No creo que haya alguien que no se alegre por el fin de una lucha fratricida. Sin embargo, hechos recientes inducen a pensar que existe en España un sector de la opinión que encapota el semblante en cuanto barrunta que es posible la paz. Sobre todo, si ésta es producto de la acción política del Gobierno, que, mal que le pese a la oposición, es a quien corresponde resolver los asuntos de interés general. La utilización de la mentira, la búsqueda anhelante de hechos negativos y la interpretación canina y lacerada de los mismos muestran los enormes recelos que genera la posibilidad de que algún día dejen de hablar las pistolas. Por lo demás, el estilo áspero y desolador que se percibe en las ondas eclesiásticas y en determinadas redacciones; el nerviosismo de algunas figuras de la baraja de la Audiencia Nacional que en cuarenta años no detuvieron a ningún extorsionado y ahora cantan órdago cada día, y, en fin, los esparavanes de los doscientos mil hinchas de la AVT, que viajan a Madrid todos los meses para descargar ante la Moncloa cántaros de insultos, son actitudes que están en relación directa con el hecho de que la paz se ve como un horizonte cada vez más cercano.

Que a la cabeza de todo este movimiento refractario estén la Conferencia Episcopal y un puñado de políticos de la extrema derecha incrustados en el Partido Popular asusta un poco. Sobre todo, porque es una pareja de hecho que a muchos les trae el recuerdo de pasadas averías en la convivencia. No obstante, aunque el guirigay que arman es de aúpa, hay que decir que, en el mejor de los casos, no representan ni siquiera a un tercio del pueblo español. Son tan sólo su facción más vengativa e intransigente: una cuadrilla de operarios empeñada en levantar un muro entre los españoles, aunque sea echando mano de algunos viejos materiales extraídos de la exhausta cantera del franquismo. Son gente conocida. Vístanse como se vistan, ya sea de neocoms, ya sea de neoprogres, ya de nacionaliegos, se les ve el plumero azul y púrpura propio de la cofradía nacional católica, siempre dispuesta a salir de misión por la historia de España y patrullar para que nadie se desvíe de un destino en lo universal que empezó a dibujarse en los tiempos de Maricastaña.

Por fortuna, como indican todos los sondeos de opinión, son pocos los que comulgan con esta parroquia hostil a todo lo que no controla. Más bien al contrario. La mayoría ha comprendido que nunca hubo mejores condiciones no sólo para alcanzar la paz, sino también para marcar, de una vez por todas, la frontera entre un pasado de sangrientas reyertas domésticas y un futuro en el cual sea el verbo el único instrumento de confrontación que habite entre nosotros.
No va a ser una tarea fácil. En primer lugar, porque ETA no ha desaparecido y su estructura militar aún sigue intacta. Pero el silencio de las armas muestra que hay espacio para la esperanza. Se trata de un amplio territorio en el que los demócratas deben presentar sus razones y desplegar toda la fuerza moral que los votos proporcionan. Nadie duda, y menos aun el Gobierno, de las dificultades que entraña tal empresa. Habrá que ser muy tercos y pacientes para explicar a una organización que ha sufrido miles de bajas lo inútil de sus hazañas y de sus fechorías. Tampoco será sencillo establecer las vías que permitan la integración en la vida social de tanto combatiente que de su vida apeñascada y rebelde hizo una profesión. Y mucho más complicado será convencer a los sectores más díscolos de que el tiempo de las armas ya ha pasado. Pero es precisamente por eso por lo que hay que sentarse con los terroristas, porque hay que hablarles cara a cara y, desde la superioridad que dan los votos, ofrecer a tanta gente descarriada, no contrapartidas políticas, sino la posibilidad de integrarse en el sistema democrático. Dicho sin circunloquios: será el momento de curar las úlceras causadas por la divergencia de opiniones, la diversidad de intereses y la violencia, esforzándose en aplicar el bálsamo del perdón y la reconciliación: un lenitivo que necesitan tanto ellos como nosotros.

Por si la historia puede enseñarnos algo, terminaré con un recuerdo del pasado, ahora que «aparece de nuevo la amenaza / y en el muro el rencor enarbolado» (Neruda). Hace casi doscientos años, en los albores de la edad contemporánea, se cavó la primera zanja entre españoles. Fue la que separó a los patriotas de los afrancesados. Doce años después de la fractura, los doceañistas, cuyas ideas a muchos aún nos ensanchan el espíritu, pidieron la integración en la sociedad sin restricción alguna de los «famosos traidores». La derecha de aquel tiempo, sedienta de venganza, trató de estrangular la propuesta. Entonces, la izquierda, por boca de un Toreno recién llegado del exilio, no sólo alentó al perdón todavía con más fuerza, sino que recordó que en el Congreso se sentaban con todos los derechos «los partidarios del régimen anterior» (el antiguo régimen), que «eran más temibles» (Discursos parlamentarios, T. II, p. 18, Madrid, 1881). Es decir, los liberticidas de 1814. Y a ésos nadie les había pedido cuentas. Fueron palabras generosas que, en el fondo, tan sólo reclamaban el perdón para todos. Porque, si de verdad se quiere la reconciliación y una paz perdurable, ésa es la única salida. Cualquier otra, la de la venganza, por ejemplo, sólo sería volver a las andadas.