Hay que reconocer que contra el Partido Popular todo vale, y muy especialmente en Catalunya. Las críticas a la derecha española logran fácilmente el aplauso, independientemente de la profundidad o la precisión de los argumentos que se utilicen. Es más, para desacreditar cualquier planteamiento político, a menudo basta con identificarlo como propio del PP. Si se trata de algo que los conservadores pueden avalar, la condena de la internacional progresista es automática. "Eso que dices, también lo defiende Aznar". Esta frase, que denota una evidente concepción inquisitorial o, si se prefiere, macartysta del debate político, suele escucharse en coloquios y tertulias radiofónicas como si se tratara del argumento definitivo que refuta la validez de cualquier idea que se haya expuesto. Si a todo ello se añade el empeño con el que personas adultas como Ángel Acebes facilitan la caricatura, llegamos a la conclusión de que la crítica al PP es la experiencia intelectual menos ambiciosa que pueda plantearse aquí y ahora. Sin embargo, la exigencia intelectual no está reñida con el compromiso democrático, sino todo lo contrario, y tanto lo primero como lo segundo obligan, por mucha pereza que genere, a dar un toque de alarma ante la deriva que está adoptando el discurso de los principales líderes del principal partido de la oposición, por lo que suponen de amenaza al sistema democrático establecido en el pacto constitucional que los conservadores tanto se afanan en defender.

Esta semana, el líder de la oposición, Mariano Rajoy , ha negado al presidente del Gobierno la representatividad del Estado por el hecho de llevar adelante con el respaldo de todos los grupos parlamentarios menos el suyo el proceso de paz en el País Vasco. Y eso lo dice quien fuera vicepresidente de un gobierno que decidió en nombre de España. y con todos los demás grupos parlamentarios en contra, implicar al país, nada más y nada menos que en una guerra. Mariano Rajoy y Ángel Acebes se pasan el día negando legitimidad al Gobierno y arrogándose un papel homologardor de lo que es constitucional y lo que no lo es, e incluso de lo que es legítimo o ilegítimo , y quizá ha llegado el momento de exigir al propio PP que se defina y explique cuáles son según su ideario las fuentes de la legitimidad democrática para que todo el mundo sepa a qué atenerse. La negación arbitraria de la representatividad española del presidente del Gobierno y del Gobierno legítimamente constituido lleva implícita la justificación de una eventual destitución arbitraria, que es lo que antes se denominaba por la gracia de Dios. Yel caso es que las palabras de Rajoy no son fruto de un desliz momentáneo, sino que guardan una enorme coherencia con la actuación del partido conservador desde que perdió el poder. Sin ir más lejos, Rajoy ha negado la legitimidad del Parlament de Catalunya para plantear la reforma del Estatut, luego ha negado también la legitimidad de las Cortes para aprobar la propuesta catalana, y, sin que le temblaran las piernas ni se le quebrara la voz hasta ha negado la legitimidad de la voluntad de los catalanes democráticamente expresada. Desde un punto de vista estadístico, el PP y Rajoy sólo consideran legítima su voluntad e ilegítima la de los demás, un criterio que por su naturaleza es incompatible con ningún pacto y menos con el constitucional. Y que no tienen vergüenza lo demuestra su negativa reiterada tantas veces y ahora en el Parlamento Europeo a condenar el franquismo. Luego en Catalunya gritan: "¡Libertad, libertad!". Ya lo dijo Federico Trillo: "Manda huevos".