El arma secreta del historiador es la retrospectiva con la ventaja de que siempre se gana en las carreras cuando los caballos han acabado la competición. El periodista escribe o habla con la historia en vilo bajo la presión de interpretar la historia cuando la historia no ha establecido todavía lo que ha ocurrido.

Pergeñamos borradores de la historia, impresiones apresuradas sobre los hechos que se van sucediendo, sin disponer de los datos que son los que tuercen la historia hacia un lado u otro, hacia la realidad pura y dura.

Tengo una experiencia muy incómoda que se remonta a la lejana guerra de las Malvinas de 1982 cuando los portavoces de la propaganda de la Junta Militar me hicieron creer que los ejércitos argentinos pararían los pies a los británicos. Que lucharían y que se libraría una batalla infernal en las bahías de aquel archipiélago del Atlántico Sur.

Llegaron los británicos, desembarcaron los Gurkas y en una semana decidieron la victoria a favor de los ingleses enviados por la señora Thatcher. Repasé mis crónicas años después y las comparé con las memorias de los protagonistas de la guerra. Las memorias del general Haig, secretario de Defensa americano que mediaba entre los dos bandos, me desarmaron.

Casi todo lo que había escrito para los lectores de La Vanguardia sobre aquella guerra no era ni siquiera un borrador de la historia. Era la versión desde Buenos Aires de aquella extraña contienda en la que los militares argentinos distrajeron la atención de su país para perpetuarse en el poder.

Pero no por eso el periodismo deja de ser imprescindible, con sus prisas, sus valoraciones aproximativas, sus opiniones parciales, sus precariedades manifiestas. El periodismo se concentra en las crisis, en las contradicciones, en las pugnas entre gobiernos y ciudadanos, en las miserias más que en las grandezas humanas.

Es una versión en tiempo real de las incertidumbres del tiempo en que le ha tocado vivir. Su valoración no es definitiva. Si el lector supiera cómo son y cómo trabajan las redacciones no consumiría ningún producto de la misma manera que nunca probaríamos una hamburguesa si supiéramos cómo se fabrica.

El periodismo es efímero. Los titulares ya casi no sirven de nada después del desayuno. Curiosamente, los políticos que tanto nos contaminan con sus declaraciones y sus insidias no resisten la prueba de las hemerotecas en un plazo de dos meses. Hay pocos políticos que puedan resistir la prueba de lo que han dicho y que se ha impreso en papel o se ha emitido por radio o televisión.

Por eso el periodismo, a pesar de su frivolidad o por su ignorancia, es el elemento imprescindible para reconstruir los hechos. Es el material con el que trabaja el historiador cuando el tiempo y los hechos ciertos se encargan de poner las cosas en sus sitio.

Recuerdo una memorable sentencia que me dijo Manu Leguineche, un grande veterano periodista, mientras atravesábamos con coche blindado un campo de batalla en la mortífera guerra entre Irán e Iraq al final de los ochenta. Esto es terrible, le dije a Manu al ver tanta mortandad que impedía el tránsito del vehículo. Tú escribe lo que veas, me contestó, que la historia ya dirá lo que ha pasado.