Vicente Blasco Ibáñez ya no está para contarlo a sus amigos de Hollywood, pero anoche se rezó un rosario en la playa de la Malvarrosa. La noche era opaca en Valencia: una quietud húmeda y dolorida, una espera; una premonición de tormenta. Los ora pro nobis navegaban por la orilla como sedantes barquitos de papel en busca de Joaquín Sorolla y sus luces. Virgo clemens!,rezaban los Xiquets de l´Altar de Sant Vicent y la alabanza sonaba a desafío en la playa carnal y arrocera; a manifiesto contracultural de la nueva acción católica. Los cirios, a miles, crepitaban.

Blasco Ibáñez, anticlerical impenitente, quizá habría soltado una sonora carcajada en su villa de la Malvarrosa, o se habría liado a tortas con los curas, como había hecho alguna vez de joven en las inmediaciones de la catedral de Valencia. Porque el rosario de la aurora fue suyo. Cuando alguien asegura que algo - el primer tripartito catalán, por ejemplo- "acabó peor que el rosario de la aurora", se está refiriendo al autor de Cañas y barro y de Los cuatro jinetes del Apocalipsis, novela que en los años veinte tuvo en Estados

Unidos más lectores que la Biblia. Armados con palos aserrados de las pértigas que se usan para navegar por la Albufera, el joven Blasco y sus amigos arremetían de madrugada contra la procesión de la Aurora, en nombre de Voltaire y la causa republicana. Había tumultos y alguna vez fueron presos.

Valencia es así. Es de una dialéctica radical y extrema que se hace difícil de juzgar, porque engaña. El Mercantil Valenciano (hoy el diario Levante)que antaño combatía con ardor blasquista el frufrú de las sotanas, ayer regalaba a sus lectores un espléndido suplemento sobre la visita papal. En la primera página de la prensa local hay destellos de la enseña vaticana -blanca y amarilla-, mientras en la sección de ofertas, los numerosos anuncios de servicios sexuales desbordan todos los perímetros de la prensa española, decididamente liberal en este aspecto. Hay en esas páginas una reverberación hortofrutícola. Una exageración del deseo y del pecado. Valencia es así.

Valencia, como la parte sur de Italia, de la bahía de Nápoles para abajo, es templo de un catolicismo antiguo y genuino: rural, astuto, capaz de adaptarse a todo, generoso con el pecado y el exceso de lunes a sábado, pero con el confesionario bien abierto los domingos. Un catolicismo libre de cualquier brida luterana, que podía haber quedado reducido a mero folklore. Vivaz y útil, da forma a diversos tipos de vida, y así se adapta a estos nuevos tiempos líquidos. Tiempos que en Valencia transportan muchas ambiciones y generosas recalificaciones. "¡Viva el plan de acción integrada!", cuentan que se grita en algunas bodas de Levante llegada la hora de los brindis. Y es que en las bodas valencianas de Cannán los campos de sandías y melones se transmutan en metros cuadrados edificables en primera y segunda línea de mar. "¡Viva el plan de acción integrada!", exclaman los padrinos y no es difícil imaginar al párroco sentado en un ala de la mesa, sonriente ante la paella y el ubérrimo rendimiento de la huerta. Adiós, Voltaire; adiós, Blasco; adiós, Joan Fuster. Valencia es así.

"El catalanismo no ha logrado entender dos cosas importantes de Valencia: las fallas y la Mare de Déu dels Desemparats", ha dicho alguna vez Jordi Pujol. Y tiene razón, aunque posiblemente el catalanismo no ha entendido muchas más cosas de Valencia. Demasiadas. Algún día habrá que empezar a escribir, en negrita, para que se vea, que Fuster, que leyó mucho pero salió poco de su casa de Sueca, se equivocó. Valencia jamás formará parte de la Gran Catalunya. Valencia es una pujanza, quien sabe si sostenible; una aceleración tremenda de las ambiciones; una cristalización del catolicismo como nervio nacional-popular. Un ARCHIVO oficialismo denso. Un placaje. Y un rosario en la Malvarrosa.