Ha producido sorpresa la detección de un caso de gripe aviar en una época del año en que no se esperaba, porque el riesgo aparentemente había decrecido. Las asunciones que se hacían a la vista de la evolución epidemiológica de la enfermedad, particularmente en Africa y en Europa, apuntaban a que el riesgo era máximo en la pasada primavera y que éste decrecería a medida que se acercara el verano.
En efecto, la no detección de casos en ese periodo permitió asumir que el riesgo había disminuido y que, en todo caso, la preocupación por la venida del virus Influenza H5N1 a nuestro país se podría producir en el próximo otoño, si las aves silvestres eventualmente contaminadas hubieran tenido contacto con aves infectadas en países europeos con casos registrados de la enfermedad, o en la primavera próxima, si el virus continúa avanzando hacía las áreas del occidente africano donde invernan anátidas que posteriormente emigran al centro y norte de Europa, utilizando como puente la Península Ibérica.
¿Qué ha podido ocurrir para que el primer caso de gripe aviar se detecte en el mes de julio y en un ave silvestre de Alava? Podrían plantearse varias hipótesis. La primera, y la más probable, es que este caso estuviera relacionado con los brotes registrados en varios países europeos, algunos de ellos próximos a nuestro país. En esta eventualidad, el ave infectada provendría de alguno de esos países o bien se habría contagiado tras el contacto con otra de similar procedencia que hubiera ya iniciado la migración norte-sur. La propia localización geográfica del animal detectado reforzaría esa hipótesis. Otra posibilidad es que el sistema de vigilancia establecido en nuestro país no hubiera sido suficientemente sensible para detectar la infección, particularmente si la prevalencia de ésta fuera baja en España. A esto hay que añadir las dificultades que entraña la investigación de las enfermedades animales en la fauna silvestre.
A partir de ahora lo que procede es intensificar la vigilancia de los humedales en todo el territorio español, incrementando incluso el número de muestras a analizar, poner operativa la analítica en los laboratorios de las comunidades autónomas y tratar de evitar que la enfermedad se propague a las aves domésticas. Esto último supone reforzar el aislamiento y la bioseguridad de las granjas avícolas y minimizar el posible contacto entre las aves que se crían al aire libre en corrales y las aves silvestres. Esta última medida, que consistiría en el encerramiento de estas aves o su separación utilizando mallas apropiadas, que sólo fue implantada en dos comunidades autónomas españolas en la primavera pasada, debería ser considerada de nuevo, sobre todo si se detectan nuevos casos en los próximos días o semanas.
Juan José Badiola es catedrático de Sanidad Animal de la Universidad de Zaragoza y presidente del Consejo General de Veterinarios.
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