EL mundo, según aseguraban nuestros padres, está regido por las ideas, y a decir de nuestros hijos, son los hechos los que lo gobiernan y configuran. También en esto del entendimiento del poder los cincuentones, sesentones y setentones que somos en la España de hoy nos hemos quedado espatarrados, con un pie sujeto en el rechazo a una dictadura estéril y el otro tratando de alcanzar una plenitud democrática que no acaba de llegar. De momento, quizá como síntesis centrista -el término medio entre la nada y el vacío-, el poder esté en los gestos que, sin necesidad de contenido ideológico alguno, no llegan a la condición de hechos. Los esbozan y configuran, los anticipan, pero se quedan en mera flatulencia sin más destino posible que el propio de los gases intestinales.
La pasada reunión entre Patxi López y Arnaldo Otegui entra en la categoría de los gestos. Fue la escenificación litúrgica de un acuerdo previo para tratar de cimentar un entendimiento venidero, una pieza en la cadena de disimulos con la que José Luis Rodríguez Zapatero administra una carrera hacia la normalidad que, por la anormalidad del método, difícilmente alcanzará un final feliz. Puestos a fotografiarse en San Sebastián, mejor podrían haberlo hecho frente a La Concha y cumplir de ese modo la conseja decimonónica de unir lo bello -que lo es el escenario- a lo útil -que el tiempo nos dirá-.
Mariano Rajoy, de quien no se sabe si está en los hechos o en las ideas, resiste tras el parapeto de la negación perpetua. Más vale un no precipitado que un sí irresponsable. En lógica consecuencia, el monopolista de la oposición se declara «libre» de cualquier compromiso que Zapatero pueda establecer con los etarras. Lo estaría también sin tan solemne declaración. En lo que se equivoca Rajoy es al afirmar que «el señor Rodríguez Zapatero, en este proceso, no está representando al Estado». Incluso, para que no quepa duda, insiste Rajoy en que Zapatero «estará representándose a sí mismo, al PSOE o al Gobierno de España, pero en ningún caso está representando al Estado».
Instalados, como estamos, en los secretos, del mismo modo que Zapatero tiene y administra los suyos, Rajoy puede estar en la posesión y el uso de los propios; pero, puesto el caso en el plano de la racionalidad, es el jefe del Ejecutivo, respaldado por el Legislativo y sin oposición alguna del Judicial, quien -bien o mal, que esa es otra cuestión- está negociando con ETA y sus servidores. Representa al Estado y hasta lo encarna. Negarlo, como con ligereza que le es impropia ha hecho el líder del PP, es poner en cuestión todo el entramado, verdaderamente perfectible, en el que se sostiene nuestra difícil convivencia. Si ya le habíamos añadido al dilema entre ideas y hechos la hipótesis de los gestos, habrá que añadir ahora una cuarta posición, la que sitúa a sus protagonista en la inopia, cerca de Babia.