Gallardón lo quiere todo (o casi), de Federico Quevedo en El Confidencial
“Se puede ser radical en la defensa de tus ideas, pero lo que no se puede ser es sectario”, me decía el pasado jueves el alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, en el transcurso de un agradable almuerzo con el que el regidor municipal quiso agasajar a periodistas y políticos después de que el Pleno de Ayuntamiento aprobara volver a presentar a Madrid como candidata a las Olimpiadas de 2016. Permítanme que no les dé cuenta del contexto de la frase, entre otras cosas porque tiene que ver con terceras personas y se trataba de una conversación no oficial, aunque es fácilmente imaginable. Pero estoy completamente de acuerdo con esa afirmación, y dice mucho de la persona que la hace. Dice mucho de un hombre que, como he dicho en alguna ocasión, padece de una deficitaria habilidad en el manejo de los tiempos políticos y, sin embargo, es inteligente, astuto, ambicioso, complaciente y, sobre todo, se le ve venir.
El mismo jueves observé cómo se manejaba ante sus rivales en el Ayuntamiento –Trinidad Jiménez- y el Gobierno de la Nación –Jaime Lissavetzky-, y el modo en que consigue involucrar en sus proyectos a quienes, supuestamente, deberían manifestarse en contra por razones de competencia. Pero Alberto Ruiz-Gallardón es plenamente consciente de que para ganar las elecciones en Madrid –y en España- se necesitan no sólo los votos del caladero del centro-derecha, sino también algunos de los de centro-izquierda o, como es evidente que ocurre en este país, al menos conseguir que una parte importante de esos votos opten por la abstención. Sí, pero con matices.
Gallardón se ha caracterizado siempre por una actitud en algunos casos excesivamente neutral. En ocasiones da la sensación de que una vez puesto el gorro de la responsabilidad –sea presidente de la Comunidad o Alcalde de Madrid- se olvida de que pertenece a un partido político. No es malo, pero llevado al extremo puede aparentar que también se olvida de que quienes le han votado lo han hecho en respuesta a unas siglas y a una determinada ideología. Y, sobre todo, esta actitud choca cuando desde la posición contraria, es decir, desde aquellas administraciones gobernadas por el Partido Socialista se practica justamente lo contrario, es decir, el sectarismo. Y él sabe, además, que en los próximos meses su persona va a ser objeto de una campaña descarnada y, de alguna manera, injusta. Por eso habría que exigirle a Gallardón que, en algunas ocasiones, además de no ser sectario –y no lo es- sea un poco radical, porque si hay algo cierto en el común denominador del liberalismo reformista que él dice defender es que se trata de la única ideología revolucionaria que, de verdad, ha permitido al mundo avanzar a pasos agigantados y que, llevado a la práctica, ha conseguido mermar en más de cuatrocientos millones de personas el número de pobres que hay en el mundo, a una media de sesenta y dos pobres menos por minuto, entendiendo por ‘pobre’ aquel que cuenta al cabo del día con menos de dos dólares para sobrevivir. Y al Alcalde a veces le falta pasión para defender esto.
Alberto Ruiz-Gallardón quiere que Madrid sea ciudad olímpica. Y él quiere ser presidente del Gobierno. No lo oculta, lo cual es buena cosa, y sabe que tiene algunas posibilidades de llegar a ocupar ese cargo si el PP no gana las próximas elecciones generales. Además, Mariano Rajoy le ha incluido en su lista por lo que disfrutará de algo que el PP le había venido negando hasta ahora: un escaño en el Congreso de los Diputados. Creo que no me equivoco si afirmo que el mismo Rajoy es de la opinión de que Gallardón es la única baza con la que cuenta el PP, a día de hoy, para enfrentarse a Rodríguez si las próximas generales fueran un desastre y el político gallego se viera en la obligación de abandonar el barco después de haberlo conseguido mantener a flote –algo que el PP deberá de agradecerle algún día-.
Gallardón suma en su haber político la astucia a la que antes me refería, la habilidad para tratar al contrario y no generar rechazo entre los votantes de izquierda, la moderación y, al mismo tiempo, la capacidad de apasionamiento, aunque todavía no haya mostrado esta faceta en público. Gallardón podría ser un radical en la defensa del liberalismo y de la idea de Libertad, muy necesaria estos días en los que el sectarismo de la izquierda intenta rediseñar nuestras vidas desde las esferas del poder... ¡Si Churchill levantara la cabeza! La idea de la Democracia Liberal como marco para el desarrollo del individuo está en peligro en manos de una idea colectivista y materialista que es necesario combatir desde la radicalidad del pensamiento liberal.
¿Puede hacer esto Alberto Ruiz-Gallardón? Siempre he creído que sí, que únicamente hace falta que se lo crea él. Independientemente de que llegue o no a encabezar el cartel electoral del PP, el futuro de Ruiz-Gallardón va a pasar por una mayor presencia a nivel nacional. Tanto si Rajoy gana las elecciones generales, como si no las gana pero continúa al frente de su partido, Gallardón está llamado a ejercer nuevas responsabilidades, quizás en el Gobierno, o quizás en su partido, o ambas cosas a la vez. Y por su personalidad, no es un político que acostumbre a pasar desapercibido, de ahí que tenga una mayor obligación de presentarse ante la opinión pública como un referente del liberalismo reformista, de oposición a esta tendencia historicista de controlar a los individuos libres y las instituciones que les gobiernan. Churchill afirmaba que “el poder político no debe dirigir el orden espontáneo de las relaciones entre los individuos y sus modos de vida”, y Gallardón se equivoca –porque es una perversión de la realidad- si piensa que ser liberal y demócrata es estar contra la religión y a favor del relativismo moral y de enseñar estos principios en las escuelas, que es lo que propone el ideario relativista del socialismo que nos gobierna. Y en ocasiones parece que Gallardón, en su necesidad de agradar a quienes no he dudado de calificar, parafraseando al director de L’Express, Denis Jeambar, como dictadores del pensamiento, es decir, el entorno político, social y mediático que sostiene la actual estructura de poder sobre la base del pensamiento único, se olvida de donde proviene.
Momentos como el actual son los que ponen a prueba a políticos como Ruiz-Gallardón y su capacidad para liderar una verdadera revolución social y democrática. Joao Espada, asesor del presidente portugués Aníbal Cavaco Silva, afirmaba el otro día en el marco de un curso de la FAES en Navacerrada que nuestro modo de vida no debe ser rediseñado por la arbitrariedad de un poder omnímodo, como el que pretende en nuestro país Rodríguez Zapatero. “Las personas, como individuos o personas, deben ser la prioridad de los gobiernos, que están llamados a proteger la vida, la libertad y la propiedad”, afirmaba el analista portugués, quien concluía que es positivo “ser escéptico hacia los aventureros políticos, las modas intelectuales y hacia todo tipo de especialistas que afirman saber cómo organizar nuestra educación, nuestra cultura y nuestra vida espiritual. En una palabra, debemos estar dispuestos a disfrutar nuestra libertad y a defenderla a toda costa”. Esa es la clase de mensajes, nacidos de la radicalidad del amor por la libertad, que necesita escuchar hoy en día una sociedad adormecida. Y necesita escucharla de boca de líderes sociales como Ruiz-Gallardón. Y el día en que el alcalde se ponga al frente de la manifestación por la Libertad, habrá ganado las elecciones.
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