total de 228 millones de euros, sólo en el periodo desde 1996 hasta el 2002. Contando con lo ya gastado en el duro periodo de ajuste de finales de los 80 hasta mediados de los 90, podemos hablar de unas cifras totales de apoyo a la reconversión siderúrgica superiores a los 700 millones de euros. Sólo en complementos para jubilación anticipada, desempleo y readaptación.

La actual Unión Europea nació en 1957 como una Comunidad del Carbón y del Acero. Ambos materiales forman el corazón de la Europa de hoy y a ese corazón hubo que alimentarlo con ingentes cantidades de dinero público, dinero que pertenece a los contribuyentes españoles, franceses, alemanes, ingleses y demás. Dinero que se utilizó para salvar industrias vitales para regiones completas del mapa de nuestro continente. Entre otras, y particularmente, Asturias.

Por tanto, para nosotros nunca fue indiferente qué pasaba con Arcelor y cómo se podía garantizar tras la fusión el modelo social e industrial de ese consorcio europeo sin violar los principios económicos de la Unión que hablan de libre competencia, de ausencia de intervencionismo y del derecho de los accionistas, sean grandes o pequeños, a tomar sus decisiones en beneficio de sí mismos.

Yo creo que Arcelor tomó la única defensa posible, particularmente, cuando los servicios de la Competencia de la Comisión Europea anunciaron que la opa de Mittal cumplía con los requisitos que Bruselas exigía. El Parlamento Europeo estaba vigilante del proceso, sabiendo que nuestro análisis sólo podía centrarse en los efectos futuros sobre la producción y el empleo y la necesidad de mantener una vía industrial europea, con nuestro propio modelo social y medioambiental, sujeto a nuestra normativa jurídica que creemos honestamente la mejor para Europa y sus ciudadanos.

Lejos quedan los tiempos en los que las acerías eran públicas. Esa vía llevaba a la extinción del empleo industrial europeo. No tiene la Unión Europea otra manera de mantener sus industrias estrella al abrigo de opas hostiles que incrementar su fortaleza y fomentar la buena cultura empresarial. Cualquier otra posibilidad es un sueño socialista perdido, afortunadamente, en el pasado.

Pensemos que la opa nunca podría haberse hecho al revés. Nunca Arcelor habría podido hacer una oferta de adquisición pública a los accionistas de Mittal, porque aquí todas las acciones pertenecen al dueño de la empresa. Esa es la grandeza y la debilidad de la moderna industria europea y del capitalismo popular. Las empresas pertenecen a los accionistas y sólo ellos deciden al final sobre el destino de las mismas.

Otras opas del mismo estilo anuncian el futuro. Magnates con inmensa liquidez financiera ganada en los mercados asiáticos han puesto sus ojos en grandes industrias europeas. Cientos de miles de empleos van a depender de la respuesta que desde nuestras industrias se dé a ese desafío.

Y termino con el título del artículo, que hace referencia al típico chiste de vascos: van Patxi y Gorka por la calle y ven un cartel que dice 'Aceros de Llodio, S. L.'. Y dice Gorka: venga, Patxi, ¿nos hacemos?

Lo mismo, señores de Mittal. Aceros europeos. ¿Os vais a hacer? En Asturias rezamos porque así sea.

SALVADOR GARRIGA POLLEDO. EURODIPUTADO DEL PARTIDO POPULAR.