EN el lóbrego suburbio marsellés de La Castellane es fácil ver a grupos de jóvenes de mirada torva matando un tiempo sin horizontes en los descampados que crecen entre los grandes y avejentados bloques de viviendas levantados junto a la autopista de circunvalación. Son carne de cañón, magrebíes de segunda generación marcados por el fracaso escolar que de vez en cuando incendian automóviles y contenedores en fulminantes estallidos de violencia urbana. En uno de esos calveros sórdidos daba patadas a un balón, hace un par de décadas, un chaval alto y taciturno cuyo padre argelino trabajaba empujando carritos en un supermercado. Hacía falta una honda conciencia moral para inculcar a sus hijos, en medio de ese erial de destinos cerrados, el credo cívico que aquel hombre predicaba a su familia: trabajo, seriedad y respeto. Lo ha contado muchas veces el chico de la pelota en el páramo, llamado Zinedine Zidane, y convertido en un Nureyev del fútbol que mañana bailará en Berlín por última vez ante un universo admirado de su sencillez carismática.

Trabajo, seriedad y respeto. En el mundo caprichoso, estridente y banal de las megaestrellas, Zidane pasará a la historia del fútbol como un ejemplo de humildad, discreción y equilibrio, al que nunca se le subió a la cabeza su condición de ídolo de multitudes. Más allá de su prodigiosa e irrepetible habilidad para inventar belleza con una pelota en los pies, lo que este hombre transmite es la desusada luz de un camino de superación a través del esfuerzo, el entrenamiento y la constancia. Por eso cae tan bien a todo el mundo, porque ha sabido mantenerse lejos de la trivialidad estruendosa, millonaria y endiosada de los astros, incólume en la ética de la modestia y el recato.

Su carrera merece el colofón de una segunda Copa del Mundo que ilumine su tímida sonrisa kabileña, pero aunque no la levante mañana ya lleva el broche inmaculado de su gesto de madurez al aceptar la autolimitación de su gloria, al respetarse a sí mismo reconociendo los síntomas de un final de ciclo. Ésa será su postrera lección, la más hermosa: rechazar en pleno esplendor postrero la tentación de exprimir un poco más la dulzura del dinero y la fama, y elegir el momento del jubileo para que no le retire el tiempo, ni el fracaso, ni la ingratitud, ni la decadencia.

Tantos deportistas de relieve han acabado como juguetes rotos, tantos han malgastado su prestigio con conductas inapropiadas, tantos han arruinado su fulgor con extravagancias y desvaríos. Nadie le podrá encontrar nada de eso a este hombre cabal, que deja para la memoria vídeos de fantasía con los que soñarán los niños cuando, en descampados como los de La Castellane, se imaginen los dueños orgullosos de la «roulette» y la volea. Todos hemos soñado alguna vez con marcar goles en una final de la Copa de Europa o del Campeonato del Mundo. Él lo hizo, dos veces además, y aún le queda mañana para firmar el último adiós con un fogonazo de gloria. Yo no sé ustedes, pero a mí, maldita sea, este tipo tan legal, tan honesto, tan de verdad, me mata de cochina envidia.