Querido J:
Te escribo bajo la sombra de lo que aquí llaman un ullastre y que en nuestro castellano brutal es, tajantemente, un olivo borde. Tengo sobre la mesa un bonito y perezoso libro de Graves: Por qué vivo en Mallorca, del que te copio estas características sobre los mallorquines: «Amantes de la libertad, aunque firmemente conservadores; con un gran sentido moral, aunque escépticos empedernidos en lo que se refiere a la doctrina eclesiástica; con un profundo antagonismo hacia la violencia física, los abusos del alcohol o cualquier otra violación de los buenos modales, como, por ejemplo, el afán del dinero». Graves escribe sobre sus vecinos de Deià, antes del turismo, justo cuando empezaba, a principios de los 60, aquella campaña turística, Mallorca, isla del amor. Como tantos otros en su caso y circunstancia, Graves escribía lo que tenía en la cabeza y luego lo proyectaba sobre sus personajes inermes. Forma parte de la vieja leyenda edénica: hubo una Mallorca que la vida corrompió.
Había empezado a leer el libro poco después de hablar con Eduardo Inda. Una larga conversación. Inda es el director en Mallorca de esta estafeta donde te pongo las cartas. Un hombre de 38 años, navarro, periodista como los convencidos de que no vale la pena ser otra cosa. Llegó a la isla hace cuatro años, enviado a foguearse. No le esperaban. Por su parte, aunque tenía una idea algo más madura que Graves sobre la violación de los buenos modales y su relación con el temperamento insular, no le dejó de sorprender alguna obscenidad. Por ejemplo, el hecho incontrovertible de que la presidenta del Consejo Insular, la señora Maria Antònia Munar, tuviera una empresa dedicada al transporte de grava y esta grava se utilizase en las carreteras que ella misma adjudicaba. Con varios de estos impresionantes asuntos, y más impresionantes cuanto más legales, el periodista Inda empezó a hacer una llamativa colección. Un día le hablaron de un concejal en Llucmajor que supuestamente se había adjudicado contratos municipales por valor de un millón de euros. Un tal y bronco Joaquín Rabasco que había empezado a hacer política en defensa de los castellanohablantes, al mando de una Agrupación Social Independiente. Fíjate, por cierto, en el cumplimiento de la regla: cuanto más vacías las palabras, más llenas de caca. Inda y un redactor del periódico, Esteban Urreiztieta, empezaron a aplicarse en el conocimiento del método Rabasco. Sus juegos. La página web de la Agrupación Social ofrecía la lúdica posibilidad de matar mujeres de 20 modos diferentes. El concejal la retiró después de la manifestación de ira más grande de la historia de Llucmajor. Lo más importante, sin embargo, es la actitud que ha tomado el fiscal anticorrupción respecto a las adjudicaciones de Rabasco: le imputa cuatro delitos. En un año se verá el juicio.
Mientras tanto, algunos sucesos empezaron a marcar la vida de Eduardo Inda. Un día su mujer abrió el buzón y encontró un sobre con una bala. Otro día aparecieron barrios de Palma empapelados con injurias, especialmente repetitivos en la puerta de la casa y en el colegio de los hijos: una mañana el pequeño se fijó y preguntó qué hacía papá en la farola. Por fin, cientos de ilustrísimos de la sociedad mallorquina y española recibieron un fotomontaje. Mallorca, isla del amor. Según el fotoshop, Inda sodomizaba gentilmente a Urreiztieta: en el texto adjunto el director anunciaba su decisión de abandonar la isla e iniciar una nueva vida con su Esteban. Espera: aún no digas más friky que el teatro de Manolita Chen. En la edición del 22 de junio el periódico demostró que la fotografía de la cara de Urreiztieta que se utilizó para el fotomontaje había sido tomada por una colaboradora de Rabasco en la rueda de prensa en que el concejal anunciaba su abandono del equipo de gobierno del Ayuntamiento de Llucmajor.
Inda ha ido afrontando este asunto en la más absoluta soledad. Aunque bien es cierto que incluso ha llegado a confraternizar con el llamado Anacleto, el detective que le pusieron los malos para ver qué había en su vida. Ni la política, ni el resto del periodismo ni la sociedad civilmente considerada han creído necesario mostrarle su apoyo. Por su parte, el primer periódico, Ultima hora, propiedad del importante local Pedro Serra, ha creído necesario mostrar su cálido apoyo a Rabasco. Y la presidenta Munar ha mandado cerrar la rotativa de El Mundo balear, porque incumple con un par de obligaciones industriales y la principal de un periódico, que es no tocar la verdad con manos frías.
Hay un asunto sustancial en esta historia, querido amigo, y es de nuestros viejos asuntos. Cómo una sociedad puede defenderse del caciquismo. El caciquismo es el rasgo principal de España, y su evolución moderna no es otra que el nacionalismo, que es un caciquismo sentimental y amanerado. Técnicamente, el estado caciquil debe ser definido por la ausencia de opinión pública. Es decir, Mallorca. Es decir, las 17 mallorcas españolas. Todas presentan, desde el punto de vista mediático, idénticas características: unos medios locales públicos, o de 1.000 modos subvencionados, desproporcionadamente grandes y potentes en relación a la sociedad donde se proyectan: el foco mediático no ilumina, sino que achicharra; y unos medios españoles obsesivamente centrados en unos pocos y repetidos asuntos. Existe una opinión pública española, por supuesto. Pero sólo discurre sobre el fin del terrorismo, los problemas nacionalistas, la posibilidad (bien viva) de ganar la Guerra Civil o las enormes catástrofes. Es una opinión pública que, a mi juicio, presenta menor variación que la de otras sociedades comparables. Y que reduce a una importancia local graves atropellos contra la razón, la justicia y la democracia. La perplejidad española ante algunos perfiles del debate estatutario en Cataluña sólo se comprende después de dos décadas de silencio sobre los problemas consuetudinarios catalanes. También la abstención catalana debe ser interpretada con la ayuda de la misma hipótesis. Pero es más: la abstención, como fenómeno creciente y global de la democracia, es el resultado de un cruce: la dificultad del debate sobre las pequeñas formas de la vida local y la cansina recreación de tres o cuatro polémicas nacionales, en el fondo permanentes aunque vayan adquiriendo fisonomías distintas.
Yo veo visiones, ya sabes. Pero en la llegada de Eduardo Inda a Mallorca, en su enfrentamiento con el establishment, se observa nítidamente algo más que el cromo del periodista que llega a batirse por la transparencia y la justicia. Hay el intento de construir una opinión en el lugar más dificultoso y decisivo: la provincia. Hace muchos años la aguda y escéptica mirada de Lorenzo Gomis fingía asombrarse de que La Vanguardia, su periódico, dedicara briosos esfuerzos a la investigación de la corrupción italiana, teniendo cerca de casa tantos italianos, incluso explícitos. Es la diferencia, también, de clamar por la paz del mundo o hacerlo por la de Basauri. La construcción de la opinión pública local requiere del derecho de intervención mediático, porque la impunidad del cacique se basa en que la trama de las noticias españolas está organizada en asuntos internos. Y en algo más sutil, aunque igualmente letal: esa mirada comprensiva y relativista sobre la corrupción que acaba por considerarla un objeto de la antropología antes que de la Justicia.
Sigue con salud.
A.
© Mundinteractivos, S.A.

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