No está en mi ánimo hacerle un anuncio a Josep Sánchez Llibre, Les veritats de l´Estatut del cual se venden muy bien solas. Es lógico, su lectura es como ver la negociación por el ojo de la cerradura. La gente de Unió se deleita especialmente con los detalles sobre Artur Mas (aunque, según el autor, Duran Lleida le pidió que no lo publicara). Sin embargo, no puedo dejar de reseñar una anécdota incluida en sus páginas, y que ha pasado bastante inadvertida. Es un episodio que ayuda a entender la relación entre el PSC y Pasqual Maragall en los últimos tiempos. Cuando el president intentó remodelar su gobierno por primera vez, Miquel Iceta fue raudo a Palau para advertirle de que no podía actuar sin consultar a su partido ni a sus socios. Maragall le recordó que, según el pacto del Tinell, la composición del Govern es competencia exclusiva del presidente. "Es cierto - repuso Iceta- pero el pacto del Tinell no dice que el presidente tengas que ser tú". Y, por lo visto, tenía razón.
Joan Carretero
Los premios Minoria Absoluta reunieron a una amplia representación de la clase política catalana, con excepción de ERC, cuyos principales líderes prefirieron ahorrarse la desagradable visión de Joan Carretero recogiendo un premio. Sólo anotamos a Marina Llansana y a Jordi Portabella; Benach también vino, pero como presidente del Parlament. Y hay que disculpar a Carod-Rovira, que está de baja. Joan Carretero fue un alcalde popular, un conseller valorado en el mundo municipal y un dirigente apreciado por las ya famosas bases de ERC. Pero ahora carga él sólo con el fracaso del no en el referéndum. En su día habló claro contra ZP, tremendo anatema que le echó del Govern; y al cesar desafió a la cúpula de su partido, que ya no quiere saber de él.
Al recoger el premio al político revelación, - otorgado por la prensa política barcelonesa, quién sabe si con algo de ironía-, Carretero se mostró contundente y triste a partes iguales: "Me quedo en Puigcerdà, ya que ni mi partido ni mi comunidad autónoma me necesitan para nada". En boca de Carretero, llamar comunidad autónoma a Catalunya es un gesto de notable menosprecio, un signo de decepción que explica por qué el otrora indomable conseller no porfía para estar en las listas, ni siquiera para regresar a la alcaldía de la capital de la Cerdanya, que ganó de calle hace tan sólo tres años.
... y otros apellidos catalanes
No sólo no preocupa el eventual rechazo a Montilla por su origen andaluz, sino que se percibe cierta competición de charneguismo en la clase política catalana: Carod-Rovira tiene en su página web una foto suya, de niño, con cachirulo aragonés, y Duran Lleida se proclama charnego porque es de la Franja, como el arte sacro. Montilla es hombre prudente y nunca saca el tema, ni siquiera para ganar cierto tipo de votos, lo cual le honra. El debate sobre la catalanidad, si se basa en la genética, es ridículo. Pero lo del idioma, ah, amigo, eso es otra cosa. Esto todavía no es la Valencia de Zaplana: un president digno del nuevo Estatut tiene que hablar bien el catalán y el castellano. Montilla, aunque en Madrid tiene acento de aquí, habla un catalán deficiente (lo cual le acerca al ciudadano medio; pero el ciudadano medio también suelta tacos, por ejemplo). Esta semana, mientras Vidal-Quadras, de catalanísimo apellido, torpedeaba el uso de nuestra lengua en Europa, nos enteramos de que la chica con mejor nota en la selectividad es una asturiana que lleva menos de un año en el Maresme, y habla un catalán casi perfecto. Esto en Catalunya vende mucho. Es decir, se valora el esfuerzo de los que aprecian la lengua del país.

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