La nostalgia actual por la II República española es en principio una creación hábil y colectiva de nuestro Gobierno y los grupos gobernantes. Extinguida absolutamente la nostalgia franquista, que mantuvo el propio Franco, sobreviene esta ola melancólica y significativa que es, a medias, memoria y renacimiento.
El acierto primero del Gobierno socialista está en haber galvanizado una España del siglo XX viva y admirable. Como la operación melancolía no ha dado todo el juego político que se esperaba, los gobernantes han insistido en herborizar aquello utilizándolo hábilmente como arma, como precio político y como estado de la situación. Lo cierto es que esto que llamo, con perdón, operación nostalgia supone un numeroso capítulo de nuestro siglo XX, con un crescendo final de guerra cruel. El franquismo se apropió de su victoria hasta la muerte del general, y esto ha sido muy criticado, pero cuando le correspondió a la izquierda una especie de Segunda Transición, digamos que la ha hecho o la está haciendo con un ensañamiento singular y una puesta en juego de las armas que nos convierte de pronto en un país belicoso.
Así, tenemos que cada uno utiliza aquella guerra según le va en ella y de paso la ilustra con unos cuantos obispos y cardenales que se han dedicado mayormente a la beatificación de cualquiera en las filas de la derecha. La recuperación de aquella República con nostalgia asimilada y cultura histórica, sí hubiera sido un verdadero hallazgo para la España que todos parecen querer, pero ya tenemos muy cerca al Papa, al nuevo Papa, a Ratzinger, un hombre que puede fabricar santos con mucha más eficacia y autoridad que los Papas anteriores, que eran todos un poco beatas.
La venida de Ratzinger a España, su exaltación en Valencia, nos permite comprender fácilmente que la operación en marcha comprende a la izquierda y la derecha y también nos comprende a nosotros.La Iglesia ya ha dejado oír alguna protesta por la utilización de este momento católico y de este Papa singular, pero hay otra guerra que se vuelve a repetir en España, a más de la guerra militar, y es la guerra religiosa, para la que se están promoviendo a primera fila las figuras más influyentes de nuestra situación.
No es verdad que nadie haya rendido memoria a los rojos así llamados, y por tanto no les debemos nada a ellos ni a sus capitanes. En Francia hemos visto sucederse varias repúblicas movedizas entre la izquierda y la derecha. Esto se hace interiormente, sin intervención extranjera. Aquí, cuando hemos denunciado al mundo la guerrilla etarra, se nos ha dicho que eso es un caso español y no afecta a Francia. Ésta es la realidad española y explica mejor que cualquier otra por qué no acabamos de ser europeos ni de incardinarnos en la verdadera Historia de Europa. Nuestra II República fue muy viva, muy europea y muy anticipada. Tuvo grandes hombres que se movieron con eficacia en los inmensos bosques políticos de aquel tiempo. Somos los legitimistas de aquella República y vemos cómo los gobiernos, con su presidente a la cabeza, hacen todo lo que no hay que hacer para instaurar formas de gobierno republicanas, mientras la Reina sigue llorando por los españoles.
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