Hay una exposición estos días en Valencia que ayuda a entender el factor local de la visita de Benedicto XVI a Valencia. Es una modesta antología de la huella valenciana en Roma que puede verse en el vestíbulo de una de las dependencias episcopales próximas a la catedral. Modesta, pero muy instructiva. A Joan Fuster, que estudió con atención los escritos de Antonio Gramsci sobre la formación del sentimiento nacional-popular, seguramente le habría interesado.
"En la historia de la Iglesia sólo ha habido cuatro Papas sin orígenes italianos; estos cuatro Papas son Benedicto XVI, Juan Pablo II, Calixto III y Alejandro VI, valencianos los dos últimos", dice el primero de los paneles, que pasa por alto al cismático Papa Luna. Con los Borgia, los Borja de Xàtiva y Gandia, hemos topado.
La exposición episcopal es prudente, muy prudente, con Alejandro VI, que podía haber pasado a la historia como el Papa Llançol, puesto que éste era su primer apellido. Rodrigo Llançol Borgia amaba la sábanas y sin duda fue un hombre con algun vicio, pero también un monarca dotado de un grandísimo instinto político. El jesuita Miquel Batllori dedicó muchas horas de su sabiduría a demostrar que la leyenda negra de los Borgia fue producto, en buena medida, de la animadversión que la nobleza romana sentía por unos intrusos ambiciosos, astutos y políticamente muy atrevidos, que hablaban entre ellos en "un vulgar hispánico". En valencianocatalán y viceversa. ¿Pecadores? Sí. En aquella fase preluterana de la historia, un poco crápulas en Roma lo eran casi todos. Ya vendría Trento con sus disciplinas y sus rigores.
Sin pasar por alto el importante papel de Alejandro VI en la consolidación de la unión dinástica entre Isabel y Fernando, en la unidad de España, por tanto; la exposición episcopal lo que busca es ensalzar a su tío Calixto III y otorgarle un papel casi fundacional del esplendor valenciano que ahora, de manera parabólica, se repropone con la visita de Benedicto XVI.
El primer Papa Borgia, de nombre Alfonso, fue discípulo predilecto de san Vicente Ferrer -anduvo bien orientado; además de hablar por los codos, Ferrer era listo-, consejero del rey Alfons el Magnànim y enemigo jurado de los turcos. Rehabilitó a Juana de Arco, excomulgó al cometa Halley y aunque no pudo reconquistar Constantinopla, hizo morder el polvo al sultán Mehmet en Belgrado. Desde entonces, para recordar aquella tunda a los otomanos, se reza el Ángelus a las doce del mediodía.
De no haber aparecido Colón y sus cartas de navegar; con los Borgia el centro de gravedad hispánico se podía haber desplazado, quizá de manera irreversible, hacia Valencia, que en la segunda mitad del siglo XV era la ciudad más potente de la península. Prosperidad, dominio del Mediterráneo, unión de Aragón con Castilla, audacia en Roma y superación de Barcelona..., lástima del genovés y su ruta atlántica.
Ese fondo argumental -Valencia, capital católica de España-es el que estos días se intenta reproponer. El terrible accidente del trenet ha alterado el guión, pero no lo ha desgarrado. Empujado por la magnificencia de la convocatoria, la avalancha de visitantes, el oficialismo denso y tenaz del Canal 9 (la televisión autonómica valenciana), la prudencia de la oposición y el aturdimiento de los afectados, el accidente ha ido moviéndose hacia esa zona blanca llamada fatalidad.Ocurre en Barcelona y Maragall ha de exiliarse. Pero eso es otra historia.
La Iglesia española, o más concretamente sus dos cardenales hoy más influyentes en Roma -Cañizares y Rouco Varela-han querido que la visita del Papa a Valencia exprese muchas cosas: Valencia, capital de la España católica; Valencia, garante de la unidad de España; Valencia, próspera; Valencia, juvenil y dinámica; Valencia, más genuina que Madrid si hace falta; Valencia, severa con el laicista Zapatero, abucheado ayer por la tarde frente al palacio episcopal; Valencia, amable y obsequiosa con los Reyes, pero sin rendirse, con el ceño vigilante; Valencia, apostólica y romana...; Valencia, la de los Borgia, la de Calixto III, el Borgia bueno, no el de las sábanas, más papista que el Papa.
Y el Papa aterrizó suavemente. Habrá que oírle hoy, pero Benedicto XVI dio ayer la razón a quienes hablan de un pontificado conciliador, de ideas claras y gestos inteligentes. El Papa rezó por los muertos, pronunció unas pocas palabras en valenciano-catalán y se mostró al mundo como un hombre sabio, piadoso y afable. Tanto es así que a Zapatero se le fue el reprís republicano. Demasiado corto de diplomacia. Demasiada sonrisa de premios Goya. Demasiado escurridizo el hombre audaz al que algunos en Madrid ya sueñan con juzgar por alta traición. Yes que en León tuvieron Sanchos y Urracas, pero no Borgias. La cintura la puso ayer Lucrecia Fernández de la Vega..., digo María Teresa, que vino al mundo en Valencia.

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