Doña María Antonia:

Largos años en la política muy cerca siempre de su hermana, Y, sobre todo, una mujer de partido. ¡Ay, señora! Claro que la militancia no es un obstáculo insalvable para erigirse oficialmente en defensora de la ciudadanía astur. ¡Faltaría más! Pero, verá usted, yo creo que, para ejercer un cargo como éste, cabría esperar una trayectoria, no diré no partidista, pero sí al menos por encima de la lucha de siglas, de los intereses de los dirigentes, y haber estado al frente de los derechos ciudadanos, de eso que tan confusa como ambiguamente se llama sociedad civil. Porque ustedes, los políticos, son muchas veces los primeros en sufrir las servidumbres de la burocracia. Usted, hasta donde yo sé, no ha estado al frente de demandas ciudadanas, no ha mostrado una especial debilidad hacia campañas en pro de los derechos individuales y colectivos. Todo por el partido.

Así las cosas, doña María Antonia, el cargo del que usted se siente tan orgullosa y que, no hay motivos para pensar lo contrario, ejercerá con la mejor de las voluntades no es el adecuado para una persona cuya actuación en la vida pública ha estado siempre en función de las directrices de un partido. Hay tareas, señora, que se ejercen mejor desde alguna atalaya, por encima de la lucha partidaria, lo que no tiene por qué implicar en modo alguno ausencia de ideología.

Mire, el desacuerdo, creo que generalizado, acerca de su nombramiento se debe sobre todo a eso. Un partido político es -discúlpeme la perogrullada- una maquinaria electoral y un instrumento de poder, en teoría al servicio de los ciudadanos a través de un proyecto que emana de una ideología que, en pura e ingenua teoría, sus militantes creen la mejor para un mundo más justo y más libre. Pero que, en todo caso, tiene una voluntad -por supuesto, legítima- de ejercer el poder. Y del poder, como de todo lo humano, emanan abusos. Desde una atalaya que tiene como punto de mira hacer de vigía de los derechos ciudadanos se verían con mayor claridad las cosas. Y usted nunca se ha instalado en ella. Es, le digo, una mera y elemental cuestión de espacios.

Recuerde usted al primer Defensor del Pueblo de nuestra nación de naciones a la que seguimos llamando España. Ruiz- Giménez había tenido una trayectoria política más que sinuosa, con caídas del caballo incluidas. Ministro de Franco, opositor en los últimos años a la dictadura, dirigente de un partido que fracasó estrepitosamente en las primeras elecciones democráticas, desde un humanismo cristiano, filosóficamente más que endeble, hizo de la defensa de los derechos humanos discurso. Y suscitó en su momento el acuerdo entre los grandes partidos por dos conceptos básicos. Uno, la defensa de los derechos de la ciudadanía. Otro, el que en ese momento no era en modo alguno hombre de partido.

Defensa de los derechos ciudadanos, prestigio en el mundo jurídico. He aquí las condiciones que son, a mi juicio, imprescindibles y que no jalonan su trayectoria para poder ser considerada la persona idónea para el cargo de Procuradora General. Y, como bien sabe, sí hay personas en Asturias cuyas trayectorias cumplirían muy bien esos requisitos. No daré nombres. No es necesario. Pero ninguna de esas personas tiene como principal tarea en su devenir público ser ante todo miembro de un partido.

Doña María Antonia, todos sabemos que no goza usted de un prestigio vertiginoso en el mundo del Derecho, ni en la lucha por los derechos ciudadanos. Entonces, ¿por qué acepta esto? ¿Acaso no es usted consciente de que con su parabién el deterioro de la vida pública ante los ojos de la ciudadanía va a más?

¿Qué están siendo todos ustedes, me refiero a los partidos con representación parlamentaria en Asturias, más que una especie de corte de los milagros sin ninguna grandeza ética ni estética? ¿Se da usted cuenta de lo que significa para la ciudadanía saber que los nombramientos en política no son más que un reparto de un pastel y que no se tiene en cuenta ni el buen nombre de la institución de turno ni tampoco la repercusión de ese nombramiento en la vida pública?

Y, para mayor baldón, si lo esperado se confirma, tendrá usted como principal ayudante a don Noel Zapico, ciudadano muy bien visto por el PP, ciudadano que durante el franquismo no fue ni un apolítico ni un antifranquista, sino que no parece que se haya sentido muy incómodo con la dictadura. Y eso lo aceptan su partido y usted. ¡Qué deriva la de esta izquierda nuestra, Dios mío!

Ustedes, políticos astures, actúan a veces no ya con criterios al margen de la democracia, sino lo que es aún mucho peor: se rigen por parámetros de casta. Hay políticos rechazados electoralmente que ocupan cargos como cuota del pastel público.

El PP entra en este cambalache. Así, la defensa de la ciudadanía astur tendrá como principales valedores a una señora que nunca encabezó ninguna lista, sino que se albergó en ellas, y a un señor que no le hizo ascos a la verticalidad del franquismo.

Mientras, abogados de prestigio y gentes que han hecho de la defensa de los derechos ciudadanos una parte importante de su actuación pública se quedan fuera de esta institución. Por favor, les ruego que ni ustedes, socialistas de siglas, doña María Antonia, ni tampoco las huestes peperas nos hablen de regeneración. Con algo así, muchos tendrían que irse a casa. Canovistas y sagastinos que se dejaron la retórica en el camino, pero que andan por la vida pública con las alforjas llenas de hábitos caciquiles.

No quiero ser grosero, doña María Antonia, pero algo irresistible nos lleva a desear que a todos ustedes se les atraganten sus pasteles y sus pasteleos.