Se diría que con Marta Mata desaparece el idealismo personificado en el ámbito de la educación. Tuvo al Institut Escola de la Generalitat republicana, que continuaba la tarea y los valores humanísticos de la Mancomunitat, como referente de su propia infancia feliz y de lo que podría ser una educación para la ciudadanía.
Gracias principalmente a Marta Mata y a sus argumentos pedagógicos se adoptó la inmersión lingüística en la enseñanza primaria como mejor sistema para aprender la lengua propia o específica del país y se evitó la doble red escolar a la manera vasca, o sea, la división de los alumnos en atención a su lengua de familia, con lo que se soslayó el peligro de la creación de guetos unilingües.
Marta Mata consagró su vida a la formación profesional de los maestros. Yo mismo fui testigo de su entusiasmo cuando, recién terminada la carrera, me fue ofrecida la posibilidad de dar clases en la Normal de la Autónoma, entonces llamada Escuela Universitaria del Profesorado de EGB, que a principios de los años setenta dirigieron en Sant Cugat los también grandes pedagogos Josep Pallach y Maria Rúbies.
Es gracias a Marta Mata, y a su Escola de Mestres Rosa Sensat, y sus Escoles d´Estiu, que los maestros y las maestras han visto muy mejorada su autoestima y preparación. Pero no ha progresado adecuadamente la transmisión del valor del esfuerzo o de la responsabilidad individual, entre otras cosas. La distancia entre lo que se siembra en primaria y lo que se cosecha en secundaria continúa siendo alarmante. ¿Para cuándo una profunda autocrítica y un cambio de directrices que conviertan la enseñanza obligatoria en socialmente más productiva?
Contra la escuela uniformizante y castradora del franquismo, patriarcal y autoritaria, Marta Mata propuso una escuela activa, laica, mixta, abierta al entorno y a la creatividad. Hablaba de una escuela que no priorizase la memoria.
Pero de no priorizar a no tenerla en cuenta casi para nada, que es lo que ocurre en demasía, hay un abismo. Hablaba de la participación de padres y madres en la escuela. Pero de eso a convertir la comunidad educativa, como dicen los cursis, en un ineficiente asamblearismo de consejos escolares en los que se neutralizan cargos directivos, maestros, padres, alumnos y personal no docente, va también otro abismo.
Marta Mata calificaba de agridulce la situación actual. Parece un cruel sarcasmo decir, como ha hecho ahora un alto cargo del Instituto Municipal de Educación de Barcelona, que "la escuela que tenemos se parece bastante a la que ella soñaba". Se diría que, en la gobernación del país, estamos como enfermos de autosatisfacción, de ceguera conformista, de apriorismos y de planes quinquenales. Nos hemos acostumbrado a no contrastar los propósitos con la realidad, que es tan tozuda. El mismo Pacte Nacional per a l´Educació que se nos vende como un gran logro, ¿qué es sino una declaración de buenas intenciones?
Marta Mata sintió una sincera preocupación por la calidad de la enseñanza. Y gracias a ella Catalunya ha continuado siendo pionera en la renovación pedagógica. Pero podríamos preguntarnos si la simple observación de los resultados obtenidos no pide renovados esfuerzos a favor del sentido de la realidad y si no se tendrían que reciclar también muchas de las premisas teóricas que, si se consideraron ideales en el pasado, tal vez hoy, vistas las circunstancias, ya no lo son.

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